Por Ramón Flores el 04-Mar-2008 | Resulta difícil encontrar adjetivos o imágenes que definan con precisión lo vivido en la rueda de prensa del Colombino el pasado sábado. Por la cabeza de uno pasan títulos como ?La cena de los idiotas? ?aunque no hubiera comida-, ?El maravilloso mundo del circo? ?por la acumulación en el lugar de imitadores de esas estrellas del circo que hacen las delicias de los niños con sus saltos, puntapiés y cabriolas-, ?Treinta tontos muy tontos? o ?Alí Babá y los cuarenta ladrones?.
Quizá sea el título del cuento popular recopilado por Harun al Raschid el más apropiado para describir la kafkiana situación de Huelva. Pues no hay duda de que no hay nadie en el fútbol español con la capacidad del amigo Schuster para ponerse delante del micrófono y lanzar un Ábrete Sésamo! que, como el del amigo Ali, provoca un descomunal temblor de tierra. La diferencia que en el fondo de la cueva del cuento había un tesoro esperando al pobre leñador, mientras que en la caverna de Bernardo uno sólo encuentra el despropósito, el ventajismo, la vergüenza y la prepotencia. Resulta desolador ver cómo el alemán sonroja día sí y día también al fútbol español ?y muy en particular, a los madridistas- con sus exabruptos sobre árbitros, rivales, periodistas y quien se le ponga por delante. Una táctica, reconocida por el propio alemán, cuyas probabilidades de volverse en su contra son altísimas; los colegiados son personas y tan influenciables como el que más, los rivales ven agravios comparativos que quizá no llamarían tanto la atención con un entrenador más discreto, los periodistas tienen la capacidad de crear opinión? Nadie, por muy entrenador del Madrid que sea, está a salvo de una premisa clásica: si te enfrentas a todo el mundo, al final te quedas más solo que el hombre del brechtiano poema de Martin Niemöller; y al final, poco importarán los títulos o los éxitos si todo el mundo es tu enemigo. En un ambiente tan volátil y despiadado como el del fútbol, quedarte solo y pasar al olvido es prácticamente una sola cosa. Y más si llenas de fango, con tu comportamiento, el nombre de la institución con más seguidores del país.
Esto en cuanto a Schuster. Pero no hay que olvidar que el mencionado cuento de Las mil y una noches no sería casi nada sin los cuarenta ladrones que persiguen al protagonista con la intención de liquidarlo. No podemos suponer que los periodistas (?) que llenaban la sala de prensa onubense deseasen tan malsano dislate, pero sí que su actitud en ella, iracunda y venenosa, concentraba dos de los grandes defectos o vicios del periodismo, no sólo deportivo, más reciente. Por una parte, el comportamiento hooligan, la pasión del hincha, no del cronista, la inquina del fanático que desde la cómoda barrera sólo puede desahogar la frustración insultando, pinchando, provocando; y por otro, la impresión ególatra y estúpida de que el centro de la noticia es él, no lo que tenga que decir el entrenador del Madrid. Es fácil imaginarse al plumilla de tres al cuarto devanándose los sesos buscando la pregunta que le haga parecer más ingenioso y lucirse precisamente en el momento del año en que más cámaras hay en el lugar, y concluir la ?reflexión? con un glorioso ?¿Sabe usted de dónde es el árbitro?? Claramente, la información que cualquier aficionado al fútbol está esperando que le dé Schuster ?sobre todo, cuando dos o tres camaradas ya le habían preguntado al alemán por el colegiado-, y lo verdaderamente importante del partido que se ha visto. Para qué vamos a hablar de los goles, de las tácticas, de por qué el Madrid jugó tan mal, de la influencia de Robinho en el partido, de la temporada que está haciendo Martins, de lo bueno que es Camuñas y lo poco que se habla de él? No, vamos a darle carnaza al populacho, palos al árbitro y cera a Schuster, que con un poco de suerte se calienta y nos hace famosos.
Ojalá tanto el simpático alemán que mañana se sentará en el banquillo del Bernabéu como los reporteros tan dicharacheros que confraternizaron con él se pasaran un tiempecito en las tinajas donde acabaron los pobres ladrones de la lejana cueva. El fútbol español lo agradecería, y nos ahorraríamos bochornos como el del sábado que incluir en la gran antología, aún por escribir, de la vergüenza ajena.
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