- Lo voy a romper. Voy a llegar hasta el final del paseo. Nunca lo hago.
Caminé unos cientos de metros curvos y llegué donde terminaban las losas de color canela y empezaban las marismas y las salinas... justo allí, donde duermen unas pocas embarcaciones muertas. Aquel borde donde acaba el paseo parece el final de un sueño.
Había un hombre sentado.
- ¿Abuelo?.
- Hola.
- Pero... es imposible. ¡Si
te moriste cuando yo tenía 16 años! - dije.
- Bueno, hijo, pero... ¡déjame que disfrute de esto! ¿no?. Cuando me fui todavía estaban construyéndolo. Ha quedado muy bien, sí - y se levantó de un salto, puso los brazos en cruz y respiró hondo.
- ¡Acabas de dar un salto!.
- Claro.
- Pero... ¡con la de veces que abuela y yo tuvimos que levantarte del suelo porque te negabas a usar bastón! - y terminé diciendo por lo bajo -: La madre que lo parió.
- Esa fue tu bisabuela, una gran mujer que no llegaste a conocer... por ahí debe andar - dijo oteando el horizonte más cercano-. Oye, ¿qué edad tienes ahora?.
- Treinta y cuatro.
- ¡Coño! No lo aparentas. Pues tarda en llegar
arriba ¿eh? Cuanto más tardes, mejor. Y nos echaremos unas partidas de dominó y jugaremos a la petanca.
- El otro día encontré tus fichas de dominó.
- ¿En serio?.
- Sí. Me acordé de cosas y las he escrito para ponerlas en
Scriptoria.
- ¿Qué es
Scriptoria? - preguntó.
-
Scriptoria es... es... la verdad es que ya no sé qué es.
- Desde luego, antes con lo poco que teníamos éramos felices. Una vela, un fogón, un papel y una pluma, un libro, una lumbre a la que arrimarse cuando hacía frío... Ahora creo que todo va muy rápido. ¿Cuántos canales de televisión tenéis?.
- No veo la tele, abuelo.
- Antes sólo había dos. La primera cadena y la segunda. Y todos tan felices.
- ¿Cómo está la abuela? ¿La has visto?.
- Qué va. Todavía no la he encontrado, hijo.
Y cuando dijo eso la primera brisa matutina del día comenzó a soplar por entre las palmeras volviéndolas reales.
- Creo que es hora de que me vaya.
- ¡Espera! Quería decirte que no encuentro las cartas y los poemas que le escribiste a la abuela.
- Yo sé donde están, pero no te lo puedo decir. Ya sabes, no puedo
interferir.
- ¿Volveré a verte?.
- Es posible, niño. Cuídate.
Y mientras me decía eso una lengua de agua, espuma y sal cobró vida por encima de las piedras de la playa y recogió a mi abuelo.
"Ilustración de : Daniel Gómez