Por Dadan Narval el 27-Mar-2008 | Lo prometido es deuda. Ayer dije que escribiría un post en el que hablaría de un compromiso con la camiseta más real y tangible que el que se le supone a un jugador por el mero hecho de haberse formado en la cantera de un club. Igualmente, dije que intentaría explicar porqué a veces el tan manido amor a los colores es un factor que lejos de ayudar a destacar es contraproducente. Comenzaré por el segundo de los puntos.
Todos los clubes del mundo se entienden como, y en cierto sentido son, diferentes al resto. Tienen su propia historia, un perfil determinado de seguidores, sus derbis ?en los que se ponen en liza símbolos y pasiones a veces muy lejanas al fútbol-, etcétera. Cada club se ve a sí mismo como ?más que un club? porque, como diría Narcís de Carreras ?representa lo que representa? y no otra cosa. En este sentido, el socorrido amor a los colores del canterano se sustentaría sobre el conocimiento, adquirido en su proceso de formación como jugador en el seno de la entidad, de esa historia, símbolos y perfil social del club. A través de ese conocimiento, se iría fijando una relación de compromiso con los mismos, en la que el jugador hace suyos los rasgos identitarios de la entidad a la que, sobre el campo, representa.
Esto es algo que se le supone a todo canterano y que permitiría diferenciar en los malos tiempos entre los jugadores de una plantilla que están comprometidos con ?la causa? o ?la razón de existir? del club y los que no.
En realidad, sin embargo, esto no siempre es así. Del hecho de ser formado en el seno de un club no implica necesariamente que el jugador haga suya la imagen que la entidad proyecta de sí misma. Nos sorprendemos a veces cuando un canterano del Barcelona confiesa ser seguidor del Real Madrid o viceversa (o del Manchester United o del Hamburgo), pero esto es algo normal y comprensible en un mundo globalizado que, además, no tiene mayor importancia. Tampoco son falsas las palabras del camerunés, el alemán o el brasileño que dice que siempre fue del Real Madrid. Allí llegan las imágenes de nuestra Liga y la viven con idéntica pasión a nosotros.
Por otro lado, en el proceso de convivencia dentro del club, el canterano adquiere una imagen del mismo que es mucho más compleja, por cercana, que la que alguien que se ubica fuera del mismo pueda tener. Hasta cierto sentido la proyección de los símbolos hacia o desde la grada es algo controlable, pero no tanto la imagen que la entidad da de sí misma a las personas que en ella trabajan. En este sentido, por más que el club se venda hacia el exterior como un protector de la cantera o como una entidad que invierte en valores humanos y deportivos, si el canterano no siente esto, por la razón que sea (porque el club no le apoyó a la hora de compatibilizar fútbol y estudios universitarios, por ejemplo, porque en un determinado momento sintió que se le trataba injustamente en la negociación de un contrato, o por cualquier otra causa del día a día), se puede generar un resquemor con la entidad que costará posteriormente eliminar y que el canterano difícilmente reconocerá en voz alta.
Por otro lado, hay otro factor que a veces es negativo cuando el canterano da el salto al primer equipo. La prensa, con su marcada tendencia a hacer literatura romántica cuando de un jugador de la cantera se trata, suele elaborar un discurso en el que entre líneas se habla de una suerte de ?derecho? que el jugador tiene sobre la camiseta. El haber nacido en la ciudad, en la provincia, el haberse formado en el club, el ?ser? del equipo, el ?sentirse? desde niño parte de la entidad, según la prensa, le otorgaría al jugador una especie de derecho inalienable a jugar para el equipo. La perversión está servida: no es que el jugador se gane el puesto, sino que lo ?hereda?, no es que el jugador tenga que demostrar que se merece la camiseta, es que esa camiseta es, por derecho, suya. Bien por sangre, bien por educación en el seno de una supuesta identidad histórica, el canterano, en el relato de la prensa, es un jugador que posee un derecho que nadie parece poderle negar.
En determinados momentos, esto se vuelve en contra de los intereses del club. No son pocos los jugadores que en momentos puntuales de su carrera, o incluso sistemáticamente, se sienten legitimados a exigir, por ser ?de la casa?, un trato de favor sobre los compañeros. Me ahorraré citar casos que todos conocemos. Pero, convendremos, algo falla cuando un jugador exige un puesto en un equipo, aún en el banquillo, por cuestiones que son ajenas al terreno de juego.
Finalmente, en lo relativo al amor a los colores del canterano, creo que, aún dándolo por supuesto (lo cual es mucho suponer, como vemos), en determinados momentos más que un plus puede resultar una traba. Cuando un club histórico pasa por un mal momento que hace que su futuro inmediato penda de un hilo, por ejemplo, a veces lo adecuado para lograr el mejor rendimiento de la plantilla es quitar hierro a la situación. Conocer y hacer propio ?qué es lo que se juega? el club, saber de la mancha histórica que puede suponer la posible derrota, asumir como propia toda la historia de la entidad, con la inmensa responsabilidad que conlleva, puede ser contraproducente para el rendimiento del jugador. Puede, sin ninguna duda, oprimirle, hacer pesar a sus piernas más de lo que en realidad pesan, no dejarle, en definitiva, jugar como sabe.
Un ejemplo interesante de esto lo supone el Athletic Club en determinados momentos de las últimas temporadas. En estos años, en las que las cosas no han salido como se presuponían, algunos jugadores han ofrecido un rendimiento muy por debajo de sus posibilidades reales. Sin duda ninguna, uno de los factores que explicaba este hecho ha sido que los jugadores del Athletic han sufrido, en momentos de crisis, el peso de representar a un club histórico que nunca ha descendido a Segunda División. Ser integrante de la plantilla que por primera vez descendió era para el jugador actual del Athletic una responsabilidad que en ocasiones no le dejaba rendir todo lo que podía. El jugador del Athletic hereda la historia del club. Cuando los tiempos son buenos, sin duda, esto es un factor que tiende a mejorar el juego. La camiseta no gana partidos, pero impone. Pero cuando se está en un bache histórico, por el contrario, este factor es negativo para el rendimiento. En esas ha estado el Athletic. No me cabe ninguna duda de que si supera, como parece que está haciendo, este momento, se verá en San Mamés un mucho mejor juego, del que sin duda son capaces los jugadores rojiblancos. Dicho en otras palabras: el problema de algunos jugadores del Athletic estos años ha sido que sentían demasiado la camiseta. Tanto, que les pesaba.
El compromiso profesional
En demasiadas ocasiones vemos como en la prensa y en los discursos de los hinchas se habla de los jugadores extranjeros como ?mercenarios?. Este calificativo, despectivo a más no poder, surge de la comparación del que viene de fuera con el de casa. Si el canterano siente los colores que representa, el extranjero, por el contrario y como todo mercenario, sería capaz de vestir cualquier camiseta a cambio de un puñado de dólares. La filiación del canterano con el club se rige por lo más elevado: el amor. La del extranjero, sin embargo, se debe a lo más mundano: el dinero.
En este marco, con eje en la eterna dualidad ?nosotros?-?ellos?, la sospecha es un elemento siempre presente hacia el de fuera. En la mirada del aficionado hacia el extranjero, el otro, el diferente, siempre habrá un punto de reticencia. Sospecha de su amor, se le dice, porque es previo pago.
Sin embargo, esta dualidad de conceptos, que distingue entre un ?nosotros? y un ?ellos? a partir de la procedencia del jugador es falso, inadecuado y, aunque no entraremos en esto, apesta a xenofobia. En primer lugar es falso porque el canterano, obviamente, también juega, no sé si ?por?, pero si al menos ?a cambio de? dinero. Aún cuando una sombra de sospecha no se proyecte siempre sobre la filiación a los colores del de casa, convendremos que lo económico es también una de las bases sobre la que se sustenta la relación de este jugador con nuestro club.
Pero, además, resulta que el hecho de que haya un factor económico mediante no es necesariamente malo. El que llega a nuestro club desde fuera puede tener, y de hecho tiene en numerosas ocasiones, un compromiso firme e indudable con la camiseta que se sustenta en la confianza profesional. Razones profesionales que, mucho menos difusas e imprecisas que el “sentimiento de club”, tabmién comparten muchos jugadores de cantera, dicho sea de paso, que son conscientes de la oportunidad de haberse formado en un entorno privilegiado.
Me explico: un jugador de fútbol es un profesional. Como tal, el jugador ansía la oportunidad de poder demostrar sus posibilidades sobre el campo. Necesita de oportunidades. Ha habido grandes jugadores que han carecido de la confianza de grandes clubes y, por ello, sus carreras siempre ocuparon un segundo plano. Así, cuando un equipo llama a la puerta de un jugador de fuera, y le ofrece un contrato, una posibilidad de demostrar su valía, se produce un movimiento por el cual el jugador, más allá de conozca la historia y los símbolos del club, se convierte al mismo. ?Tenemos confianza en ti?, le dice el presidente, el entrenador o el director deportivo, y esa confianza se demuestra en el desembolso de una determinada cifra de dinero.
El jugador, como profesional que es, recibe ese gesto, que ha ansiado durante años, en la lejanía e incluso abstractamente (quizá no soñó con jugar en el Real Madrid o el Barcelona, pero sí en un gran club) y quiere demostrar que esa confianza no caerá en saco roto. A partir de ese día, se dejará la piel sobre el campo. Sentirá la camiseta. No por haber crecido con ella bajo la almohada, no, pero sí porque esa camiseta representa para él el gesto de confianza en sus posibilidades que algunas personas han depositado en él. Representa lo más importante de su vida: la posibilidad de llevarla al término que siempre había soñado.
Podríamos poner innumerables ejemplos de esto. Cada uno podría citar cientos de casos de jugadores que desde el primer minuto que llegaron a un club se hicieron del mismo para siempre porque a sus ojos representaba la oportunidad soñada que en otros lugares no había disfrutado o se le había negado. Casos de jugadores de dieciocho años o de treinta y ocho, no importa. Casos de jugadores que hasta el momento de fichar fueron de otro equipo y soñaron con jugar con otros colores, en otros campos, tampoco importa.
¿Mercenarios? No, ni de lejos. Profesionales que viven de y por su trabajo y que son conscientes que el desarrollo del mismo depende de la confianza que en ellos deposita otra gente. Confianza que quieren devolver con goles, pases o paradas, dejándose la piel en el campo y sintiendo la camiseta.
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