Por Borja Barba el 07-Jan-2008 | Ha sido la propia web oficial del Chelsea FC la que se ha encargado de conceder el carácter de noticia a los rumores que se venían sucediendo en las últimas semanas acerca de un posible interés del club londinense en hacerse con los servicios del delantero francés del Bolton Wanderers, Nicolas Anelka. En un escueto párrafo, el club de Fulham Road se limita a explicar que ’se ha realizado una oferta firme por el pase de Anelka y que ésta está siendo estudiada por su actual club’.
Como Ave Fénix resurgido de sus cenizas, Nicolas Anelka puede sentirse orgulloso de estar viviendo, a sus 28 años, una segunda época dorada. Su fulgurante irrupción en el fútbol profesional de la mano de Arsène Wenger, en aquel Arsenal de mediados de los noventa que se europeizaba al ritmo que dictaba el viejo lobo alsaciano y establecía las bases de sus éxitos venideros, supuso un peso demasiado exigente para su endiablada personalidad. Incapaz de adaptarse al estilo de vida londinense y con su espíritu aún anclado en el banlieu parisino que le vio crecer, Anelka firmó, no obstante, unos sorprendentes 17 goles con los Gunners en su última temporada en Highbury. Wenger sabía que era inútil intentar retener al conflictivo delantero parisino y permitió su salida al Real Madrid en el verano de 1999.
Su historia en Concha Espina es de sobra conocida por todos los aficionados. Los 5.500 millones de pesetas (33 millones de ?uros, o 1′1 Pepes) que abonó por él Lorenzo Sanz hicieron recelar del francés desde sus primeros pasos como madridista. Noticia constante por sus continuas extravagancias fuera del césped, el francés tiró por tierra todo el crédito acumulado a base de trabajo, y bajo la tutela de Wenger, en Londres. En un año para el olvido, Anelka enterró con su indolencia todas las expectativas que le colocaban como el sucesor de Thierry Henry en el país galo. El único recuerdo que los madridistas guardan de él, amén de sus rarezas, es un crucial gol ante el Bayern en la semifinal de la Copa de Europa de 2000, que el club blanco conquistaría finalmente en París ante el Valencia. Su carácter terminó por desesperar a directiva, compañeros y afición, y su traspaso, de vuelta al PSG, no se hizo esperar.
Incapaz de acercarse a ser el que apuntaba en sus inicios, Anelka vivió el lado amargo del fútbol en Liverpool, tras una temporada en París, adonde llegó de la mano del francés Gerard Houllier. Manchester City, Fenerbahce y Bolton Wanderers han sido las plazas en las que el delantero francés ha tratado de lidiar con su indomable personalidad para volver a situarse al nivel de los más grandes.
Sin alardes, sin aspavientos y sin unos números de antología, Anelka ha conseguido, desde un modesto como el Bolton, volver a llamar la atención de los de arriba. Lastrado por su lastimoso pasado, Anelka ha tenido que depurar y reconducir su carrera hasta recolocar su nombre en boca de los aficionados. Sus diez goles en dieciocho partidos han hecho posible que Avram Grant, con la aquiescencia de Roman Abramovich, vuelva a creer en él. Con sólo 28 años (parece mentira observando lo dilatado de su carrera), Anelka aún está a tiempo de demostrar que aquella zancada, aquella facilidad para el gol con las dos piernas, aquella prodigiosa condición física y habilidad para el desmarque, aún tienen un sitio en el Olimpo.
Archivo DDF| Lo que Anelka pudo ser y no fue
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