Por Borja Barba el 16-Mar-2011 |
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Suuuper Super Nic, Suuuper Super Nic, Super Nicolas Anelka… El graderío de Highbury, prolífico él en toda suerte de cantos y tonadillas populares hacia sus futbolistas, era un festín cada vez que el jovencito francés hacía una de las suyas. Nicolas Anelka, precursor del gran desembarco francés de la década pasada en el club de Islington, consiguió ganarse a la afición gunner en apenas dos temporadas. Fue una de las claves del ‘double‘ del 98, anotando uno de los dos goles en la final de la FA Cup. Lo tenía todo de cara con apenas 19 años para marcar una era, de la mano de Arsène Wenger, en el Arsenal. Pero Anelka, de carácter gélido, no terminaba de enamorar y apasionar a su afición como debía de suponerse en un futbolista de su edad, proyección y condiciones. Era una novia guapísima que nunca se dejaba besar. Se fue de Highbury con el sobrenombre de ‘Le Sulk’. El malhumorado.
Los cantos de sirena de Lorenzo Sanz y del primer Real Madrid post Bosman nublaron la vista de punta parisino. Un club aspirante a todo y un puesto de delantero centro, el madridista, huérfano de referencias tras la salida de Davor ?uker. El caramelo resultaba apetecible. Pero como un chicle masticado una y mil veces que uno está deseando sacarse de entre los dientes, el punta francés no pasó nunca de ser un elemento molesto dentro de la plantilla blanca. En el Bernabéu, el francés aportó detalles nimios, algún gol para engrosar el acervo de proezas madridistas, varios actos de indisciplina, intempestivas timbas de Playstation y una pernera del chándal recogida a media pierna.
Una mala cabeza había echado por tierra unas soberbias condiciones innatas. Una historia repetida hasta la saciedad. Madrid no quiso volver a saber nada del ausente Anelka, y el punta de Versalles tuvo que retroceder varios peldaños en su progresión para poder volver a tomar impulso. La opción fue reescribir su propia historia. Volver a empezar en el PSG, club del que salió con apenas una decena de partidos en el primer equipo, siendo aún un crío, con destino a Londres. Y le salió bien la operación.
Dos años en el conjunto parisino fueron la antesala de su retorno a Inglaterra. Primero fue una curiosa cesión al Liverpool de Houllier, poco fructífera pero suficiente para ganarse un contrato con un Manchester City recién ascendido a Premier League y bastante alejado de la pléyade de estrellas que pueblan hoy en día el City of Manchester. Tres buenos años, un exótico e inesperado paso por las filas del Fenerbahce turco, retorno al Bolton Wanderers, un club aspirante a nada, y un historial que parecía diluirse entre la intrascendencia, la mera anécdota y el chiste fácil. Hasta que llegó el Chelsea al rescate.
La llegada de Nicolas Anelka a Stamford Bridge, en el mercado invernal de la temporada 2007/08, se producía en el mejor momento de la carrera del francés. La duda era comprobar si el nivel ofrecido en un equipo como el Bolton, alejado de cualquier tipo de presión, siempre en un discreto segundo plano, tendría continuidad en las filas de los Blues. Pero Anelka, paradigma de la irregularidad e inestabilidad durante toda una década de fútbol, ya no tenía ganas de extravagancias. Lo suyo era confirmarse a base de goles. Sin estridencias, sin aspavientos, sin la presión de tener que seguir creciendo hasta convertirse en una referencia mundial en su posición. Sin regalar ni una sola sonrisa, ni un gesto de complicidad. Como cuando con apenas 18 años enamoraba con goles y devolvía el cariño expresado por la afición del Arsenal con un gesto hosco y huraño. Ya no necesita ganarse la simpatía de la grada. Rinde de manera funcionarial, sin adornos. Ficha, cumple y se marcha a casa.
Anelka es ahora un veterano, de vuelta de todo. Generoso en el juego pero discreto en el gesto. Inalterable expresión hierática. Sus dos goles en el Parken de Copenhague (goles que, cómo no, apenas celebró) dejaron al Chelsea un cómodo partido de vuelta en los octavos de final de la Liga de Campeones. Para algunos seguirá siendo el jovencito díscolo y apático de su paso por España. Para la afición del Bridge es, a día de hoy, su gran apuesta ofensiva.
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