Por Ramón Flores el 21-Nov-2011 |
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El enemigo del fútbol. Siempre conviene quitarse lo peor de encima cuanto antes, así que empezaremos por el final, por el estúpido cantamañanas que arruinó la fiesta granadina en una noche que estaba resultando especialmente feliz. Uno entiende al árbitro cuando vio sangrar a su compañero, aunque resulta discutible la suspensión, toda vez que es un castigo para un público que, en particular, identificó a toda prisa al energúmeno de turno. Lo que no se entiende es que el tipo en cuestión, perfectamente identificado, no recibe un multazo que no pueda evitar recordar en el futuro cada vez que se acerque a menos de un metro de un paraguas. Sobre prohibición de entrar en recintos deportivos no hablamos, que todos sabemos cómo funcionan los tornos en los campos y este artículo no pretende ser cómico.
Los pilares del templo. La vorágine de noticias lo ha ocultado un poco, pero hacía tiempo que el dueto de centrales campeones-de-todo no plantaba sus reales delante de Valdés. Los números defensivos del Barcelona en casa son perfectos, así que habrá que esperar la influencia de la doble P especialmente en los partidos a domicilio, en los que el Barça se está mostrando algo más vulnerable de lo habitual. Para certificar su regreso, tanto el gran capitán como el responsable del invento ?Guardiola dixit- dejaron su firma en el marcador del Camp Nou. Gritando con fuerza que están de regreso.
Fuego en Valencia. Es un estupendo goleador, uno de los escasos rematadores de raza que sobreviven en el panorama europeo a la epidemia de falsos nueves, enganches reconvertidos y demás zarandajas que constituyen el no va más del fútbol ultramoderno. Pero cuando a sus cualidades goleadoras añade la rabia del despreciado, el desafío del partido mayúsculo y el ansia de la remontada, Soldado deja de ser un delantero normal para convertirse en una bola de fuego sagrado capaz de incendiar a cualquier enemigo. Dos tantos legales, un golazo anulado y la sensación de alma del equipo para poner en evidencia a Del Bosque y demostrar que él, al menos, sí mereció el empate.
Líder cuando hay que serlo. Sabíamos que era una pieza fundamental del fantástico mecano que montó Garrido la temporada pasada, capaz de aunar como pocos deleite y competitividad. Ahora hemos aprendido que con Rossi hecho pedazos, Nilmar tres cuartos de lo mismo, Senna al borde del retiro y un mundo de bisoñez alrededor, Borja Valero puede cargar sobre sus hombros la triste realidad de un Villarreal en regresión. Frente a un Betis que camina por la senda de toque y distinción que siempre ha caracterizado a los amarillos, Borja ejerció de ancla y pivote, lanzó contragolpes cuando fue necesario, y decidió el partido con una vaselina que nos han repetido muchas menos veces de lo que sería justo. Las tácticas cambian, los jugadores permanecen.
Pasión turca. No se ha hablado mucho de él ni en lo bueno ni en lo malo, ni cuando el Atleti iba a comerse el mundo en Septiembre ni ahora que Noviembre amenaza con tragarse a Manzano. Sin embargo, no es difícil adivinar que una gran parte de las posibilidades del actual proyecto rojiblanco pasan por los pies de este futbolista menudo y talentoso, racional casi siempre y racial cuando toca, que aúna velocidad en corto y fantástico desplazamiento de balón. Ídolo en Turquía, ayer silenció el runrún del Manzanares con una aceleración y un centro perfecto que volcaron definitivamente el partido. Quizá acabe siendo más decisivo que otros con más nombre.
La emotividad. Todos recibimos a diario mensajes hablándonos de niños enfermos o con problemas y necesidad de transplantes, y en cierto sentido estamos inmunizados contra la dureza intrínseca a estas situaciones. Sin embargo, conviene no minusvalorar el poder del fútbol como transmisor de emociones, y resulta imposible no conmoverse ante las lágrimas de Martins dedicando el gol a su hijo. Todo el amor, el miedo, la alegría y la desesperación unidos en un gesto donde se condensa lo mejor de ser futbolista y lo mejor de ser padre. Inolvidable.
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