Por Buseta de Papel el 09-May-2007 |  Por Andrés Neuman *www.andresneuman.com Agradecemos al escritor argentino Andrés Neuman por permitirnos reproducir este artículo suyo en nuestro blog. Él se encuentra en nuestro país, invitado para participar en el encuentro de poesía Festival de la Lira, en Cuenca.
"Todos somos 'poetas de transición': la poesía jamás se queda inmóvil"
José Emilio Pacheco
Si tuviera que bautizar de algún modo a mi generación, supongo que me negaría y saldría corriendo. Creo, además, que esa es una de las virtudes de esta generación: desconfiar de las etiquetas y las simplificaciones. Pero si me insistieran, si me apuntaran con una pistola en la sien y me obligaran a llamarla de alguna manera, creo que recurriría al nombre del grupo inaugural del expresionismo alemán, ese grupo de pintores que también vivió su juventud con el cambio de siglo: Die Brücke, El Puente. Los pintores de El Puente (Kirchner, Heckel, Pechstein, Schmidt?Rottluff) heredaron el impresionismo y los rescoldos del realismo, y administrando ese legado quisieron pintar otra mirada. Por su momento histórico, también tenían una característica ideológica que tal vez nuestra generación comparta con ellos: intuían la vanguardia, pero a la vez desconfiaban de ella.
En todo caso, se me ocurre que la imagen del puente puede servir para ilustrar la situación de una generación de poetas (hablo de generación en términos meramente cronológicos) que en buena parte ha crecido sintiéndose híbrida, admirando estéticas distintas y resistiéndose a elegir entre ellas de manera drástica. Tengo la sensación de que muchos de los poetas que han empezado a publicar en los últimos diez años, más que el clásico parricidio para adorar al abuelo, han preferido dedicarse al incesto puro y duro: los hijos con los padres, el padre junto a la abuela, los hermanos entre sí. Y al final, naturalmente, ya no nos reconoce ni la madre que nos parió.
Bromas aparte, tal vez el puente nos sirva para explicar una cierta voluntad de no perder jamás de vista las orillas (que siempre, como mínimo, son dos). La relatividad de las estéticas, que no tiene que ver con la abolición del criterio sino con la convivencia consciente de criterios distintos, que no tiene que ver con la pérdida del gusto sino con su mudanza y su radical dinamismo, tal vez nos haya inducido a residir de manera permanente en un lugar antes considerado como de transición. Como si mi generación, en lugar de contemplar el actual eclecticismo estético como un lugar de paso, hubiera decidido montar su tienda de campaña en esa tierra de nadie. Por eso es probable, y también interesante, que buena parte de la joven poesía española haya apostado por una sigilosa mutación: convertir la transitoriedad de los comienzos en una finalidad en sí misma.
Negar la provisionalidad de la dispersión, y defender su permanencia. Instalados sobre un puente, la localización parece más imprecisa pero la perspectiva es más amplia. Desde un puente es posible contemplar al mismo tiempo las orillas enfrentadas, y uno deja de ver dicotomías donde hay paralelismos, o disyuntivas donde hay canales. El puente es un concepto: un punto fijo cuya razón es el tránsito. Y el puente puede ser un lugar por sí mismo, una casa al aire libre. Esta manera de entender el camino de la poesía y sus tradiciones es la que, en apariencia, genera contradicciones y contrastes. Pero a mí me parece que la contradicción también es una ética, y que ?como ocurre desde un puente? los extremos son opuestos pero no contrarios. Existen porque existe el otro. Se complementan sin anularse.
En cuanto a la tradición y la renovación, sin lugar a dudas, yo sí veo un punto de inflexión, un cambio de gusto y hasta de cultura lectora en los jóvenes poetas españoles. Lo que sucede es que ese giro se ha hecho, se viene haciendo, sin estruendo de cacharros ni anuncios a bombo y platillo. En una palabra, sin manifiestos. Más que un afán continuista, lo que veo en los jóvenes poetas españoles es poca ingenuidad para creer en las rupturas efectistas ni en la escenificación sobreactuada de un desprecio global a sus inmediatos mayores, que son autores de libros que todos hemos leído y apreciado. Lo que parece haber es un deseo de experimentar sin escuelas: sobre el puente cada paso es una tentativa porque no hay tierra firme. Por resumirlo con un símil político, digamos que se detecta en el ambiente una voluntad de huir del centralismo del gusto, y de que ?si la poesía sigue siendo una república? comience a imperar en ella el federalismo estético.
Creo que una importante diferencia de la última poesía española, y no lo digo sólo por mi querencia personal, es una familiaridad con la poesía hispanoamericana contemporánea que antes no existía, o existía en mucho menor medida: en las últimas dos décadas, cuando un poeta español citaba algún verso en castellano, ese verso le pertenecía casi siempre ?con la excepción de Borges? a otro poeta español. Hoy eso ha cambiado, en parte por un cambio de actitud y en parte por la política editorial de estos años, que ha hecho que en España desembarcasen numerosos autores con los que compartimos lengua al otro lado del océano. Tengo la sensación de que, en mayor o menor medida, muchos de los aquí presentes sentimos que poetas contemporáneos hispanoamericanos como por ejemplo Eugenio Montejo, Roberto Juarroz, Alejandra Pizarnik, Eduardo Chirinos, Carilda Oliver o Juan Gelman, son tan cercanos a nosotros como Gil de Biedma, Brines o Gimferrer. Que hoy mismo, en las listas de los libros de poesía más vendidos ?si es que los libros de poesía se venden?, convivan en los primeros puestos el organizador de este encuentro, Luis Muñoz, y el peruano José Watanabe, son una simple y casual muestra de ello.
Otro viaje creo que importante ha sido a Oriente: la reciente proliferación de traducciones chinas y japonesas, de libros y antologías de haikus, habla por sí misma de la influencia directa que en los últimos años vienen teniendo poetas como Li?Po, Su Dongpo, Kobayashi Issa o Basho en nuestra educación estética. De los aquí presentes, más allá de los haikus que yo mismo haya podido perpetrar, se me ocurren ahora los ejemplos de Josep Maria Rodríguez, que ha estudiado académicamente el haiku y cuya poesía muestra una clara conexión con la sensibilidad visual, minimalista y flotante de ese género. O el ejemplo de Martín López Vega, que en numerosos poemas se expresa con esa melancolía errante propia de los clásicos chinos que contemplan un paisaje, o el recuerdo de un paisaje.
Existe otro factor de decisiva importancia para identificar a esta incipiente generación poética. Dicho factor no es otro que la imparable incorporación de la mujer a todos los ámbitos de la sociedad, la cultura y la literatura. Creo que, por primera vez en la historia española, esta incorporación empieza a actuar no como novedad o avanzadilla, sino como herencia y patrimonio común. Es decir, como parte esencial de nuestra educación. Si no me equivoco, la primera generación de escritoras españolas que pudo experimentar la modernidad en femenino y de una forma más o menos colectiva fue la generación de los 80, al compás del proceso de modernización general del país. Por eso no es ilógico pensar que la generación actual, la que ha empezado a publicar sus libros entre mediados de los 90 y los primeros años de este milenio, es la primera que tiene la oportunidad de recoger los frutos de aquella conquista y digerirlos con una consciencia clara. Esta herencia femenina, que naturalmente ha de seguir expandiéndose, sin duda modifica el concepto de yo a la hora de escribir y leer. No hablo de militancias explícitas (aunque no las rechazo), sino de algo más profundo y arquetípico: si la poesía moderna es el territorio de construcción, desarrollo y expresión de una subjetividad, y a la vez un lenguaje con vocación universal, es imposible que estas transformaciones colectivas dejen de repercutir en nuestra conciencia literaria. No me refiero sólo a la llamada ?poesía escrita por mujeres? (eso sería limitar el impacto del fenómeno), sino al conjunto de mujeres y hombres que se comunican literariamente y comparten un imaginario colectivo. Por eso estoy convencido de que la creciente presencia de las mujeres en la poesía, esa transformación iniciada en España hace dos décadas, hoy influye (e influirá cada vez más) en ambos géneros a la hora de identificarse con sus lecturas y de reflexionar acerca de su yo literario.
Pero decía que el cambio de la poesía española viene dándose de manera tranquila (como el de Zapatero), sin rechazos frontales, como un cambio de ciclo natural y no como actitud beligerante: en bastantes poetas jóvenes pueden apreciarse las dos puntas del puente, un extremo que los comunica fluidamente con las generaciones inmediatamente anteriores y un extremo que conduce sus poemas a una orilla distinta y alejada. Algo de eso, supongo, detectaría Luis Antonio de Villena cuando formuló las tesis de La lógica de Orfeo. Mi admirado Roberto Juarroz definió estas tensiones como ?los dos rostros de una especie de Jano poético: el pensar y el imaginar, la intelección y el símbolo, la idea y el estremecimiento?. Por otra parte, llevamos algunos años escuchando que la última poesía española ha dado una especie de giro reflexivo, un viraje desde lo narrativo al pensamiento, etcétera. Puede que así sea, pero eso no nos aclararía las cosas, si no se añade que existen al menos tres maneras de reflexionar o de pensar: con los ojos abiertos (por entendernos, tendiendo al realismo), con los ojos cerrados (inclinándose por la abstracción) o bien entrecerrando los ojos. Y tengo la impresión de que esta última opción es la que ha preferido una parte significativa de nuestra joven poesía: pensarse entrecerrando los ojos. Esto no implica tanto parecidos de estilo entre los poetas, como miradas afines. Hoy parece haber un renovado interés por la percepción, por el acto mismo de mirar. Como si la joven poesía española hubiese decidido acudir al oculista. Algo de eso hay en las intuiciones simbolistas de Luis Muñoz, en las búsquedas visionarias de Antonio Lucas, las contemplaciones epifánicas de Juan Antonio Bernier, las cinematografías de Ariadna García, las paradojas ópticas de Lorenzo Oliván, las imágenes de Ana Merino, o las dobles fronteras de Eduardo García, por citar algunos nombres. Valéry, el gran Valéry al que habría que releer, lo llamó ?esa alianza indefinible entre lo sensible y lo significativo?. Un lema que sintetiza estas actitudes podría ser: la sinestesia es el único realismo.
Para ilustrar esta residencia en el puente de la que venimos hablando, pienso por ejemplo en Carlos Pardo, que en El invernadero empezó más cercano al confesionalismo realista (entendiendo el realismo como una mirada figurativa) y ha acabado transitando un sugerente confesionalismo hermético (entendiendo el hermetismo como una mirada más abstracta). El título de su segundo libro describe ese camino, esa aparente paradoja de la voz moral que explica cosas que ya no tienen un referente claro y definido: Desvelo sin paisaje. Paradoja que no es tal, porque se trata de una alquimia voluntaria, de una pócima de impureza. O pienso en Elena Medel, a la que nunca más podré llamar Elenita, que además de su indudable tendencia visionaria y su evidente gusto por el surrealismo (que la vinculan a Blanca Andreu o Luisa Castro) también tiene otro costado al que no tiene por qué renunciar, que tiende más a la elegía lírica y la hace dialogar con la poesía moral de los 90: ese costado elegíaco era moderado en su primer libro (perdón, bikini) y tal vez se intensifique en el segundo. Como decía Elena en el poema que da título a su libro, muchas veces uno siente que sus dedos son delirantes lápices de colores, pero cuando los usa para pintar en las paredes, descubre que ha dibujado unas oscuras ?mujeres con rostro de epitafio?. También podríamos hablar de la importancia de la elegía y las imágenes en la poesía de Rafa Espejo, pero para eso tendría que estar presente su heterónimo Rosendo Palma, y eso por el momento no es posible.
Por terminar con estas impresiones sobre la tradición y la renovación en la poesía española escrita en castellano, dos rápidos apuntes formales. Primer apunte: si nos fijamos en los poemas de la mayoría de los autores que participamos en este encuentro, creo que ?con un par de excepciones? predomina el propósito de continuar la tradición del ritmo clásico, pero sin que su sonido sea clásico. De que los metros sean más o menos los de siempre, pero que su combinación y sus efectos suenen actuales. Podemos decirlo con dos versos recientes del debutante Andrés Navarro: ?una apuesta de dados que recree/ un corte de tijera?. Segundo apunte: si no me fallan las cuentas, salvo despiste, creo que ninguno de los presentes cultiva de manera preferente las estrofas clásicas. Ciertamente, hace unos pocos años se dio un cierto revival del soneto, y algunos libros significativos de la nueva generación incluían lúdicos y barrocos experimentos con cuartetos, sonetos, ovillejos y demás formas de nuestro acervo. Sin embargo me atrevería a afirmar que, salvo interesantes excepciones, la siempre clásica poesía española se ha aburrido de sus estrofas tradicionales. En esto, curiosamente, parecemos volver a coincidir con la poesía hispanoamericana contemporánea.
Con todo, la tradición no se descarta ni se asume: se reelabora necesariamente. Tan ingenuo sería pensar que serviría de algo imitar a nuestros predecesores ilustres, como fingir un ataque de amnesia y ponernos a inventar la pólvora a estas alturas. En este sentido, me gustaría terminar recordando una antigua leyenda jasídica que rescata Roberto Juarroz en su ensayo Poesía y Realidad. La leyenda es la siguiente: érase un célebre rabino que, cada vez que era necesario, se marchaba al bosque, encendía un fuego, recitaba cierta plegaria y conseguía que el milagro se produjese. Mucho más tarde, un discípulo de aquel rabino se dirigió al bosque y exclamó: ?No sé encender el fuego, pero aún soy capaz de recitar la oración?. Y el milagro volvió a tener lugar. Tiempo después, otro rabino peregrinó al mismo bosque e imploró: ?No sé encender el fuego, ya no conozco la plegaria, pero puedo situarme en el lugar propicio y eso debería bastar?. Y también ocurrió el prodigio. Muchos años más tarde, sentado en su sillón (o, digamos nosotros, frente a su ordenador), el enésimo rabino pronunció en voz alta lo siguiente: ?Soy incapaz de encender el fuego, no conozco la plegaria ni sé dónde queda el bosque. Pero sé contar esta historia, y eso debería bastar?. Y, naturalmente, el milagro siguió cumpliéndose. Estoy seguro de que esta historia compartida no se perderá jamás, y de que el milagro seguirá cumpliéndose por los versos de los versos.
* (Ponencia leída en el encuentro ?Poesía española reciente?, Santander, agosto de 2005)
___________ Andrés Neuman (Buenos Aires, Argentina, 1977) Autor de las novelas Bariloche (Anagrama, 1999) con la que fue finalista del Premio Herralde de Novela; La vida en las ventanas (Espasa, 2002); y Una vez Argentina (Anagrama, 2003), también finalista del Premio Herralde de Novela. Entre sus libros de cuentos están El que espera (Anagrama, 2000), El último minuto (Espasa, 2001) y Alumbramiento (Páginas de Espuma, 2006). Ha publicado los poemarios Métodos de la noche (Hiperión, 1998, Premio Antonio Carvajal), El jugador de billar (Pre-Textos, 2000), El tobogán (Hiperión, 2002, Premio Hiperión) y La canción del antílope (Pre-Textos, 2003). Colabora con diversos medios de comunicación de América y España.
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