Por Enrique Ballester el 26-May-2011 |
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Todos tenemos, sin qué sepamos muy bien por qué, un grupo selecto de libros, discos, películas, personas… que marcan nuestra vida hasta el punto de convertirse en influencias decisivas, y en referencias atemporales, que forman lo que llamamos universo propio. Sin ellos, por resumir, no seríamos lo que somos. En mi caso, y ciñéndonos a lo futbolístico, todo cambió en el verano del 94. En la primavera, mi visión respecto a la pelota era puramente parnasiana, un fútbol por el fútbol sin más pretensión que la lúdica, el simple divertimento. El fútbol era escuchar los goles del domingo en los viajes en coche, acercarse con suerte a Castalia para ver a un Castellón cada año peor, ver los resúmenes de Estudio Estadio y memorizar nombres y apellidos en el álbum de cromos. Mi acercamiento era estrictamente superficial, como podía serlo con otra de mis infantiles aficiones. Lo tomaba con distancia. Por ejemplo, a mis once años, desconocía cualquier tipo de polémica respecto a la convocatoria mundialista de Clemente. En mi cabeza inocente una idea era segura: en las selecciones juegan los mejores de cada país y los que juegan con España son los mejores de España. Y punto. No cabía otra posibilidad.
Pero, y creo que no fui el único, tras ese verano mundialista mi grado de interés subió varios escalones. Y fue entonces, en plena fiebre, cuando me crucé con aquel inolvidable Real Madrid de Valdano, que me conquistó no tanto por lo alegre de la propuesta, que también, sino por lo didáctico de su credo. Por vez primera descubrí que el fútbol se hacía varias preguntas (cómo, por qué, quién) y no sólo se reducía a la evidente (qué). Descubrí, además, desde la primera noche, un trofeo Santiago Bernabéu espectacular con el Palmeiras, que yo podía comprenderlas, y participar por fin en algo más que en el envoltorio del negocio. Porque tuve un balón desde antes de saber andar, pero no habité las entrañas del juego hasta esa temporada. Concretando, si sé explicarme: pasé de divertirme en el patio, en la calle, en el pueblo, a insistir en la absoluta necesidad de competir en un equipo de verdad, con entrenador, pizarra, árbitro y rivales. Fue en esos días, dejando el yo para reivindicar el nosotros, cuando el juego se convirtió en asunto serio.
Aquel Madrid de Valdano me llegó en ese tramo oportuno de la vida en el que la capacidad para absorber parece ilimitada. Era una esponja, y todo resultaba tan novedoso como arrebatador. Éramos unos críos, pero recuerdo hablar en el colegio de achique, de defensa en zona, del rombo del centro del campo. Era algo que no habíamos hecho jamás, y si lo hacíamos era porque entendíamos al fin que las cosas no pasaban porque tuviesen que pasar. Quizá no conociésemos todas las claves, ni siquiera hoy, pero lo que antes era imposible de predecir, de repente se antojaba sencillo de explicar.
Aquel Madrid de 1994 cargaba de antemano con dos losas en sus hombros. El Barça del Dream Team había ganado las últimas cuatro Ligas y en su último cruce en el Camp Nou le había metido cinco. En su primer año en el banquillo de Chamartín, Valdano construyó un equipo de manual. Buyo se resistía a ceder el puesto en la portería a un joven Cañizares, y se aferró a él con uñas y dientes. Por delante, Hierro y Sanchís aseguraban una salida de balón cristalina, en corto y en largo. Quique Sánchez Flores ocupó el carril diestro y el izquierdo, hasta la lesión de Míchel en Anoeta, fue para un reconvertido Luis Enrique. Cuando cayó Míchel, Luis Enrique cruzó su plaza a la de interior diestro, y Lasa (mítico Lasazo contra el Sevilla) fue el lateral izquierdo. En la posición de pivote, hubo pugna y polémica entre Milla y Redondo. En la punta del rombo lució con esplendor Michael Laudrup, en su última gran temporada, recién llegado de Barcelona. En la izquierda había dos planes. El más conservador, con Martín Vázquez, y el más vertical, con José Emilio Amavisca, que alternó la banda con la delantera. Ahí irrumpió Raúl, adolescente, entre el declive de Butragueño y la gravísima lesión de Alfonso en la primera jornada en Sevilla. En punta, explotó contra pronóstico Iván Zamorano, autor de 28 goles. En pretemporada, era uno de los descartes de Valdano, junto al propio Amavisca. Finalmente, ni Rubén Sosa ni Eric Cantona, los pretendidos, firmaron por el Madrid, y el entrenador se la envainó, con magnífico resultado.
Aquel Madrid de Valdano resultaba muy didáctico porque su pureza ideológica era extrema. Lo decíamos en el colegio, lo hemos dicho antes y lo repetimos ahora. La defensa en zona, el achique que seguía a la presión, un delantero que va y otro que merodea, el ancla del cinco y la habilidad de crear espacios para el enganche, una banda que percute y otra que ayuda en posiciones interiores… Aprendimos mucho, y el Bernabéu disfrutó a menudo. Con la devolución del 5-0 al Barcelona, con los cuatro que se marcaron al Atlético? con el nacimiento de un ídolo eterno (Raúl), y sobre todo, con la consecución del anhelado título de Liga.
Tras el éxito, el Madrid encaró el desafío de la Copa de Europa con los refuerzos de Miquel Soler, Freddy Rincón y Juan Eduardo Esnaider. Por distintas razones, los tres resultaron un fiasco, y a ello se unió el cambio en la presidencia, de Ramón Mendoza a Lorenzo Sanz, y el marchitar de varios veteranos. En ésas, Valdano se apoyó en la cantera (Álvaro, Guti, Gómez, Marcos, García Calvo, Sandro…) pero el curso se torció tanto que, tras perder en casa ante el Rayo, fue destituido. En el recuerdo queda el silencio rebelde de Raúl, que no festejó su gol al Athletic en San Mamés, como protesta por el despido de su valedor, en un partido que dirigió Vicente del Bosque, de modo interino, antes del fichaje fugaz de Arsenio Iglesias.
Aquel Madrid de Valdano, en definitiva, tuvo una vida breve, pero dejó un legado. Devolvió a la esfera campeona a un equipo que había sido martirizado sistemáticamente por el Barcelona, golpeando de muerte al Dream Team, herido desde la final de Atenas. Recuperó, desde el rescate de los parámetros clásicos del juego, el aura de frescura y cierta modernidad, y encauzó a la entidad en la senda europea. En 1994 parecía una quimera un Madrid de nuevo campeón de Europa, con casi tres décadas de vacío. En menos de una década, el club blanco levantó la copa por partida triple.
Aquel Madrid de Valdano (y Cappa) nos enseñó también a militar en un estilo. Pasados los años, convenimos que no existen las verdades absolutas, y menos en el fútbol, donde todo es tan válido o tan falso como quiera la pelota. Pasados los años, difuminado nuestro credo en el desencanto y devorado el líder por su personaje, su despido no es tan doloroso como aquel de los noventa pero, un poco sí, sabe igual de amargo.
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