Sin embargo..., todos tenemos nuestras pequeñas manías, la mía es casi un patrón de conducta. Al margen de lo que hayamos planeado para esa jornada, no hay día en la que falte la visita a mis cuadros favoritos.... Lo hago desde niño, lo sigo haciendo aún, con canas.
El recorrido es aprendido, lo hacemos siempre después de cumplir con el primer objetivo y antes de salir del recinto. Conocemos de memoria la ubicación de cada cuadro, la sala donde están.... la trayectoria siempre es la misma....:
El Bosco y sus dos magníficos trípticos, "El carro de heno" y "El Jardín de las delicias".
"El Cardenal" de Rafael de Sanzio. "Adán" y "Eva" de Durero. La preciosa "Anunciación" de Fra Angélico y.... por lo curioso.... ¡la réplica de "la Gioconda"!
Es decir..., conozco bien el cuadro. Sé donde estaba colgado y es falso de toda falsedad que este cuadro fuera desconocido o que siempre haya estado escondido en -las bodegas- del museo; de hecho esta obra (según su rótulo, de autor desconocido) era famosa desde hace tiempo, por los que son paseantes frecuentes del Prado.
No obstante, en honor a la verdad, hay que decir que efectivamente en los últimos meses, esta obra no estuvo colgada en su sitio habitual, sino que ha tenido que pasar por los talleres del museo para su restauración.
En este año 2012, El Louvre, tiene previsto acoger dos grandes exposiciones. El primer semestre del año será para Leonardo, el segundo para Rafael.
Precisamente, para esa primer evento, el Prado, como símbolo de colaboración amistosa entre las dos instituciones, cederá algunas de sus obras, entre otras, esta curiosa "Gioconda madrileña"; de ahí... su restauración y todo lo que con ella, se ha desvelado.
Este cuadro, según los eruditos, está en el Museo desde el siglo XVII. La siguiente imagen muestra el cuadro antes de ser -retocado-, tal cual yo lo he conocido desde siempre.
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Hay dos elementos clave que siempre han diferenciado la copia del Prado del original del Louvre: en primer lugar, las cejas, la del Prado las tiene, la original, no. Y también..., la ausencia del paisaje.
Una vez.... "restaurado", precisamente ha salido a la luz ese paisaje oculto..., que coincide exactamente con el de la Monalisa de Da Vinci. Así, por eso..., entre otras cosas, dicen los expertos que su relevancia es mayor puesto que fue realizada en el propio taller del humanista italiano, en la misma época y probablemente en el mismo instante:
"Se trata de una obra más importante de lo que pensábamos hasta ahora, no era una réplica alejada sino una obra pintada por un discípulo de Leonardo mientras el artista pintaba el original", confirmó Miguel Zugaza, director de la pinacoteca madrileña.
En la siguiente imagen, podemos observar la comparativa entre la parisina y la madrileña, después de la restauración de esta última.
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Sea de una manera u otra, personalmente me enfado con los "falsos" descubrimientos y me congratulo con los verdaderos. Aún así...., sigo renegando de las restauraciones, y es aquí, en este preciso instante, en el que retomo el término "supuestamente", que dejé colgado, unas líneas más arriba.
Se tiene como asumido que uno de los principales cometidos del restaurador es "recuperar el momento".., que la obra se muestre como fue, en el mismo instante de ser pintada.
Para ello, y tomo como ejemplo el de la restauración de la Gioconda madrileña, supuestamente se limpia la imagen, supuestamente se avivan los colores, supuestamente se da por bueno.... que el autor quiso pintar de una determinada manera y con unos determinados colores.
Si de lo que se trata es de, respetar escrupulosamente la voluntad del artista, creo que es muy difícil determinar, pasados incluso siglos, la elección original de un color o una tonalidad determinados, y mucho más... averiguar si, realmente el autor quería dejar ese paisaje a la vista o... dejarlo en negro tal y como aparecía antes de ser retocado.
Eso por un lado..., por el otro lo dicho, a veces, los restauradores se exceden tanto en los colores..., que más que obras de arte, como antes he dicho, parecen cromos.
Cuantas veces pienso en la conveniencia, siempre que no dañe a las obras, de seguir conservando esa necesaria pátina del tiempo, que todo lo pone en su lugar. Esa capa temporal que cubre las obras le llena de una "poética", que para mí, va incluso más allá de su función original. En definitiva es como si el tiempo, la sabiduría del tiempo, dando su toque... completara la obra del artista.
Personalmente, siento que desprendiendo a los cuadros de parte de su historia..., se les arrebata también parte de su alma. Por eso... defiendo yo la CONSERVACIÓN a ultranza de esa pátina del tiempo...
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"Templado por la pátina del tiempo,
qué suave nos parece el infortunio
que amenazó la ciudadela
del niño y socavó sus años"
...
Emily Dickinson
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Mi defensa, no se basa en simples antojos o en intrincadas premisas filosóficas, sino que es producto de mi convencimiento de ver (y querer) el arte, con el valor de la historia, con el valor del tiempo pasado y sobretodo como producto esencial de la espiritualidad humana.