Por EVA MAGALLANES el 31-Dec-1969 | Las Señoritas de Avignon (detalle), Picasso, español.
Esta obra se consigna como un hito en la historia del arte, pieza inaugural de una nueva etapa, paso seguro a la abstracción. Se conservan algunos rasgos de la realidad conocida y del mecanismo figurativo para representarla, pero se establecen potentes señales que expresan una nueva percepción. La pintura se autoconcibe como fundadora de otro mundo, revelación de otros ámbitos de la naturaleza y la existencia. Como todo vanguardista de inicios del siglo XX, Picasso es heredero del legado plástico y teórico de Paul Cezanne - quien postuló que todo podía descomponerse en un cubo, un cilindro y una esfera - y nos muestra en sus famosas Señoritas, el proceso de quiebre con las dimensiones convencionales y el trastoque de las leyes de la perspectiva y del espacio; aspirando a retratar el cuerpo femenino desde múltiples ópticas, trabajando la pluralidad de los ángulos y los planos, rompiendo con el esquema estereotipado con que se nos presenta la apariencia de lo real. Otro elemento que distingue a esta Obra son los colores restringidos, tonos pàlidos y apaciguados sobre un fondo azul frío; las mujeres, desnudas, desprovistas absolutamente del canon establecido para la belleza femenina, parecen posar para este acto desmitificador. Las formas llenan tajantemente los planos, imponentes en la geometrìa que el pintor como con un bisturí, saca a la luz. Picasso refleja de este modo que la "verdad" de lo que nos parece tan cierto, tan evidente e indesmentible es tan sólo una entre una amplia gama de posibilidades; que nuestra mente ha de hurgar más allá de los límites de la apariencia y que la creación más que imitación, es la génesis de otra realidad tan real, como ficticio es lo aparente.
Sin título, Carmen Aldunate, chilena.
Las mujeres que pueblan la obra de esta pintora, poseen una identidad ecléctica, dueñas de una combinación seductora entre lo clásico y lo galáctico, renacentistas y posmodernas, paganas, profanas y festivas, malignas y divinas, pecadoras, puras y sacras. Chilenas, florentinas, universales. Novias, madonnas o hechiceras, vírgenes o putas, todas o ninguna, a veces unas, a veces otras, siempre la misma. Esta mixtura, lograda mediante la forma y el contenido, construye una multiplicidad de eventuales significados que permiten una rica interacción con quienes las observan; plasma una estética innovadora y llamativa, una ambigua atmósfera que convoca, una belleza que pasma y que, de improviso, puede tornarse inexplicable y extrañamente siniestra. Atraen, pero también aterran. ¿Qué ignorada alianza hay entre ellas, entre sus pechos, entre sus manos?, ¿qué en esa cercanía, y en sus miradas agudas y lejanas?, ¿están realmente vivas o son espectros vívidos de lo muerto?, ¿y esa carne blanca, marmórea, verdaderamente late o es la envoltura perfecta de lo yermo?, ¿son sepulcros o matrices mágicas de un parto infinito y cósmico?. ¿Son todas ellas, las que vemos, o únicamente una multiplicada?. Claramente Carmen Aldunate tiene en la pintura del Renacimiento toscano un referente poderosísimo que sin temor a evidenciarse, ella potencia, imita y recrea: dibujo riguroso como soporte, formas cerradas, el peso de los objetos, los accesorios, la tapicería, los ropajes y drapeados, deleite decorativo, detallista y minucioso, figura y fondo claramente marcados, elementos arquitectónicos como claves composicionales, la característica ?ventana? que deja ver un fragmento del paisaje y con ella el enlace entre el ambiente interior y el exterior que lo circunda, metáfora posible de los cuerpos y las almas. Y he aquí uno de sus máximos logros: mediante el uso y el abuso de fórmulas, técnicas y elementos-tipo de este código estético, obtiene aquella visualidad que si bien remite sin pudores, también escapa sin tregua, que si bien emula también distorsiona y funda, aquel espacio-tiempo traslapado, transculturizado, otro. Como un péndulo que oscila, gira y vibra, vibran, giran y oscilan las imágenes y los significados; nos zambullimos en un mundo que subyuga y que nos pierde. Realista e irreal, hiperrealista y surreal, onírico y fantástico, tan creíble y verídico como el más real de los sueños y con la verosimilitud de la ficción mejor lograda. Mención aparte merece el colorido que Carmen Aldunate instala: una tonalidad sofisticada y elegante, colores frutosos y florales que se huelen y se saborean? violetas, ciruelas y guindas, damascos, lilas y anaranjados. Un fresco y apetecible bocado, una poción primaveral y erótica que, a la usanza renacentista, puede estar envenenada.
Desnudo griego, Merello, español.
En este desnudo se puede descubrir la confluencia de diversas vertientes técnicas y plásticas; una obra mixta en el más amplio sentido del concepto: no tan solo por la variedad de materiales empleados, por los métodos de aplicación de los mismos, por las reminiscencias del Fauvismo y del Expresionismo Abstracto, si no también por la obtención de una imagen que recoge, rehace y fusiona elementos figurativos y abstractos, un ? a medio camino ? entre dichos polos que ha sido la salida que la pintura ha encontrado al ?punto muerto? de lo abstracto y al ?clasicismo? de la figuración tradicional. Esta apertura se conoce como Neo figuración.
Mediante un lúdico encuentro entre la línea y la mancha, Merello reúne aquí dos formatos de construcción de la imágen: un dibujo sutil que coquetea con el croquis y que aporta cierta fragilidad y sutileza muy en armonía con el peso que agrega la materialidad pictórica de sus manchones de color, puestos con profusión, gozo y sin pudores en sus tonalidades, mezclas y contrastes. Lo cálido, lo frío, el uso del blanco y el negro desprendidos de las connotaciones de luz y sombra, generan una explosión colorida que constituye fondo y soporte de la mujer recostada sobre un lecho cromático, un desnudo en medio de una fiesta de colores.
Otros aspectos importantes de considerar en esta obra: el ?horror al vacío? ?herencia cretense, una de las profundas raíces del arte griego? aquel impulso a llenar el plano abundante y exuberantemente; la propensión ornamentalista y detallista también presente en la identidad femenina de Creta y que apreciamos sobre todo en el trabajo que este artista realiza en el pelo de la figura, creando una suerte de tocado; el color antagónico de la sombra o, si se quiere, la señalización de las sombras con color y que podemos apreciar en la parte superior de la espalda, en el pecho y en parte del abdomen; zonas que congregan una combinación no académica de tonos y que conforman un llamativo punto de tensión.
Finalmente, la imagen de la mujer pasa a ser un pretexto; no es su rostro bosquejado ni las sinuosidades de su cuerpo la fuente expresiva de la obra: las sensaciones de contento, de vigor, de pletórica existencia que la convierten en una diosa musical regocijada, se originan en el uso y administración del color, concebido como significación, como palabra, como mensaje?el real protagonista de esta pintura.
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