Por Pol Gustems el 24-Jun-2011 | Un éxito complejo. Cuando saltó por primera vez al Camp Nou esta temporada, un 22 de agosto ante el Sevilla, el Barcelona lo hizo para besar el primer título, la Supercopa de España. Puede que el oponente no estuviera a su nivel, pero el juego del Barcelona ese día fue difícilmente mejorable. El balón circulaba a velocidad de relámpago, combinaciones diabólicas y fútbol de salón. Quizás en el resto de campaña no se ha visto tanta fluidez de ideas como en aquel primer partido, plácido y brillante, donde todo salió bien. Fue una especie de concesión al campeón del curso pasado, un triunfo que celebrar sin prácticamente haber empezado. A partir de entonces ya no hubo tregua. Sin embargo, el Barcelona siguió alzando títulos.
Les pedían el triunfo en el bipartidismo español y volver a Wembley diecinueve años después. Exceptuando la derrota en la final de Copa, consiguieron el resto de sus propósitos. El Barcelona 2010/2011 no entendió de acomodos, autocomplacencia y excusa post Mundial. Seguramente fue el equipo que elaboró un fútbol más alegre, aseado, vistoso y técnico, pero sobre todo fue un conjunto enfermo de competición, de ganar cero a ocho al Almería si la ocasión lo permitía, de sobreponerse a lesiones decisivas y de salir victorioso en la batalla más complicada que se recuerde -a todos los niveles- que mantuvo con el Real Madrid.
Incompatibilidad con Messi. Esa fue la razón principal por la que el Barcelona se deshizo del fichaje más caro de su historia, Zlatan Ibrahimovic. Es la idea original de este equipo entrenado por Pep Guardiola, rodear al argentino de los mejores futbolistas posibles pero con egos que no le discutan el protagonismo a Messi. La FIFA le dio el Balón de Oro, cuando premió al mejor futbolista en vez de al más meritorio. Si ese premio lo hubiera dado el Barcelona, como entidad, también lo hubiera ganado Messi. A menudo nos hemos preguntando cómo sería la vida sin él, qué peso lleva en la balanza donde también están Xavi, Iniesta, Alves, Valdés y compañía. Sus ausencias fueron tan breves que no se pudo diagnosticar de cuanto Messi necesita el Barcelona, aunque la dependencia que se intuye es muy elevada. Una pregunta que el aficionado culé, con tal que la Pulga no se pierda ni medio partido, prefiere no tener que resolver nunca. Messi fue autor de 53 goles esta temporada. Son cifras y maneras imposibles en el camino de convertirse en el mejor, de ahora y siempre, diciendo poco y jugando mucho. Con un carácter indescifrable, que suma a sus extraordinarias habilidades con el balón un gen competitivo ingobernable. Lo ha querido jugar todo y se ha enfadado por suplencias intrascendentes. De la actitud exagerada de Messi, como también de su juego, se ha impregnado todo el equipo.
Acierto en los fichajes para completar una plantilla corta. El Barcelona no contaba con la lesión que ha mantenido apartado a Carles Puyol durante el segundo tramo de temporada. Ni con el bajón físico de David Villa, las enormes urgencias en defensa y la enfermedad de Eric Abidal justo cuando llegaba al mejor momento de su carrera. La reconversión de Sergio Busquets al central, pero sobre todo la excelencia de Javier Mascherano, han permitido solventar los flecos abiertos por la enfermería. Al ‘Jefecito’ le costó entrar en escena, sabedor de quiénes tenía por delante y de lo que significaban para el club y para el mundo. Las primeras apariciones del capitán de Argentina, con poca presencia y lento en la entrega, no invitaban a contar con grandes desempeños suyos esta temporada. Pero poco a poco se fue aclimatando, Guardiola se vio obligado a usarle con más regularidad y él se adaptó hasta el punto que el éxito coral azulgrana no se entiende sin su figura, multitarea y perfecta. Junto a Víctor Valdés, cuya temporada ha sido una vez más inconmensurable, Mascherano fue el salvador en los pocos instantes críticos que padeció el Barcelona, fuera rebañando un balón a última hora o cortando un contraataque. Sumó decisivamente, también con el balón en los pies.
Adriano y el llegado en enero Ibrahim Afellay tuvieron un papel menos protagonista, pero el fichaje del holandés sirvió para dar descanso al trío atacante. La temporada de David Villa es notable y todo hace pensar que en la próxima, sin el Mundial de por medio y con un año de experiencia en el conjunto, puede ser excelente. Y a Pedro, pese a su habitual romance con el gol, tampoco se le ha visto lúcido con regularidad. Pese a unos números formidables, ambos superando los cincuenta partidos y los veinte goles. Afellay llegó para sacarles minutos de esfuerzo y además tuvo su momento de gloria asistiendo a Messi en una de las jugadas de la temporada, en el Bernabéu, para llevarse media Copa de Europa. Junto a la mención a Valdés, y a lo que todos sabemos sobre Xavi e Iniesta, hay que mencionar a dos de los pilares del esquema del Barcelona. Presentes casi siempre, obligados a una regularidad extrema, imprescindibles, soberbia temporada de Dani Alves y Gerard Piqué. A nivel de cantera, fue la temporada de la ascensión definitiva de Thiago Alcántara al primer equipo. Ha jugado diecisiete partidos. Otros futbolistas como Andreu Fontàs (8), Marc Bartra (5) y Nolito (5) también han aportado su granito de arena.
La sucesión de encuentros ante el Real Madrid -suficientemente comentada- llegó en el tramo de temporada más morboso, decisivo, pero quizá a los grandes duelos entre ambos les faltó un punto de espectáculo futbolístico. Lo tuvieron en todo el resto de facetas, ruedas de prensa, medios de comunicación, el otro fútbol y el arbitraje. Demasiado en tan poco tiempo, resultado para frustrar a cualquiera, vencedores y vencidos. Por lo que respecta al Fútbol Club Barcelona, y aprovechando para ligar con el análisis institucional, fue el momento para evaluar a la nueva directiva, que se mostró tardía en la reacción, equivocada en algunas formas -mejor palabra que comunicado-, y que dejó en exceso el peso institucional del club en la figura del entrenador, Pep Guardiola, que multiplicó la rivalidad mediática -buscando favorecer a su equipo- en una salida de tono en la sala de prensa del Bernabéu, impropia de su discurso habitual, cauteloso, correcto y educado, que mantuvo de forma coherente el resto de la temporada.
Los recortes en las secciones y la firma publicitaria con Qatar Foundation. Más allá de la cuestionable consideración de Sandro Rosell sobre Catar, la directiva está en su derecho y obligación de si ve que necesita tomar estas decisiones para subsistir económicamente, hacerlo. El problema es que en ambas decisiones, obviamente no consideradas en su programa electoral porque el déficit económico según quién lo vea, y según si está dentro o no del club, varía, son incoherentes con un punto esencial del programa que muchos olvidan: preguntar al socio. Se hizo muy correctamente en la primera cuestión importante de la temporada: emprender o no una acción social de responsabilidad contra el anterior presidente Joan Laporta. En cambio, a nadie se le preguntó si quería ?manchar? por primera vez la camiseta azulgrana con una firma publicitaria, ni si prefería recortar las secciones no profesionales a cambio de no hacer un fichaje potente para el primer equipo de fútbol, la locomotora del club.
La temporada acabó en Wembley, con Abidal levantando la Champions en un gesto que resume la unidad de un grupo humano cuya buena relación también explica parte del éxito. La cifra de 4 Copas de Europa ya le equipara los grandes triunfadores de la competición en la historia. El último partido, ante el Manchester United de Alex Ferguson, fue una victoria sublime, con un fútbol presente en muchos momentos de la temporada. Sobre todo en aquella Supercopa, la del primer día. Un fútbol que por momentos se vio disminuido durante el larguísimo curso, donde todo fueron contrariedades: lesiones, acusaciones graves, cansancio y un largo etcétera. Diez meses y dos títulos después, el Barcelona no se cansa de ganar.
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