Por Borja Barba el 03-Jun-2011 |
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La mejor actuación liguera del Getafe en su breve historia, lograda de manera brillante la pasada temporada, quedó ensuciada por la corriente de interferencias surgida entre Ángel Torres, el omnipresente y mediático presidente azulón, y el técnico Míchel. Todo terminó con Adrián, centrocampista e hijo del entrenador, con los huesos fuera del Coliseum. Un borrón y cuenta nueva que había dejado un poso amargo e indeleble.
Míchel afrontaba la recientemente concluida campaña con el sable en el gaznate. Consciente de que cualquier mínimo tropiezo sería suficiente para dinamitar su ya delicada relación con la presidencia. Una situación de riesgo permanente, de tensión latente, poco recomendable para afrontar la temporada con la mínima estabilidad requerida. Pese a ello, y pese a las bajas en el plantel de futbolistas como Roberto Soldado, Pedro León, Fabio Celestini o David Cortés, todos ellos piezas clave en los logros del pasado, el desempeño de los getafenses durante los dos primeros tercios de la competición fue más que digno, llegando a tontear incluso con las plazas europeas durante buena parte del curso.
Si hay algo que no se le puede reprochar jamás a Ángel Torres es su extraordinaria capacidad para armar equipos competitivos a escaso coste. Las salidas ya comentadas del pasado verano obligaron al presidente azulón a reforzar el equipo con jugadores sin excesivo nombre pero con un rendimiento reciente contrastado. Así llegaron al Coliseum futbolistas como el jerezano Pedro Ríos, todo un descubrimiento por banda derecha, el punta Adrián Colunga, el veterano Borja o los cedidos Víctor Sánchez e Iván Marcano. Todos ellos, sin excepción, han ofrecido un notable rendimiento. Sin semejante porcentaje de acierto en fichajes arriesgados, quizá la suerte final del Getafe hubiese sido diferente.
Se gozó incluso de una nueva participación europea. O al menos lo hicieron los escasos espectadores, mal endémico del club, que arrimaron el hombro en el Coliseum. Todo quedó en una insípida participación en la liguilla de 1/32 de final. Tierra de nadie, como si se hubiese querido pasar por la competición sin molestar ni hacer ruido.
Hubo en la temporada azulona un punto de inflexión que hizo redirigir la mirada hacia asuntos menos ilusionantes que una nueva participación europea. Coincidió con el último tercio de la temporada, probablemente cuando las exigencias físicas de los dos primeros tercios de temporada, jugados tal vez por encima de sus posibilidades, habían terminado de exprimir al once de gala de Míchel. Una nefasta racha en los meses de marzo y abril, con únicamente tres puntos en ocho jornadas (entre la 24 y la 31), terminó de situar definitivamente al Getafe con la soga al cuello.
Sólo el pequeño repunte de las últimas cuatro jornadas, excepción hecha del paripé montado en su visita al Bernabéu con el equipo jugándose la vida, permitió a los getafenses afrontar la jornada decisiva con esperanzas de salvación. El empate conciliador de Anoeta, frente a una Real que firmaba lo que fuera con tal de salvar el pellejo, unido al petardazo del Valencia en Riazor, permitió que la temporada que viene podamos comprobar en qué se ha terminado por convertir el equipo anteriormente conocido como Geta.
Lo mejor: La salvación en un equipo que olía a cuerno quemado a falta de cuatro jornadas. El gran rendimiento de todas las nuevas incorporaciones.
Lo peor: Como siempre, el tristísimo aspecto del graderío del Coliseum. La venta del club al Royal Emirates Group sitúa a la entidad en una incógnita con respecto a su futuro más inmediato. El Getafe transmite sensaciones de equipo sin espíritu.
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