Por Borja Barba el 15-Jun-2011 |
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Temporada de transición en el Ramón Sánchez Pizjuán. Lo que comenzó allá por el mes de agosto como un capítulo más en la brillante historia del Sevilla FC en el último lustro, acabo confirmándose como una temporada de paso hacia épocas mejores. Las cosas comenzaron a torcerse demasiado pronto. La inesperada eliminación en la fase previa de la Liga de Campeones a manos del debutante y semidesconocido Sporting de Braga cayó como un mazazo en la ilusionada afición sevillista. A partir de ese momento, la temporada, planificada en torno a la máximo competición continental, comenzó a torcerse.
Pese al traspié inicial, la directiva nervionense decidió mantener su confianza en Antonio Álvarez. Discutido por un lado por su perfil bajo y su nula experiencia en el primer nivel, pero respetado y querido por su procedencia interna, el técnico se encontró a las primeras de cambio con la complicada papeleta de hacer olvidar a su afición la debacle europea con una gran actuación liguera. Además, la temprana eliminación de los sevillistas colocó al equipo de manera automática como uno de los favoritos a alzarse con el título de la Europa League. Quizá demasiada presión.
El nuevo Sevilla 2010/11 arrancó con no pocas caras nuevas respecto a la temporada anterior. Las salidas de futbolistas como Adriano, Stankevicius, Squillaci o Duscher trajeron consigo las llegadas de refuerzos en defensa, como Alexis, el cedido Martín Cáceres o el potentísimo lateral francés Dabo y en el centro del campo, con Cigarini y Guarente como novedades en una plantilla coja en cuando a creación de juego. La plantilla, sobre el papel, parecía equilibrada.
Sin embargo, la eliminación en Liga de Campeones y el duro guantazo sufrido en la Supercopa de España ante el Barça minaron en exceso la moral del equipo. Condicionado por esos dos trascendentes resultados, el conjunto de Álvarez encaró la competición liguera dubitativo, viciado de antemano. Con cada decisión mirada con lupa y discutido prácticamente en cada partido, el final del técnico no tardó en llegar. Sólo habían transcurrido cinco jornadas de Liga y el equipo era séptimo, pero las sensaciones transmitidas eran muy grises.
La llegada de Gregorio Manzano, sin equipo tras su salida de Mallorca, no fue el bálsamo pretendido. Al equipo le costaba encadenar dos o tres resultados positivos que lo auparan en la clasificación. Además, el técnico jiennense atravesó una delicada racha de tres derrotas consecutivas en el Sánchez Pizjuán que volvieron a hacer temblar los cimientos del sevillismo. Los sevillanos seguían adoleciendo de falta de creatividad en el centro del campo (la omnipresencia de Zokora y Romaric no ayudaba a la causa) y de una fragilidad defensiva inédita en las últimas temporadas. En quince jornadas, las que van desde la 6ª a la 21ª, el Sevilla encajó la escandalosa cifra de 33 goles. A más de dos por encuentro. Impropio de un equipo que pretende aspirar a entrar entre los cuatro primeros.
Aparcando el campeonato liguero, es obligado hacer referencia al doble enfrentamiento frente al Real Madrid en semifinales de la Copa del Rey que, lejos de perjudicar al cuadro hispalense en su eliminación y polémicas aparte, sirvió de estímulo y de argumento de unión de cara a afrontar la segunda vuelta de la Liga.
Además, el ecuador de la campaña trajo consigo dos hechos que, a la larga, serían decisivos en el buen tramo final de la temporada. El adiós de Luis Fabiano implicó la toma de responsabilidad ofensiva por parte de Álvaro Negredo. Al vallecano le sienta mal ser segundo plato y compartir protagonismo. Con O Fabuloso de vuelta en Brasil y Kanouté dosificando su ingenio con cuentagotas, Negredo, máximo goleador nacional con veinte dianas, se destapó como el gran artillero que es. Por su parte, la obligada irrupción de Javi Varas tras la lesión de Palop vino a confirmar que hay portero tras el valenciano. Gran tramo final de temporada el del hasta ahora eterno suplente.
Por el contrario, la 2010/11 no fue la temporada de Jesús Navas. Muy limitado por las lesiones, el palaciego estuvo muy lejos del nivel ofrecido campañas atrás. Lo mismo puede decirse de Perotti. El vendaval argentino empezó la temporada como un tiro, pero fue perdiendo peso en el juego del equipo conforme transcurría el campeonato.
Mención aparte merece el acierto con los dos fichajes invernales. La llegada en el mes de enero del chileno Gary Medel y del suizo de ascendencia croata Ivan Rakitic supuso una inyección de juego y moral para los de Manzano. Ambos se hicieron con el equipo y la competición española sin apenas necesidad de adaptación, lo suyo fue aterrizar y rendir. Buenos pilares para el futuro cercano.
El quinto puesto final y la eliminación de la Europa League a manos del intratable campeón Porto suponen un broche a la temporada bastante mejor del que se preveía allá por el mes de octubre. Entrar a Europa por la vía directa y sentar las bases para el que debería de ser un nuevo proyecto exitoso de la mano de Marcelino García Toral es el mejor epitafio posible para una temporada de transición.
Lo mejor: Los goles de Negredo. El rendimiento de Medel y Rakitic. El repunte final en la tabla y el meritorio quinto puesto.
Lo peor: Los innumerables problemas defensivos. La temprana eliminación en Liga de Campeones. Una dudosa planificación deportiva lastró en exceso al equipo. Los problemas de Navas.
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