La capacidad de aguante del pueblo tiene límites
La historia de América Latina ha mostrado gobiernos que inician su gestión con intenciones democráticas para luego dejarse seducir por el autoritarismo. La degeneración es lenta y, podría decirse, imperceptible hasta que los ciudadanos no pueden evitarla.
Todo parece indicar que el pecado original reside en adoptar un modelo narcisista bajo el que sólo las propuestas de los gobernantes tienen importancia. Como es lógico, surgen opiniones encontradas pero el poder pone oídos sordos a las críticas, muchas veces bien intencionadas. El afán de admirarse a sí mismos, los lleva a pensar que el pueblo no es capaz de apreciar su visionaria genialidad.
Para sus experimentos, buscan y encuentran nuevos aliados. Con tan mala suerte, que todos provienen del sector más conservador, cuyo futuro es el pasado. Esos mantuvieron el poder por la fuerza y el soborno. Para aportar, sólo tienen la violencia y la corrupción. Asimismo, se rodean de militares y de policías politizados, dispuestos a degradar su profesión, así como a poner en práctica la violencia aprendida bajo el despotismo.
Los relacionados más cercanos dejaron de ser los compañeros del partido. Fueron sustituidos por banqueros y comerciantes que los sumergen en las tentadoras aguas del capitalismo del dinero fácil. Los proyectos gubernamentales dejan de resolver problemas sociales para convertirse en alcancías electorales y en fuentes de acumulación originaria. El enriquecimiento súbito e inexplicable pasa a ser la característica generalizada, gracias a una blindada impunidad. Los beneficios del Estado pasan a ser fuente inagotable de lujos mientras la calidad de vida de la mayoría de la población disminuye rápidamente.
Pero la capacidad de aguante del pueblo tiene límites. Las protestas surgen mientras la sordera gubernamental se agudiza. Al mismo tiempo, se consolida la costumbre de reprimir y sobornar, la de pegar y pagar. La posibilidad del diálogo se esfuma y la impotencia conduce hacia la violencia. Los primeros reprimidos son los más aguerridos y esos normalmente aparecen entre los dirigentes del transporte terrestre. El transporte empeora mientras las amenazas a unos y el soborno a otros, continúa creciendo.
La electricidad, promesa fecunda desde antes de dirigir el aparato estatal, es aprovechada para la acumulación originaria mientras el servicio empeora. Privatizan para mejorar y, ante el fracaso rotundo, estatizan de nuevo para que siga peor. La represión llega con fuerza de la mano de militares, aunque sólo para lesionar a los pobres, nunca a los ricos que se roban masivamente la electricidad.
La mejoría prometida para la educación se ve desmentida cuando las evaluaciones de organismos internacionales sitúan al país detrás del último. La lengua castellana y la matemática se evidencian como incomprensibles para los estudiantes. Mientras, el enriquecimiento de los dirigentes de la cartera oficial crece exponencialmente. Para impedir la denuncia pública, la violencia surge en los predios educacionales, sólo que los agredidos físicamente por las autoridades pasan a ser los maestros y estudiantes que denuncian la corrupción.
La salud empeora por horas. Las estadísticas de enfermedades y defunciones hacen pensar en epidemias históricas. Sin embargo, se sabe que las causas del mal están en la negligencia de las autoridades, cuyas prioridades están orientadas a enriquecer unos pocos. Ante la impotencia de resolver el problema, se niegan los derechos a los profesionales y se les reprime con saña y sin contemplaciones. La violencia desplaza al diálogo como forma de avenencia. Y los derechos de la humanidad hacen mutis por el foro.
El auge de la delincuencia no parece detenerse. Las investigaciones siempre quedan a medio talle y los culpables nunca son castigados. Entonces, para compensar la impotente Justicia, se multiplican los ?intercambios de disparos? mediante los cuales la Policía Nacional impone como norma la pena de muerte, la que no aparece validada en texto legal alguno.
Y los guardias y los policías pasan a constituirse en el instrumento más indicado para solucionar los problemas que el narcisismo no quiere aceptar como de su responsabilidad. Sólo que, como escribiera un antiguo Secretario de las Fuerzas Armadas: El gran error de la clase política nacional fue no percatarse de que con unas Fuerzas Armadas orientadas, formadas y entrenadas para sostener una dictadura, no se podía conducir al país hacia una democratización real y efectiva.