Por omarpa el 15-Jan-2010 | Una completa mirada a los usuarios de los teléfonos inteligentes de hoy y, cómo no, a los aparatos de los que nunca pueden separarse.
En 1999, cuando el Blackberry apareció en el mundo y sacudió el mercado ofreciéndoles a sus compradores la posibilidad de estar conectados a Internet a través de un teléfono, ni siquiera sus creadores alcanzaron a pensar que diez años después frases como, “Desde que lo tengo conmigo nunca más me volví a sentir sola. Ya puedo decir: hoy almorcé con mi Blackberry”, llegarían a ser comunes. Quien habla en este caso es la modelo, presentadora y locutora radial Julieta Piñeres, protagonista de las fotografías que ilustran este artículo.
El suyo no es un caso extremo ni mucho menos. Aquí van otros dos ejemplos. La precandidata presidencial colombiana Marta Lucía Ramírez dice: “Soy adicta, es lo único a lo que soy adicta”. Y Barack Obama gritó: ‘¡Van a tener que arrancármelo de la mano!’, cuando miembros del servicio secreto le prohibieron usar su Blackberry porque podía ser atacado por piratas electrónicos. Un dato más, se calcula que en estos diez años Research in Motion (RIM), la compañía productora de los Blackberries, ha vendido más de 50 millones de aparatos.

Pero los IPhones no se quedan atrás, ni mucho menos. Lanzados en 2007 por Apple, revolucionaron el Planeta con su combinación de IPod de última generación, teléfono móvil, aplicaciones de Internet y un diseño de infarto. Paris Hilton fue de las primeras en comprar uno, lo que no sólo generó que miles de sus admiradores corrieran a imitarla, sino que muchos se burlaran preguntándose: “¿Será capaz de manejarlo?”. Pues al parecer sí, porque cada semana los paparazzi le toman una nueva foto con su moderno teléfono en la mano. Mas no es que se trate de algo exclusivo de las estrellas de Hollywood. Basta con entrar a páginas como iphoneaddicts.com (adictos a Iphone.com) o con enterarse de cuántos aparatos se han vendido hasta hoy -la no despreciable suma de trece millones y medio en apenas dos años largos- para notar que no se trata de unos competidores menores en el mundo de la telefonía. Es más, si bien los Blackberries parecen llevar la delantera en el mercado global (incluido el colombiano, donde de diez teléfonos inteligentes que se venden, más o menos siete son Blackberries y tres IPhones), a Europa ya se le considera territorio IPhone.
Y así como hace diez años los fabricantes de Blackberry no imaginaban que les iría como les está yendo, también hace una década nadie imaginaba que un teléfono iba a contener tantos productos, tantas utilidades: en esta década no sólo consolidamos la posibilidad de poder telefonear y recibir llamadas en todo momento y en cualquier lugar del mundo, sino que, a una velocidad inimaginable, nos fuimos acostumbrando a tener todos los servicios en un solo aparato. Es decir, hace rato que los teléfonos móviles dejaron de sernos útiles simplemente para llamar. Se han convertido, más bien -como lo anota Francisco Javier Gómez, consultor de informática, especialista en computación móvil y propietario del portal de internet Pdacolombia.com-, “en objetos que traen una integración absoluta de múltiples servicios”. Así, aquello que pende a toda hora de nuestras manos nos sirve para llamar, sí, pero también para chatear (conversar por internet), recibir mensajes, navegar por la gran red, tomar fotografías, escuchar música, organizar nuestra agenda y mil cosas más. Y la cosa va en aumento. Gómez dice: “En el futuro, los equipos podrían incluir pico proyectores (es decir, capacidad de proyección de imágenes sobre objetos), proyección holográfica, pantallas plegables, baterías de combustible, nuevas interfaces de usuario manejadas con gestos, uso de realidad aumentada…”. Las posibilidades son infinitas.
Pero regresemos al presente, que con lo que hay sí que nos basta. Porque durante esta década los avances en las telecomunicaciones han traído consigo -cómo no- grandes cambios en las formas de comportarnos y relacionarnos. Transformaciones para bien y para mal.
Hola, soledad
El sociólogo polaco Zigmunt Bauman se hizo famoso mundialmente a finales del siglo XX cuando concibió ‘teoría de la Modernidad líquida’, en la que propone una serie de paradojas: aunque las personas están más conectadas por medios electrónicos y de comunicación, no necesariamente están menos solas; aunque la lógica del consumo se ha trasladado a las relaciones, y éstas se toman o se dejan como productos que se compran y se venden, persiste el miedo a ser ‘desechado’; y aunque la gente sigue buscando seguridad, quiere relaciones livianas, que no le cuesten mucho esfuerzo.
Fabián Sanabria es antropólogo, doctor en sociología y decano de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional. Sobre la teoría de Bauman dice: “Estamos en un mundo más errante, más huidizo, más fofo, más gelatinoso… En un mundo líquido”.
Y se deja venir con ejemplos, todos relacionados en últimas con los teléfonos de hoy y las posibilidades que ofrecen: “Ahora no damos la cara, preferimos un emoticono (muñeco o dibujo que se envía por internet y que representa sentimientos o emociones); no nos tomamos el tiempo necesario para visitar o para conversar, para eso tenemos los teléfonos; chateamos por el Blackberry mientras navegamos por Internet con el IPhone y almorzamos con nuestros amigos, y al final no hacemos ninguna de las tres cosas bien; con sólo oprimir un botón sacamos a alguien de nuestra lista de contactos y nos sentimos muy poderosos al hacerlo, pero no caemos en la cuenta de que, por una parte, nos hacemos cada vez más dependientes de los aparatos, y por la otra, cada vez establecemos relaciones menos sólidas… Ya ni siquiera somos líquidos: nos estamos haciendo gaseosos”. He ahí la gran paradoja a la que se refiere Bauman: pareciera que los avances en las telecomunicaciones lo que están haciendo es alejarnos del contacto real con los demás; estarían llevándonos a relacionarnos de manera virtual hasta con las personas que viven en nuestra misma ciudad y con las que podríamos vernos para almorzar o tomar un café. Y aún peor: cuando estamos con ellas frente a frente, es como si no estuviéramos; nos repartimos entre la charla, el Blackberry y el IPhone, y en últimas no estamos, al 100 por ciento, en ninguna parte.
Pero la cosa iría más allá y tocaría también las relaciones sentimentales. De ahí que el término ‘amor líquido’ ya se haya hecho famoso a la hora de referirse a aquel caracterizado por la falta de contacto real, ese amor en el que la pareja se comunica casi que únicamente por medio del chat y los correos electrónicos de los teléfonos de hoy… Ese amor que, según dicen, está de moda y, al parecer, no es tan negativo como puede sonar. Que lo diga si no la modelo Julieta Piñeres, quien cuenta: “Los noviazgos se simplifican: antes había que llamar para dar explicaciones y tocaba pelear frente a frente. Ahora uno pelea por Blackberry y la cosa es mucho mejor: se pueden elaborar las respuestas y uno se cuida de organizarlas ortográfica y gramaticalmente”.
Sí, una ventaja indudable de los Blackberries y los IPhones, que no se puede separar de las más obvias: tener en un objeto del tamaño de un teléfono tantos servicios es sin duda toda una ganancia; aquellos que necesitan estar siempre conectados ya no tienen que estar todo el día en su despacho frente al computador; desaburrirse en una reunión dándole una miradita al mundo a través de Facebook es toda una delicia; chatear o navegar por Internet mientras se viaja en un taxi o se dejan pasar las horas en una sala de espera es un placer; escuchar lo último de la música en cualquier momento es… Qué decir. Como bien lo comenta un periodista bogotano: “El problema no es de los aparatos, que no pueden ser mejores. Todo consiste en saber usarlos, en saber hasta dónde está bien vivir con ellos sin hacerse dependiente”.
Lo que al parecer no es tan fácil. Diana Neira, experta en etiqueta, protocolo y relaciones públicas, dice: “Se nos ha ido la mano. Hay gente que no puede despegarse ni de su IPhone ni de su Blackberry. Duermen con ellos, se bañan con ellos… Por ejemplo, en las conferencias que yo doy le pido a la gente que se desconecte, que descanse durante unas horas del teléfono; pues bien, cuando se dan los 10 o 15 minutos de descanso, todo el mundo corre al teléfono y se pega a hablar y a chatear; es como si pegarse del IPhone y el Blackberry fuera un nuevo y extraño descanso”.
O mejor, todo un placer. Un placer, como todos, adictivo. Tal y como lo anota Sanabria, durante siglos pudimos vivir sin Internet o sin telefonía celular, y ahora los dos nos resultan absolutamente necesarios. Pues bien, algo semejante empieza a suceder con los iPhones y los Blackberries. “Se trata de una nueva prótesis que le hemos pegado a nuestro cuerpo”, continúa el antropólogo, quien añade que estamos comenzando a disfrutar del extraño placer de ser localizables y de localizar al otro a toda hora, así como de vivir permanentemente informados de lo que le sucede a las personas que están a nuestro alrededor.
¿Pero acaso no es fascinante saber que tras la vibración o el corto timbre del aparato, está nuestra amiga del alma lista para, por medio del chat, contarnos el chisme del siglo; o quizás la foto, acabada de tomar, que demuestra que la ex amada está de nuevo sola y libre; o el correo electrónico en el que nos anuncian que aquel puesto soñado es nuestro y espera por nosotros? ¿Cómo controlar el impulso de ignorar el llamado de aquel teléfono inteligente -ya sea un IPhone o un Blackberry- que está ahí, sobre la mesa, y seguir conversando con nuestros suegros o escuchando la incomprensible conferencia del jefe de personal de la empresa en la que trabajamos? Difícil. No hay duda: sólo se puede ser adicto a lo que nos proporciona placer. Y algo más, ¿qué tal que el contenido de un correo electrónico sea urgente, de vida o muerte? Antes tendrían que pasar horas para que nos sentáramos frente al computador y lo viéramos; ahora… ahora sólo es cuestión de oprimir un botón.
Un mundo sin tildes
Algunos -positivos, románticos- dicen que con estos teléfonos el género epistolar toma un nuevo aire, es decir, cada vez que enviamos un email es como si escribiéramos de nuevo una carta, algo que durante años dejamos de hacer. Otros -más negativos, ¿más realistas?- se preocupan por la forma como la lengua se está transformando.
Jaime Bernal León-Gómez es doctor en lingüística y secretario ejecutivo de la Academia Colombiana de la Lengua. Si bien su posición es más liberal que la de muchos académicos, sí le preocupa que la estructura de la lengua se corrompa. “Por ejemplo, cuando, como es cada vez más común en los chats o en los correos electrónicos, se dejan de usar los signos de admiración o de interrogación al comienzo de la frase y, aún peor, se ponen tres o cuatro al final de ésta”, dice. Aquí van dos muestras: “Hola!!!!!”, “Qué más????”.
Sin duda dos ejemplos conocidos por todos. Pero hay más formas de corrupción de la lengua que, de la mano de los Blackberries y los IPhones, son día a día más comunes. Aquí van algunas: reducción de las palabras (‘xq?’, que viene a significar ‘¿por qué?’); anglicismos y barbarismos (‘perfect’ por ‘perfecto’, ‘berry me’ para ‘mándame un email’ y ‘¿pin me’ para chateemos); y, cómo no, faltas ortográficas por montón: es como si en el mundo del chat y los correos electrónicos las tildes no existieran.
“Estamos terriblemente mal -sigue Bernal-. Pero hay que reconocer que somos un pueblo muy joven, así como es joven esta forma de comunicarnos de manera electrónica. Sin embargo, no creo que lleguemos a tener un nuevo idioma dentro de cincuenta años. La lengua tendrá variaciones y novedades, pero se mantendrá”.
Ojalá. Mientras tanto en Venezuela, para referirse a alguien que está chateando por medio de su Blackberry, se dice que está ‘berriando’. Sí, podríamos estar peor.
Escrito por Andrés Arias
Leído 10 veces

|