Por Martha Colmenares el 01-Jul-2008 | Estaba en proceso de decantar algunas emociones para poder expresar lo que significó la visita a Venezuela de mis queridos amigos de los blogs, Caco, de Salvad a los Martínez y Maria Blanco, Lady Godiva. Cruzaron el charco para pernoctar 3 noches, tan sólo para traerme alegría. ¡Dios! Ha sido mucho. ?Gracias a la vida, que me ha dado tanto??. La llegada con toda su entusiasta expectativa en contraste con la partida. Nada que ver con aquel recibimiento y sus preparativos. Un viernes a las 2.30 de la tarde. Es que no parecía Venezuela, el cartelón en el aeropuerto bolivariano anunciaba la llegada del vuelo a la hora en punto, ¡cómo será!, que hasta lo que suele demorar ya cuando desembarcan los pasajeros, en un dos por tres, ya los teníamos delante. Ni ocasión de levantar mi pancarta portátil que decía Yo Soy PEZ.
La ansiedad de verlos me hizo estar en el aeropuerto una hora y media antes. El amigo de María, que conoció en España, quiso también recibirlos, andaba yo con mi amiga Ivonne, como la hermana mayor que no quería perderse el acontecimiento. Estaban ahí, habían llegado. Eso fue increíble.
Apenas, el ?¿tu eres Martha, dónde está la pancarta??, de Caco, acompañado de un gran abrazo, de pronto, mientras estaba en lo propio con María (dándonos el abrazo), al fin Caco había podido sentirse libre de la opresión del no fumar. En un dos por tres, estaba en la parte exterior del aeropuerto, fumándose su cigarrito. Rumbo a Caracas, Caco, conmigo, en el carro de fumadores y María, en el otro, en el que no los admite. Eso era ya de por sí, una muestrita de lo que es Venezuela.
Llegamos para instalarlos en el hotel. ¡Sorpresa! ¡Que de regalos!. Caco me trajo un maravillo libro de pocas ediciones que pertenecía a su padre. Se llama ?Palacios y Museos del Patrimonio Cultural. Madrid?. Editorial Patrimonio Nacional. Colección Bellas Artes. Lo guardo como un tesoro (lo estoy leyendo). Dice además: ?Es propiedad del Patrimonio Nacional Palacio Real, Madrid?. Pero no sólo eso, vino cargado de jabugos y chorizos que disfruté por días hasta más no poder.
Después los consabidos paseos por lugares de Caracas. Ah, claro, había mucho apetito y tenía yo que darle a probar a Caco lo de la arepa ?Reina pepiada? y la ?Cachapa? a María, que les había recomendado.
Más tarde, fuimos a un centro comercial muy ?pijo?, unos traguitos y a dormir. Sábado, previsto, un almuerzo de carnes a la parrilla y pollo a la brasa, por atención del amigo de Maria. Seguido de compra de libros, para luego en la noche la cena en el Hatillo, con el que llaman ?líder de la resistencia?. Bajo la tortura del área de no fumadores que nos tocó, a diestra y siniestra comíamos, platillos españoles, con una versión venezolana de tortilla española. Y a pararnos a fumar a cada momento en la zona permitida. Del show flamenco, apenas advertimos un cantor gordito, bueno, no apenas, es que se hizo notar, y la que tocaba un instrumento que a Caco le pareció que era gringa.
Día domingo, día de playa con unos amigos especiales, Antonio y Adela, la arena no fue precisamente nuestro colchón, sino sillas tumbonas, y dormimos de lo lindo. Hacia la noche el regreso. Toda clase de contrastes y escenas folklóricas mostraron qué es en realidad mi país. En una larga cola de un trayecto que se hace en 30 minutos llevó 3 horas, pero de risas, es que cada personaje o hecho insólito se asomaron. En otra ocasión aquello habría sido para halarnos de los cabellos y hasta mordernos del hambre.
Ya en Caracas, de nuevo las pepiadas y la cachapas, con cocadas y jugos de guanábana. Hasta con derrame de zumos. La cena de despedida.
Regresaban a España y Venezuela tenía que salirse con la suya. La de Chávez, si no la pone a la entrada, la pone a la salida. Pasaron horas desagradables que sólo pude enterarme después, y aun, estoy a la espera de los detalles. Ellos en Vargas, cerca del aeropuerto todavía y mi combo de amigos y yo los hacíamos pasando el océano. Digo la penúltima vez que los ví, pues espero encontrarlos de nuevo, fue al dejarlos en el hotel luego del día de playa.
A las cinco de la mañana estaba previsto que una persona me recogería para llevarlos al aeropuerto, pero ¡típico, típico!, a las cuatro treinta me llama para hablarme del problema de la batería de su carro. Y ello originó la desventura de mis queridos amigos en sus últimas horas. Es que debimos estar no sólo hasta que subieran las escaleras del avión sino hasta cuando hubiese despegado, y eso, asegurarnos que estaban más allá del mar donde aun ejercemos soberanía.
Me queda para toda mi vida este gran recuerdo. No es un Ripley?s, un ?Aunque usted no lo crea?. Es algo sí, que debería estar en el Guiness. Desde entonces, no hay un día que no evoque algo de esos relámpagos tres días. Y los extraño.
Vinieron. Llegaron mis queridos amigos, tal cual como se muestran en Internet, con sus bondades, personas maravillosas. Lady Godiva, la misma María que imaginaba hablarnos de cosas interesantes sin enrevesada tertulia. Caco, por Dios, ¡que personaje!, es que aun recordar sus historias, nos produce sonrisas. Digo ?nos?, pues igual sienten mis amigos. Es un gran conversador. Que no es lo mismo decir que es una persona que habla mucho, a quienes nunca se escucha. Caco nos produce seguir bajo el manto de sus narraciones y fue una regla, que en los distintos sitios que frecuentamos, acaparó las simpatías.
Con decir, que cuando estábamos en algún lugar, los de las mesas contiguas, no estaban sino pendientes de nosotros, e igualmente reían, con cada cuento de Caco. Es que puede estar tres horas sin parar y no fastidia, por el contrario, y nos produce que extrañemos cuando se encuentra en sus pequeños ratos de silencio. Y me llamó la atención, es cosa de seres especiales, su capacidad de escuchar, de compenetrarse. María, más observadora, sus ojos hablan por ella. Me resisto a pensar que fue tan corto. Historia de hadas, y fue tan real. Será imborrable.
Creo que en algún comentario por ahí dije, que vinieron a traerme alegría, y al partir eso fue lo que me dejaron. Me suelen asaltar dejos de melancolía, es usual, creo, se hizo costumbre, pero pienso en ellos, y sonrío.
¡Gracias Caco y María! Martha Colmenares
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