Por Borja Barba el 05-Nov-2010 |
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Algunos de ellos nunca han paseado su orgullo por un Campeonato del Mundo, ni tan siquiera por una Eurocopa. No hablemos ni mucho menos de títulos, de jugadores de reconocido prestigio o de leyendas de este deporte… Son países en los que el fútbol quizá es un entretenimiento muy minoritario. O, sin llegar a serlo, determinadas circunstancias han provocado que futbolísticamente nunca sean tenidos en consideración.
Porque, ¿alguien podría decir, sin acudir a Wikipedia ni ayudas externas, el nombre de un solo futbolista que haya sido internacional por Zimbabue? Pues sí, la selección nacional de Zimbabue existe. Su papel en el fútbol africano es prácticamente residual (no se clasificaron para las tres últimas ediciones de la Copa de África), pero, con una camiseta tan pintona como ésta… ¿quién se niega a arrimar el hombro por la noble causa de la modesta selección africana?
Sin salir del continente negro, pero viajando varios miles de kilómetros hacia el norte, existe un pequeño país, situado en la costa atlántica, que es famoso y reconocido, a nivel deportivo, por dos cosas: por haber acogido la llegada de una mítica prueba de motor y supervivencia durante 28 años y, muy especialmente, por haber hecho morder el polvo surcoreano a la campeona del mundo, Francia, en aquel recordadísimo partido inaugural del Mundial 2002. Por un motivo tan simple, pero a la vez tan memorable como ése, la zamarra de Senegal, la de los Fadiga, Diouf o Bouba Diop, debería ser recordada y venerada por todos los buenos aficionados al fútbol.
El Mundial de Francia en 1998 trajo consigo la irrupción en escena de un elemento, cuando menos, llamativo. Nunca antes se había clasificado para una fase final de un Campeonato del Mundo y, desde entonces, nunca lo ha vuelto a lograr, pero Jamaica, con su colorido, con la pasión de sus seguidores y, porque no decirlo, con su inocencia futbolística, se granjéo la simpatía de los aficionados de todo el planeta. Con todo, aquellos recordados Reggae Boyz pasearon la bandera jamaicano con orgullo, y no se marcharon del torneo de vacío, como tantos otros debutantes. Inolvidable fue la victoria en Gerland ante Japón. Recuerdo que, por aquellos meses de verano del 98, conseguir la camiseta de la selección caribeña se convirtió en una especie de quimera para muchos.

Que un país gigantesco, con un desarrollo notable en sus principales ciudades, una riquísima y muy particular cultura y que aglutina más de mil millones de habitantes, nunca haya podido participar en una fase final de un Mundial es algo que, a mí y a muchos, nos resulta chocante. No vamos a descubrir ahora la creciente pasión por el fútbol en la India. En apenas dos meses, la selección hindú volverá al escaparate internacional en la Copa de Asia de naciones 2011 que se celebrará en Qatar, tras clasificarse como campeona de la Challenge de la AFC (ese torneo para selecciones menores de Asia) en 2008. Plantarse en un Mundial sigue sonando como un imposible. Lucir la camiseta de la selección hindú, ya no.
La desmembración de la vieja Europa a finales del siglo pasado trajo consigo la aparición de un buen puñado de pequeños países, la mayoría pertenecientes a la extinta Unión Soviética, que a día de hoy, veinte años después de su independencia, luchan por salir del ostracismo futbolístico.
Cuando, el 19 de noviembre de 2003, Juris Laiz?ns y M?ris Verpakovskis ajusticiaron a la potente Turquía en Estambul, remontando en apenas doce minutos un 2-0 adverso, en el partido de vuelta del playoff de repesca para la Eurocopa de Portugal, ambos futbolistas entraron como miembros de pleno derecho en la historia de Letonia. Habían conseguido colar a un pequeño país con escasa tradición futbolística en el torneo de selecciones más importante del continente. El papel de la joven república báltica en el torneo portugués fue pobre (apenas un punto, frente a Alemania, eso sí, y un gol a favor), pero sentó las bases para convertirse en un rival complicado en posteriores fases clasificatorias, situándose varios peldaños por encima de sus vecinas Lituania y Estonia. El recuerdo de aquella pequeña gesta bien podría ser la camiseta con la que los letones situaron a su país en el mapa futbolístico, al menos durante aquel recordado mes de junio de 2004.
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