Por Borja Barba el 06-Feb-2012 |
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Hay muchas maneras de volver a sentirse un niño. Quizá una de las menos ridículas, de las más aconsejables para un tío de pelo en pecho, es sentirse futbolista. Sentirse futbolista es recuperar una de las principales actividades de la infancia. Y no es complicado. Basta juntarse con un grupo de amigos, echar un balón a rodar y uno se encuentra de nuevo como cuando tenía doce años y los partidos duraban hasta que se ponía el sol. Lo bueno es que, a partir de ciertos niveles, ni siquiera es necesaria una cierta condición física para creerse alguien… o eso cree uno. (Llegados a este punto, os voy a hacer una recomendación desinteresada: jamás toméis la inoportuna decisión de grabar en vídeo una de vuestras pachangas con los colegas para después verlo juntos y echaros unas risas; lo lamentaréis).
De la mano de Classic Football Shirts, la tienda especializada en camisetas antiguas, nos acercamos al fútbol con una perspectiva diferente, desde los uniformes con los que se ha construído la historia del deporte rey.
Para todos para los que el fútbol es una actividad que trasciende de lo meramente deportivo, la pachanguita semanal es algo más que una oportunidad de intentar, a duras penas, mantenerse en forma. Tiene algo de infantil y mucho de teatral. Porque uno juega al fútbol, o lo intenta, sí, pero también actúa y desempeña su papel. Es sencillo.
Estás calentando y tratando de estirar unos músculos que, por mucho que los estires, jamás volverán a la elasticidad de hace quince años. Miras hacia abajo, te ves a ti mismo vestido de albiceleste, dejas volar tu imaginación y, de repente, ya no estás jugando en un descampado ni en una plancha de hormigón rodeada por vallas metálicas como si fuese una jaula. Eres un guerrero, un ‘Apache’, y vas con el cuchillo entre los dientes, porque eso es lo que se espera de ti, de esa camiseta que llevas. Estás debajo de un graderío abarrotado, bajo una incesante lluvia de papelitos y con el estruendo atronador de sesenta mil gargantas que te empujan a interpretar un papel que, mañana por la mañana, cuando vuelvas a anudarte la corbata, será solo motivo de privado sonrojo.
Lo bueno es que el papel que has decidido interpretar esa tarde es tu pequeño secreto. Nadie más lo sabe. Da miedo pensar en el ridículo que podrías llegar a hacer si alguien se enterase del secreto de tu estúpida motivación. Y por eso, porque nadie más lo sabe, te relajas porque nadie te va a juzgar por cómo interpretes tu rol. Y te atreves con todo, el registro es variadísimo y no quieres encasillarte. Lo mismo te vistes de delantero peleón y fajador, dispuesto a morir por cazar un remate en el área pequeña, que de imperial y áspero defensor con tendencia a rascar en cada balón dividido y hacerle sentir al rival, a tu colega que no sabe a quién tiene delante, el aliento de una bestia enfurecida cada vez que se posiciona para recibir de espaldas. Porque, todo el mundo lo sabe, no es lo mismo vestirse de genio indolente que de sacrificado y abnegado peón. Porque uno no se desempeña igual ni da el mismo trato al balón si ese día ha escogido la piel de, pongamos, un perro rabioso de Cork (Dios quiera que nadie haya tenido el desatino de vestirse de su némesis) que si ha sacado del armario el atuendo del más fino estilista que ha dado la isla de Cerdeña. Y es en esa variedad, en esa riqueza de matices y de detalles de interpretación donde reside el mayor de nuestros secretos. El secreto que nos hace volver a vernos con quince, veinte, treinta años menos, con las rodillas descarnadas, el pelo churretoso y las punteras destrozadas de los zapatos. Capaces de ser quienes nosotros queramos. Sabiendo que, por mucho que crezcamos, por muchas responsabilidades que cada día se depositen sobre nuestros hombros, siempre nos quedará un hueco para volver a ser un niño.
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