Por Buseta de Papel el 31-Dec-1969 | Otros Bartlebys
Por Luis Alberto Bravo
Pedro Camacho "El Escribidor"
Autor boliviano (Fenómeno radiofónico en el Perú y en la Bolivia de los años cincuenta; pecaminosamente nacionalista). Hombre orquesta. Llevaba a cabo un horario de trabajo prácticamente imposible. Y para quien el acto de escribir era una cosa muy compulsiva. Denostado narigudo, objeto de incesantes burlas y chismes a sus espaldas; sus compañeros de trabajo lo llamaban despectivamente El Napoleón del Altiplano ?¿despectivo?? o Balzac criollo. Y a quien el Mal del No le fue sugerido no en la negación de la escritura misma sino en la no preservación de la obra.
Como ya se ha dicho: arrojar escritos al agua o quemarlos, seguirán siendo dos auténticas formas del arte bartleby: de volver al silencio algo que existe para que ya no exista. A estos dos sumaremos uno nuevo: el abandono.
Abandonar un texto, arrojarlo (en forma de "bolita") a la calle, dejarlo doblado en el asiento de una estación, tiene a partes iguales un poco de olvido consciente como de relevo abstracto. Es empezar a creer que ese texto empieza a no existir para nosotros ante la posibilidad de empezar a existir para otra persona, o para otros. Incluso el verbo «Abandonar» como la palabra «Abandono» llevan un mensaje encriptado, ¿como propósito?: el No.
He aquí varias acepciones de «Abandonar»- 1 Dejar, desamparar a una persona, animal o cosa. No hacer caso de ella.
- 2 Desistir de una cosa.
- 3 Renunciar a continuar en una competición o prueba.
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Raúl Salmón. Posiblemente la persona en quién se basó MVLL para crear el personaje de Pedro Camacho.
Se dice que Camacho ?tal cual nos recreó "Varguitas" (el narrador de los capítulos impares de la novela de Mario Vargas Llosa: La tía Julia y el escribidor) ? «Una vez terminado el capítulo, no lo corregía ni siquiera leía; lo entregaba a la secretaria para que sacara copias y procedía, sin solución de continuidad, a fabricar el siguiente»1 . La técnica de abandono por parte de El escribidor, quien "embarcado" en la creación de sus radioteatros, era prácticamente automática. El «Preferiría no hacerlo» estaba implícito, sólo que seguía el patrón de la negación de manera opuesta: «Preferiría no dejar de hacerlo». «Escribía con dos dedos, muy rápido. Lo veía y no lo creía: jamás se paraba a buscar alguna palabra o contemplar una idea, nunca aparecía en esos ojitos fanáticos y saltones la sombra de una duda. Daba la impresión de estar pasando a limpio un texto que sabía de memoria, mecanografiando algo que le dictaban. ¿Cómo era posible que, a esa velocidad con que caían sus deditos sobre las teclas, estuviera nueve, diez horas al día, inventando las situaciones, las anécdotas, los diálogos, de varias historias distintas?»2. Y aun más, incluso extrema. «Preferiría nunca dejar de hacerlo», «Preferiría nunca tener que dejar de hacerlo»: «la razón por la cual no utilizaba sus viejos radioteatros era más simple: porque no tenía el menor interés en ahorrarse trabajo. Vivir era, para él, escribir.»3. Pero todo esto era apenas la parte sumergida del iceberg.
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La parte "visible" era degustada por el público consumidor a través del sentido auditivo. Y cuyo parámetro gustativo estaba tutelarmente configurado para un horario único de difusión. La recepción atendía un rito. Una educación sentimental del radioescucha. Luego de eso, ningún capítulo era vuelto a recrearse, ningún instante.
De esta manera, entre transición y transición de la emisión de cada programa, el germen del No, a través de Pedro Camacho empezaba a operar. Su técnica del "abandono bartleby", lo recrea un atónito "Varguitas". «No le importaba en absoluto que sus obras durasen. Una vez radiados, se olvidaba de los libretos. Me aseguró que no conservaba copia de ninguno de sus radioteatros. Éstos habían sido compuestos con el tácito convencimiento de que debían volatilizarse al ser digeridos por el público. Una vez le pregunté si nunca había pensado publicar:
-Mis escritos se conservan en un lugar más indeleble que los libros -me instruyó, en el acto-: la memoria de los radioescuchas.»4
En resumidas cuentas, "Varguitas" pregunta: « ¿Piensa publicar? »; y Camacho responde: « Preferiría no hacerlo ».
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Aunque la ficción de los radioteatros de Camacho, empezaban a operar en la imaginación de los receptores ?y a través de ellos en la vida misma, en la realidad objetiva?, la obra literaria no existía concretamente en un soporte físico ?final? de consumo masivo ?ni llegó a culminar?. Las fuerzas ficcionales de cada historia y ¿la certeza? de las bondades literarias de Camacho se mantenían endeblemente en la memoria de los radioescuchas? por supuesto con algún aporte de fantasía personal, es conocido que la memoria se contamina fácilmente?; y en las hojas mecanografiadas: relegadas ?olvidadas & desperdigadas? en las bodegas de la radio: entre la humedad y excrementos de las ratas. Estas dos últimas, comunes precariedades que afectan el espíritu y el espacio en que se mueven los escritores bartlebys.
Por ello, se llega a una primera conclusión. La insensatez de Pedro Camacho a la hora de abordar ?¿desmesuradamente?? una historia y con igual grado de insensatez abandonarlas: no lo hace un escritor bartleby, pero la suerte pragmática, a la que son relegadas sus obras, hacen que estas sí, que cada una de las historias de Camacho entren a formar parte del universo bartleby.
La energía incesante, la terquedad en el carácter, ¡lo prolífico!... Todo esto, indiscutiblemente, hacían de Camacho un autor antibartleby. Incluso su estratagema aun resulta provocadora ?y? ¿ofensiva?? para cualquier escritor que se precie de serio. «Jamás lo vi leer un libro, una revista o un periódico, fuera del mamotreto de citas y de esos planos que eran sus 'instrumentos de trabajo'. Aunque miento: un día le descubrí un Boletín de Socios del Club Nacional (?) ¿Te fijaste que no hay un solo libro en su cuarto? Me ha explicado que no lee para que no le influyan el estilo.»5. Recordaría "Varguitas". Y aun así, El Escribidor, sostenía con soberbia: «Los cerebros de nuestra América mestiza pueden parir mejores cosas que los franchutes.»6.
Pero el Mal del No acabaría derrotando finalmente al autor. Empezando con el caos reinante en los personajes, pasando por el cataclismo de las historias, y culminando en un hecho desbordante ?y que tuvo forma física?: la crisis nerviosa de Camacho. Su derrumbe. La aceptación de que había perdido su brújula y el antes y después de sus ficciones. La confusión había reducido a escombros su aparente lucidez. Extenuado y con lagunas mentales fue recluido en un manicomio. Lugar muy familiar para los escritores bartlebys, tanto Walser como Hölderlin (por citar a unos pocos) lo habían padecido. «A veces se abandona la escritura porque uno simplemente cae en un estado de locura del que ya no se recupera nunca»7. Opinaba el colega CasiWatt.
Por último. ¿La naturaleza bartleby facilita o crea canales en el subconsciente de las personas ?que suelen rodear a quienes padecen del Mal del No? para que un acto de bondad o compasión de parte de ellos, hacia quienes la padecen, transmute en el desarrollo con un acto irracional, que les deja una sensación de haber abandonado a alguien ?o algo? y decae finalmente en un extrañamiento? Posiblemente. Aquel acto de abandono: ensombrecido por el «Preferiría no hacerlo», lo experimentó "Varguitas" al final del Capítulo XIX de La tía Julia y el escribidor. «Un domingo, después de catalogar tumbas en el Cementerio Presbítero Maestro, fui en ómnibus hasta la puerta del Larco Herrera con la intención de visitarlo. Le llevaba de regalo unas bolsitas de yerbaluisa y de menta para preparar infusiones. Pero en el mismo momento que, entre otras visitas, iba a cruzar el portón carcelario, decidí no hacerlo. La idea de volver a ver al escriba, en este lugar amurallado y promiscuo (?) convertido en uno más de esa muchedumbre de locos, me produjo preventivamente gran angustia. Di media vuelta y regresé a Miraflores.»8.
1,2,3,4,5,6,8 Citas extraídas de la novela La tía Julia y el escribidor de MVLL
7 Cita desde Bartleby & Co. de EVM. Pie de página número 5.
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