Por Borja Barba el 13-Jul-2010 |
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Chapuza. Es una palabra que, lamentablemente, suena muy española. Casi tanto como el fútbol de salón de nuestra selección nacional. Caos organizativo. Improvisación. Pandereta y fanfarria. Mientras cientos de miles de enfervorizados seguidores de la campeona del mundo aguardaban pacientes bajo el implacable calor madrileño la aparición de sus ídolos, alguien daba los últimos retoques a los preparativos de la celebración más importante de la historia de nuestro fútbol. O no. O quizá lo dejaba todo en manos de la bendita improvisación, del ‘vamos a ver qué pasa’.
La espera debió de hacerse interminable. Horas y horas de calor y gentío, aderezadas por el bochorno que produce tener que escuchar a un speaker ‘obligado’ a ‘emitir sonido’ durante interminables minutos. Y todo por ver a los ídolos, a los campeones, al grupo de 23 jugadores y al cuerpo técnico que han hecho posible que España vea cumplido el sueño de muchas generaciones.
El punto álgido de la fiesta llegó cuando, pasadas las once de la noche, el autobús que llevaba a los protagonistas de la fiesta llegó a la zona del escenario habilitado para la ocasión. Desde el mismo momento en el que los campeones hicieron aparición sobre el escenario supimos que algo o alguien pretendía que el protagonismo de los héroes no fuera pleno. Un Carlos Latre exageradamente repetitivo y cansino como maestro de ceremonias dio paso a una improvisada presentación de los futbolistas… que se quedó en un mero interruptus. El momento era suyo. De nadie más.
La aparición de David Bisbal no hizo sino acrecentar la sensación de que el espectáculo se había ido de las manos. Interpretando uno de los himnos del Mundial, el cantante almeriense no consiguió hacerse ni con el público ni con los futbolistas. Ni la vieja táctica del karaoke le salió bien.
Todo el mundo deseaba ver a los ídolos. Quería ver a los protagonistas ejerciendo su protagonismo. Quería pulsar sus sensaciones, quería saber cómo se sentían ante semejante despliegue humano en su honor. Pero la fiesta iba ya, irremediablemente, hacia otro lado. Cuando parecía que ya nada podía ir peor, el asunto terminó zozobrando como un esquife en mitad del Atlántico norte. La sorprendente salida de Manolo Escobar, presto para interpretar su archiconocido ‘¡Que viva España!‘ fue el detonante de lo que muchos aficionados consideramos un agravio hacia los campeones del mundo. El escenario fue literalmente invadido por un sinfín de personas (o personajes, vaya usted a saber) que acabaron sepultando a los verdaderos protagonistas del día en una incontenible marea humana. Desconocidos absolutos con la cara pintada unidos a diversos representantes del mundillo musical y del faranduleo deglutieron con pasmosa facilidad el protagonismo de los futbolistas. Bailes desenfrenados, gente abrazada, anónimos y ‘artistas’ de sobra conocidos besando la copa de campeones y haciéndose fotos con ella… y todo ello en mitad de la fiesta de nuestra selección nacional.
Habrá quien piense que me tomo la fiesta demasiado en serio. No, se equivoca. Lo que me tomo muy en serio, no sé incluso si demasiado, es el protagonismo de un grupo de personas (futbolistas y cuerpo técnico, en este caso) que han cumplido el sueño de millones de españoles, presentes y ausentes. Por eso me indigna que se juegue con eso. Porque convertir un escenario que debiera haber sido únicamente pisado por ellos, por los verdaderos y únicos protagonistas, en una especie de Galería de los Horrores para regocijo de los cuatro habituales de siempre, me pareció impropio de una celebración de semejante calibre. Para eso ya están las concentraciones de la SGAE en el Palacio de la Moncloa.
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