Por Dadan Narval el 10-Sep-2007 | Ha terminado el Mundial Sub-17, con España como subcampeona. Es momento, pues, de que los analistas futbolísticos de nuestro país desempolven sus habituales discursos demagogo-patrióticos a favor de la cantera y en contra de la ?invasión? de extranjeros que, es sabido, ocupan el lugar que estos chicos, que tan buenas maneras apuntan, merecen por derecho propio. Se compararán los resultados de las selecciones de las diferentes categorías inferiores con los de la absoluta y se concluirá, precipitadamente, que si los mayores no triunfan es sin duda porque no ocupan puestos de relevancia en los clubes de nuestra liga, pues esos puestos están destinados siempre a foráneos.
Sin embargo, la realidad (esa que no debe estropear un bonito discurso) es otra. Si excluimos a Brasil ?tricampeona de este Mundial- y a Francia ?campeona en 2001-nos encontramos con que las otras selecciones que han ganado el Mundial de esta categoría en realidad no han hecho prácticamente nada a nivel senior. Hablamos de Nigeria (tres veces campeona), Ghana (vencedora en dos ocasiones), México, Arabia Saudita y la extinta URSS. Este dato es más que significativo. Algo ha de suceder que entre estos niveles y el absoluto para que los ?chavales? no continúen la progresión que, a priori, se les supone.
En este sentido, si echamos un vistazo a las plantillas de las selecciones ganadoras en años anteriores, concluiremos que no sólo en el caso español los grandes valores quedan en el camino, sino que es un común denominador a todas ellas. De la plantilla de Nigeria, campeona en 1993, apenas Babayaro, Ojigwe, Kanu y Oruma han llegado a despuntar en el fútbol internacional. El paradero del resto de los dieciocho componentes de aquel equipo es una incógnita. Y lo mismo puede aplicarse a cualquiera de las selecciones vencedoras y a las máximas figuras del torneo. Los ejemplos de las carreras de algunos de las botas de oro de estos mundiales, como el brasileño Adriano Gerlin (1991), el australiano Daniel Allsopp (1995), el español David Rodríguez-Fraile (1997) o el ghanés Ishmael Addo (en 1999), y también de algunos que fueron nombrados mejor jugador, como el nigeriano Philip Osundu (1987) o el ghanés Daniel Addo (1995), hablan en este sentido.
Esto queda matizado cuando hablamos del Mundial Sub-20, en la medida en que en el mismo se han dado a conocer gran parte de los mejores jugadores de los últimos veinticinco años, el escenario es parecido. En los Mundiales Sub-20 cohabitan grandes figuras del fútbol con jugadores que ya han tocado techo.
Entonces, ¿cuál es la explicación a este fenómeno de ?desaparición? del mapa de lo futbolístico de jóvenes valores? A veces la explicación más sencilla es la correcta. Por ello, creo que el motivo de esta desaparición no es otro más que los ?jugadores? de estas selecciones en realidad no son más que niños. Niños que ahora se dedican al fútbol, pero que en dos o tres años pueden perfectamente dedicarse a otra cosa. Niños que, con toda probabilidad, no saben de las realidades en torno a las que gira el mundo de los adultos del fútbol y que aún no han hecho un análisis serio sobre si realmente merece la pena apostar por la carrera de futbolista, con todos los riesgos que implica.
Entonces, ¿qué sentido tiene un Mundial de niños? La FIFA justifica estos Mundiales como un modo de que los jóvenes jugadores puedan foguearse en competiciones internacionales. Un modo de que aprendan y, de paso, de que conozcan otros mundos futbolísticos. Este es el lado amable del asunto. Pero en realidad estos Mundiales, que como vemos no sirven realmente de cantera de jugadores, sólo tienen interés para los patrocinadores, las televisiones de determinados países y, sobre todo, para los representantes. Gran parte del público de este tipo de campeonatos son representantes, muchas veces sin escrúpulos, en busca de posibles nuevas figuras a costa de las cuales ganar algún dinero. Esto, que es grave cuando hablamos de jóvenes, se torna dramático cuando hablamos de niños, de menores de edad. Y esto, que es dramático cuando hablamos de menores, deviene un auténtico drama humano cuando hablamos de menores de países pobres.
No debemos de olvidar que muchos de los ?jugadores? de estos Mundiales son críos de países desfavorecidos económicamente, pertenecientes además en muchos casos a entornos familiares marginales. Con el escaparate de este Mundial estos jóvenes se ven expuestos a los tejemanejes de representantes que les ofrecen un posible futuro mejor en Europa que, la mayoría de las veces, termina con los niños en países extraños, desarraigados de su entorno familiar y sin trabajo. Lo descrito no es irreal, no es sensacionalismo barato. Todo lo contrario. Es una realidad tan cruda que hasta una Comisión del Parlamento Europeo exigió en marzo de este mismo año una especial atención a este fenómeno de tráfico de jugadores.
Dicho todo esto, creo que la FIFA haría bien en dejar de organizar este mundial. En lugar de subrayar los grandes jugadores actuales que disputaron el mismo, debería de analizar el gran número de ellos que se quedaron en el camino. De éstos, cuáles han tenido una carrera más o menos fructífera que les ayudara a nivel personal y cuáles han vivido el lado oscuro del fútbol, incluso el más oscuro. Realizado este ejercicio, puesta a un lado de la balanza la validez del mismo como ?cantera de futuro? y a otro los problemas que crea, pienso que es difícil no concluir que el Mundial Sub-17 no tiene ningún sentido, que lo mejor es no organizarlo nunca más.
Probablemente hoy muchos de los diecisieteañeros del mundo envidien la situación de Bojan Krkic o Toni Kroos. Me pregunto, no obstante, si envidiarían la de Macauley Chrisantus ?máximo goleador del torneo con Nigeria- si supieran que a partir de hoy tendrá que lidiar en una pelea en la que tiene tantas posibilidades de ganar ?terminar siendo un jugador profesional- como de perderlo todo ?terminar en Bélgica, Ucrania o Turquía, sin trabajo, sin papeles y abandonado-. Probablemente la mayoría decidiría no jugar a esa lotería.
Leído 114 veces

|