Hay cosas que se tiran por costumbre sin detenerse a considerar si tienen alguna utilidad. Pienso, por ejemplo, en los deliciosos tallos de cebolletas que acaban cada día entre los desperdicios de las fruterías. En las pieles de patata y de manzana o en las semillas de tantas frutas. Dicho esto, vamos a la cremita que, os aseguro, está de rechupete. De sabor suave, tiene pocas calorías pero es muy saciante, ideal para una cena ligera y para controlar el peso.
Para 3 o 4 personas vamos a usar
media coliflor (parte blanca)
y todas las hojas.

- Quitarle las hojas a la coliflor, lavarla y partirla en dos. Cortar una de las mitades en trozos.
- Retirar con un cuchillito toda la parte verde de las nervaduras gruesas. Trocear lo verde y cortar las nervaduras en cubitos, reservar por separado.
- Limpiar una zanahoria grande con un estropajo de metal y cortarla en trozos.
- Poner en una sartén limpia una cucharadita colmada de semillas de coriandro y tostarlas sin que se quemen.
- Echar dos cucharadas de aceite de oliva en una cazuela y rehogar la zanahoria, la mitad troceada de la coliflor y las hojas verdes.
- Añadir las semillas de coriandro y cubrir con caldo de verduras (algo más de 1/2 litro). Podéis usar agua y una pastilla de caldo o un "cacito" de fondo oscuro.
- Cocer hasta que todo esté tierno, triturar con una batidora y salpimentar.
- Mientras tanto, rehogar las pencas troceadas en una sartén con poco aceite, echar un poquito de agua y dejar que se tiernicen un poco. Añadir dos tomates pequeños en cubitos y saltear hasta que se ablanden sin deshacerse.
- Servir la crema en un plato hondo con un montoncito del salteado de pencas y tomate y un hilo de aceite si se desea.
Acompañar con pan integral tostado y unas castañas asadas.
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He repetido castañas en dos entradas seguidas porque las estoy repitiendo cada día. Un poco por esa regla no escrita según la cual todo lo que crece al mismo tiempo y en el mismo lugar combina bien entre sí.
Pero, más que nada, porque soy castañadicta. No puedo ver una ahí, tostadita y crujiente, sin pelarla y comérmela con todos los sentidos. Y además ese olorcito a madera quemada, a chimenea de cabaña junto al lago, que sueltan con el fuego. El mismo olor que en estos días invade las calles de la ciudad, con un castañero casi en cada esquina. Por eso no las hago nunca al horno sino sobre el quemador de la cocina en una sartén perforada para castañas, tan barata y hogareña. Cuando llega la temporada la sacamos del trastero y no le damos descanso hasta que la guardamos, casi con ceremonia, pensando en el año siguiente. Puede que las castañas engorden, ¡pero cuánto abrigan!