Por Dadan Narval el 15-May-2009 |
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Uno se entiende a sí mismo como muy mayor para determinadas cosas. Es la asunción de la madurez: hay gestos que cuando eras niño te puedes permitir, pero hoy, adulto como eres, te los vetas a ti mismo: no son de recibo, no son propios de alguien maduro. Sin embargo, también es cierto que hay momentos en los que nos sorprendemos a nosotros mismos. Por más que creamos que ante determinada situación actuaremos de una manera, cuando llega el momento, somos como no nos imaginamos. Esto fue lo que me sucedió a mí el pasado miércoles, en las gradas de Mestalla. Jamás habría podido imaginar lo que iba a acontecer cuando, con el gol de Bojan, se certificó la definitiva e irrevocable derrota del Athletic Club. Jamás había llorado en un campo de fútbol, nunca me había imaginado a mí en tal situación. Incluso, cuando había visto a otros llorando tras un partido, no terminaba de comprender cómo se podía llegar a tal extremo de sentimientos por algo como el fútbol. Pero he aquí que, tras aquel gol, rompí a llorar. No fue un llanto desgarrado. Al contrario, fue contenido, tenso. Apenas cuatro lágrimas recorrieron mi rostro. Suficientes, sin embargo, para hacerme pensar mucho.
Esta es la crónica sentimental de esas lágrimas.
Todo comenzó hace algo más de dos meses. Fue en una noche increíble, en la que volví a revivir sentimientos que guardaba en lo más profundo de mi memoria, anclados en la infancia. Aquella noche, el Athletic Club, en una conjunción con su afición como jamás había visto, consiguió volver a clasificarse para una final de Copa del Rey. A partir del día siguiente, y hasta ayer, no se ha hablado en nuestra ciudad de otra cosa que no sea la dichosa final.
Salí en coche hacia Valencia el martes por la mañana. Hay otras opciones de viaje, más cómodas, sí, pero menos románticas. En mi mente habitaba todavía el recuerdo de un viaje a Madrid hacía veinticinco años en el que una caravana rojiblanca animó cada kilómetro. No podía resistirme a revivir aquello. El recorrido no defraudó. Cada pocos metros, adelantábamos a una furgoneta, un coche o una moto en la que una bandera o una bufanda del Athletic vibraba al ritmo del viento de la velocidad. Los bocinazos hicieron de saludos entre iguales: éramos una comunidad en procesión
Ya en la ciudad, el recuerdo fue superado por la realidad. El miércoles Valencia amaneció teñida de Athletic. Por cada hincha culé éramos cientos rojiblancos. Hasta tal punto era abrumadora la mayoría que, en el Barrio del Carmen, el cántico de la mañana del día del partido fue ?Uno del Barça, he visto uno del Barça?, entonado por decenas de rojiblancos señalando a uno o dos blaugranas. Los culés se lo tomaban con sentido del humor. Se intercambiaron bufandas, halagos y cánticos.
Allí comenzamos a ver a los primeros amigos. Como si estuviéramos en el mismo centro de Bilbao, nadie se sorprendía de ver a su vecino a setecientos kilómetros del paisaje rutinario en el que día a día se saludan. Abrazos, besos y palmadas de ánimo nos acompañaron toda la mañana.
Por la tarde, nos desplazamos a los alrededores del estadio. La sorpresa cuando llegamos fue monumental. A pesar de que durante la mañana no vimos sino a amigos vestidos de rojiblanco, la cantidad de gente que habitaba la carpa del Athletic Club era impresionante. Treinta, cuarenta mil personas ataviadas con colores rojiblancos teñían todo cuanto se podía ver. Cánticos y más cánticos de ánimo al Athletic ensordecían cualquier otro sonido. Allí, nos reunimos con más amigos y compartimos tragos y sueños con los seguidores culés, en perfecta armonía.
Llegó la hora del partido. Antes de entrar a Mestalla, como los amigos que allí nos encontramos estábamos en localidades diferentes del estadio, quedamos en un punto determinado de los aledaños al finalizar el mismo
- Quedamos aquí mismo después de la victoria ?dijo I., un buen amigo, señalando una esquina de la plaza del Valencia CF-.
Nótese que no dijo ?después del partido?, sino ?después de la victoria?. Tal era nuestro estado de ánimo: sabíamos que con el apoyo desbordante de esta afición no se podía perder.
Entramos: lo que ahí acontecía no lo había visto nunca. He estado en cientos de partidos, en decenas de estadios, pero jamás había visto un panorama así. Lo sorprendente: a pesar de que en teoría las aficiones debían de estar al cincuenta por ciento, tres cuartos del campo eran nuestros. Los cánticos rojiblancos ensordecían a los culés. Un desconocido sentado a mi lado contemplaba en éxtasis las gradas del estadio.
- Ganamos fijo ?fueron sus únicas palabras. No me las decía a mí. Las repetía una y otra vez mirando la grada-. Ganamos fijo.
Comenzó el partido. A pesar de la euforia con la que llegamos al campo, el ver a los dos equipos sobre el césped nos recordó a muchos la casi imposibilidad de la victoria. Se trata, el culé, de un equipo que este año ha destrozado records y rivales casi sin despeinarse. Aún cuando mi desconocido compañero de asiento continuaba con su sorda cantinela ??ganamos fijo, ganamos fijo-, entonada a modo de rezo, mis reticencias aumentaban por momentos.
En realidad, los dos meses anteriores habían sido para mí de reticencias. No creía, he de confesarlo, plenamente en la victoria. Pensaba ?aunque no lo decía en alto- que la lógica se impondría.
Y aquí llegó, sin embargo, el gol de Toquero, para encender a la afición, y, de paso, mis ánimos, hasta cotas insospechadas. Fue en el minuto ocho de encuentro. Entonces me maldije a mí mismo y mi falta de fe. En ese instante, comprendí, que estaba aconteciendo algo histórico, que la lógica no sirve en fútbol y que cualquier previsión se puede venir abajo en un segundo.
Entonces, ya sí, me entregué plenamente. Grité como nunca he gritado, esperando que mi voz llegase al campo y diera fuerzas renovadas a los míos. Aplaudí como nunca, hasta que mis manos se tornaron rojas como la sangre. Soñé cada minuto, aún a pesar del gol de Touré, que se antojó solamente una piedra en el camino.
En esas llegó el descanso. La gente comenzó a dudar, pero yo no; para ese momento, yo ya estaba completamente convencido de nuestra victoria. No había lugar para la duda, no debía haber lugar para la duda. Comencé a entonar el cántico de mi desconocido compañero de asiento: se gana fijo, se gana fijo. Así se lo dije a un amigo, con quien me encontré en los túneles interiores de Mestalla. Él expuso su duda, pero yo fui firme
- Vamos a ganar dos a uno. Marcaremos al final, sin darles tiempo a reaccionar. Debes tener fe, joder. ¡Ten fe! Mírame a los ojos y escucha: ganamos fijo. Recuerda después lo que te he dicho, cuando estemos celebrándolo.
Comenzó la segunda parte y lo que pasó desde ese momento ya es historia. Sí, aplaudí hasta el final, como todos. Pero doy fe de que mis aplausos fueron mucho más amargos que los de los demás. Porque yo, que no creía terminé creyendo? hasta el gol de Bojan.
Siete horas tuve ayer para pensar en el cambio de ánimo repentino que desencadenó mis cuatro lágrimas, dos rojas, dos blancas. Siete horas de regreso a casa en coche, en las que a ratos pensaba que fui un iluso y a ratos bendecía la ilusión de esos minutos.
Hoy en Bilbao aún siguen siendo visibles los elementos que hinchada e instituciones sacaron a la calle para apoyar al equipo en la distancia. Los balcones lucen las banderas rojiblancas de antes de ayer. Mientras caminaba al trabajo, al ver todo esto, sentí lo que debe de sentir un hombre abandonado al que todo le recuerda a su amada que se ha ido. Solo espero que esta amada, la Copa, no tarde otros veinticinco años en aparecer por casa. Y, si lo hace, joder, que esta vez sea para quedarse.
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