Por Borja Barba el 26-Jan-2012 |
Foto 0 en Cuando el Madrid miró a los ojos al Barça: pega esta imagen en tú pagina, Foro, Myspace o Ebay con este código...
Dicen que el primer paso para acometer con mínimas garantías de éxito cualquier empresa o cometido es creer en lo que uno está haciendo. La confianza en el cómo, en la manera de desempeñar las cosas y de perseguir los objetivos, supone un refuerzo añadido en la búsqueda de un fin. Ayer, diez ediciones del Clásico después, que se dice pronto, José Mourinho fue capaz de transmitir a sus jugadores un método en el que creer. Pudo ser por decisión técnica, por imperativo procedente de la grada o porque el portugués decidió poner un micrófono en el vestuario y palpar el sentir de los futbolistas. Es lo de menos. Sí fue un método estudiado y quizá consensuado, fruto de la catarsis que implica el recibir un nuevo manoseo impune por parte del eterno rival, y en al que anoche decidieron aferrarse como si fuera su última esperanza de vida deportiva tanto los futbolistas como los seguidores blancos.
A nadie se le escapa que el Madrid tenía muy poco que perder y mucho que ganar. Después de la lamentable imagen ofrecida en el partido de ida de hace una semana, perder, incluso por goleada, entraba dentro incluso de las cábalas más sensatas. Por eso, y porque había quedado sobradamente demostrado que el método empleado regularmente hasta la fecha por el Madrid se había mostrado insuficiente frente a la insultante efectividad del rival, José Mourinho, tal vez alentado por el furor de las masas, decidió quemar las naves y tirar la casa por la ventana. Por una vez, admitió que sí que escucha al madridismo. Se liberó de su aparatoso corsé habitual y se plantó en el Camp Nou con un once ilusionante y sorprendente, por lo visto en ediciones anteriores del choque, a partes iguales. El equipo perdió a unos jugadores de perfil defensivo que ya no necesitaba, y juntó en el centro del campo a Xabi, Kaká y Özil, un trío tan infrecuente como dominador en la zona de creación.
Puede que fuese por las circunstancias especiales y las urgencias, y que realmente no fuese por convicción, pero lo que es evidente es que ayer quedó patente que Mourinho se equivocaba cuando creía a pies juntillas que la única manera de hacer daño al Barça era plantarle cara en el terreno físico y olvidarse de la pelota. Ocurrió en los primeros compases del duelo. El Madrid escondió la pelota al equipo azulgrana y se dedicó a aporrear la puerta de Pinto con insistencia pero sin efectividad. Una, dos y hasta tres veces acudió el discutido Higuaín a pegar el aldabonazo. Pero en una mansión de tales dimensiones, o te desgañitas llamando o nadie te escucha. También lo intentó Mesut Özil, tirando de escuela de centrocampismo alemana, con un disparo desde treinta metros de inconmensurable belleza plástica que repelió el larguero con violencia y sorpresa.
El Madrid estaba ahí. Y estaba ahí porque, por primera vez en diez enfrentamientos, creía en el método. Dio igual que la fortuna sonriese al Barça y que éste se encaminase al descanso con un 2-0 que no había merecido. Fue un alivio para el barcelonismo. Sin emabrgo, el equipo blanco, cómodo en un sistema que sabía que no iba a decepcionar a nadie, salió a seguir haciendo lo mismo en la segunda mitad. Perfeccionó incluso el asunto con la entrada de Granero en sustitución de un Lass poco útil para lo que su equipo pretendía. Más capacidad de asociación en el centro del campo, más profundidad en el pase. Insistencia renovada en el método.
También la entrada de Benzema por un Higuaín con las luces fundidas desde el arranque del partido supuso un enriquecimiento de la faceta ofensiva blanca. El francés comenzó a lanzar pequeñas dentelladas a la zaga culé y ahí, en cuanto el Madrid empezó a oler la sangre que se desprendía de esas heridas, el partido dio un giro brusco e inesperado. Se fue al terreno del tú a tú. A donde más le favorecía al madridismo.
Primero fue Cristiano Ronaldo, asistido magistralmente por Özil. El portugués vio el pasillo, se aventuró hacia la luz del fondo y con un gesto de cadera casi imperceptible pero tremendamente eficaz se deshizo de Pinto para el 2-1. El gol blanco, con más de veinte minutos por delante, abrió más la herida azulgrana. Y solo tres minutos después surgió la figura de Benzema, colosal en los minutos de que dispuso, para maniobrar son soltura dentro del área y clavar el segundo tras deshacerse de Puyol con un sombrero que adornaba la hazaña. Con el empate, la herida azulgrana era ya un manantial de sangre y el equipo blanco un enfurecido banco de tiburones. Al equipo de Guardiola se le iba la vida conforme pasaban los minutos, al mismo tiempo que el Madrid comprobaba por fin la eficacia del nuevo método. Los blancos se fueron al ‘todo nervio y corazón‘ del himno madridista y se volcaron en una carrera hacia la victoria que finalmente se quedó sin fruto.
El Madrid solo pudo remar hasta un empate que el Barça recibió como agua de mayo. Fue insuficiente porque no le sirvió para pasar la eliminatoria y lavar los trapos sucios que quedaron tras la derrota del miércoles pasado, pero propició un cambio en la actitud y un refuerzo en la esperanza. Además, fue bastante para que, pese a la eliminación, el madridismo se sintiese de una vez por todas a la altura que el Barça le venía negando una y otra vez desde hace cuatro temporadas. Fue el día que el Madrid se levantó, irguió la cabeza, tiró de fútbol como el mejor, y se quedó mirando fijamente a los ojos del indomable Barça para decirle, por fin, que ya sabe a lo que atenerse de aquí en adelante.
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