Por Borja Barba el 20-Aug-2007 | Nunca hubiera pensado que llegaría a escribir lo que me dispongo a escribir (después de haberlo meditado mucho). A uno, que aunque detesta el término se declara “raulista” confeso, le invade una sensación de traición cuando debe dar su brazo a torcer y asumir y reconocer que Raúl González Blanco ha dejado de ser un futbolista útil para el Real Madrid.
Se da la circunstancia de que Raúl me saca exactamente un mes de edad. Cuando el actual capitán madridista debutó con el primer equipo blanco en La Romareda, aquel 29 de octubre de 1994, con apenas 17 años, yo no podía creerme que un chaval de mi edad pudiera compartir vestuario con jugadores de la talla de Fernando Hierro o Iván Zamorano, o que pudiera recibir un pase de gol de Michael Laudrup, o que pudiese encarar a toda una leyenda como Andoni Cedrún y atreverse, pleno de descaro, a intentar una vaselina sobre el portero zaragocista. Recuerdo el reportaje que Marca dedicó aquel sábado de octubre al jovencísimo y prometedor delantero merengue. En su modesta casa de San Cristóbal de los Ángeles, con algunas medallas colgadas de la pared de su habitación, en una mesa habilitada para estudiar, con el chándal Kelme que por entonces vestía el Real Madrid, con sus orgullosos padres a su lado, … Tal fue el impacto que me causó el ver a un chico de mi edad debutar en todo un Real Madrid que aquellas imágenes se me quedaron grabadas a fuego en la memoria. Ahí, en lo más profundo, comenzó mi particular admiración por el delantero blanco.
El impacto de Raúl no se quedó simplemente en el hecho de su temprano debut. En su segundo partido, ni más ni menos que un derby ante un Atlético de Madrid que le había ayudado a formarse como futbolista, consiguió su primer gol con el primer equipo del Real Madrid. Recibió en la frontal y empalmó en carrera con su pierna zurda, colando el balón por la escuadra de Diego, portero atlético. La posterior carrera, plena de júbilo, esquivando a compañeros hasta fundirse en un abrazo con Daniel García Lara, que estaba en el banquillo aquel día, no se me olvidará nunca. Más allá de los colores y las simpatías por uno u otro club, el ver a un jugador de tu misma edad, cuando tienes 17 años, hacer un gol así en el Bernabéu y con la camiseta del Real Madrid, le hace a uno una muesca indeleble en la memoria.
Raúl no paró de crecer. Ansioso, pleno de energía y con toneladas de fútbol para repartir, el delantero madrileño siguió regalándonos imágenes inolvidables a aquellos que nos suscribimos a su trayectoria. Aquella misma temporada del debut llegaría su primer título de Liga, de la mano de su principal valedor: Jorge Valdano. Imposibles de olvidar resultan momentos como su debut con la selección nacional absoluta con 19 años, en aquel infame empate a cero en Praga. O su primera gran bofetada europea, al caer eliminado el Madrid en cuartos de final de la Copa de Europa 1995/96 frente a la Juventus, con aquella imborrable imagen del “7″ blanco encarándose con el bianconero Pietro Vierchowod, un dinosaurio del fútbol transalpino 18 años mayor que él.
Su carácter y su compromiso de equipo le hicieron sufrir a lo largo de su carrera, como aquellos duros meses tras fallar el penalty decisivo en los cuartos de final de la Eurocopa 2000 frente a Francia y quedar España apeada del torneo. Pero ese mismo carácter le hizo ganarse un hueco, el mejor de los huecos, en el corazón de los aficionados madridistas. La en su día polémica expresión de “tirar del carro” se creó para futbolistas como Raúl. Capaz de levantar en armas a los 80.000 espectadores del Bernabéu con una simple carrera en la pelea por un balón, pocas veces el madridismo se identificó tan rápidamente con un jugador como lo hizo con el heredero de otro mito como Emilio Butragueño.
Pero la lucha hace tiempo que dejó de ser un valor añadido a las condiciones como futbolista de Raúl para convertirse en su único argumento sobre el césped. Rota su buena relación con el gol, aquella que le llevó a ser Pichichi en las temporadas 1998/99 y 2000/01, su relevancia y su trascendencia en el juego de su equipo comenzó a caer en picado demasiado pronto. Precoz fue su debut, e igualmente precoz fue su declive.
Al principio me negué a creer que el Raúl futbolista, capitán y ejemplo para toda la cantera madridista, estaba dando sus últimos coletazos. Resistí. Mantuve mi fe en él. Discutí con todo aquel que quiso convencerme de que el “7″ blanco no tenía nada más que ofrecer ni a su club ni al equipo nacional. Ayer, tras el partido de vuelta de la Supercopa de España 2007/08, claudiqué.
Mi historia de admiración y defensa a ultranza de Raúl González Blanco encontró su fin en una noche de agosto de 2007, en la que un súper equipo con mayúsculas vestido de rojo y llamado Sevilla Fútbol Club endosó al Real Madrid de Raúl una de las más dolorosas derrotas que su afición más joven puede recordar.
Casi trece años después, volví a visualizar aquellas imágenes de Raúl en su modesta casa familiar de la Colonia Marconi. El ilusionado chaval de 17 años y todo un futuro por delante es ahora una leyenda del fútbol a sus 30 años, padre de familia y uno de los mejores futbolistas españoles de la historia. Hubiera sido ideal un final en lo más alto, al mejor nivel, dándolo todo en el club de su vida, pero no todas las historias tienen el final deseado. Algunas son amargas. La de Raúl, en su final, lo es.
Gracias por el fútbol, Raúl.
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