Por Enrique Ballester el 14-Apr-2011 |
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Recordemos, por un momento, el Villarreal de octubre, noviembre, diciembre, o por ahí, en su cenit. El equipo alegre y atrevido de apabullante arsenal ofensivo que se articulaba en torno al ancla inamovible de Bruno Soriano, posiblemente entonces el centrocampista más fiable del campeonato. A su vera, Borja Valero marcaba el tempo de la armoniosa danza de ataque, con Cazorla y Cani mutando y mezclando, de fuera a dentro, de dentro a fuera, en el apoyo y en la ruptura, en el juego de trampas y espejos de la delantera, el puñal silencioso de Nilmar, el mazo inapelable de Rossi, creada la superioridad casi siempre a la espalda de uno de los laterales rivales, previamente arrastrado con sigilo. Recordémoslo y comparémoslo con el equipo pesado, pragmático y avieso que se aferra a la cuarta plaza a base de oficio, retorciéndose quejoso y arañando puntos a la contra, apenas nueve de los últimos treinta, convirtiendo el final de Liga en ejercicio de ahorro y supervivencia. Comparemos y entenderemos, ahora, qué ocurre cuando termina la novedad.
Drogas que pierden el efecto que un día tuvieron. Chistes que chirrían de tanto contarlos. Planes que dejan de ser eficaces por previsibles. Razonamientos que descarrilan por lo que encuentran en el camino. O sierras desdentadas de tanto utilizarlas. Algo de todo eso ha jugado en contra de Juan Carlos Garrido. Pero antes, precedentes. Mediada la pasada campaña, recogió un equipo en barrena, lo sacó del lodo y lo plantó a un suspiro de la clasificación europea, objetivo que certificó el club después, en verano, cobrando recompensas de la pelea en los despachos. En la presente, asumió un considerable descenso en el presupuesto e inició el cambio generacional de una plantilla que se completó, sin poca más opción, con la base del conjunto filial.
A partir de ahí, retomamos el equipo bailongo de la primera vuelta, en el que sólo 13-14 jugadores salen a la pista con frecuencia. El avanzar del curso mutó en un rosario de fatales consecuencias, a la larga. Por una parte, hubo lesiones de todo tipo, de diversa duración. Mario está bien, y estará mejor, pero no es Ángel, asumido el fiasco con Cicinho. Ruben está bien, y estará mejor, pero no es Nilmar, no al menos todavía. Todo igual, o parecido, con varios. Y los que no se rompieron, asimismo, se cargaron de minutos, se vaciaron de combustible. Por otra parte, los rivales tomaron nota. Antes que nadie Unai Emery, que plantó tres centrales enfrente y tapó las vías de éxito habituales. Arañó dos empates, concedió una remontada inverosímil sólo cuando el Villarreal empujó el partido aquel de Copa al desorden y la excitación, y coronó su idea el pasado domingo, con el 5-0 en Mestalla. Con tres centrales lo eliminó el Sevilla de Manzano, tomó El Madrigal el Levante de Luis García Plaza. Luego dejó de importar si cinco, cuatro o tres atrás, la inercia ya no era ganadora. Garrido, que había mantenido su discurso de jugar siempre a lo que se sabía, en el deseo de grandeza, comenzó a buscar variantes. Fue inteligente, tuvo mérito, por flexible. Por último, para terminar de convencerle, se presentó el reto de levantar el primer título, la Europa League. Estaba claro. Era el momento de aparcar la poesía. Tocaba empezar a pronunciar el dictado en prosa.
Como nunca cuajó el recurso del único punta, la variante válida resultó la de buscar un compañero de trinchera para Bruno. Primero asumió el rol Musacchio, ahora lo perfecciona Marchena, convertido en el símbolo de este nuevo Villarreal, más terrenal, menos idealista. El rédito es variable porque el continente es una cosa; el país, otra. En la Europa League han ido cayendo los más fieros rivales, letales en la euforia, a menudo a la contra, los pequeños delanteros del Villarreal. En Liga, en cambio, donde nadie quiere exponerse para ser desnudado, porque se sabe el potencial asesino de los amarillos, el planteamiento apenas ha alcanzado para poner tiritas a la hemorragia, para mantener una distancia prudencial con el quinto clasificado, subrayando la prioridad de lograr el pase para la próxima edición de la Liga de Campeones, decisivo en el futuro económico del club.
Esta noche, antes que nada, toca la vuelta de los cuartos de final de la Europa League. El Villarreal perdió a Gonzalo pero ganó 5-1 en la ida, y otea con fe las semifinales, donde debería esperarle el Oporto campeón de Portugal, también en clara ventaja en su eliminatoria. Los de Garrido se enfrentan esta noche al Twente, que se desmoronó con estrépito en El Madrigal, el pasado jueves. El domingo mantuvo su liderato en la Eredivisie pese al tropiezo liguero. Bryan Ruiz, ese Samaras de la vida, guapete, zurdito, posturero, falló un penalti imperdonable. Conocerán la historia, la del penalti de Panenka, el asombro audaz que valió una Eurocopa, en el 76, para Checoslovaquia. Nadie había imaginado nunca una solución semejante. O al menos nadie se había atrevido a jugársela en un escaparate de ese nivel. En el último lanzamiento de la tanda, Panenka picó con suavidad la bola, el portero se tumbó a un lado, y gol, por el centro. Campeón. Han pasado más de tres décadas de aquello, y cualquiera tira ahora un penalti a lo Panenka. Y cada vez son más, también, y serán, los porteros que aguanten de pie, convertido el recurso en rutina, lo excepcional en norma. Le pasó a Bryan Ruiz, le pasó a Casquero antes, incluso a Melgar en el fútbol under. Ha habido más. Y los habrá. Porque, ya sabe, esa droga que pierde el efecto que un día tuvo y bla, bla, bla. Es lo que pasa cuando te ven venir de lejos. Es lo que ocurre cuando termina la novedad.
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foto: fifa.com
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