Por pocote el 31-Dec-1969 | Es interesante escuchar los discursos y las declaraciones del presidente de la república, no sólo de El Salvador, sino de muchos países del mundo, sobre todo cuando negros nubarrones se ciernen sobre sus coronas, pues en esto también entran los últimos monarcas europeos, de Asia y África. Los ejemplos están a la vista y se debe a injerencia de intereses externos; pero también al descontento y la cólera contenida por tantos años por los millones de habitantes cansados de la corrupción, el despilfarro y la ostentosa vida de tantos de esos figurones de la política internacional.
En todo caso nos quisiéramos referir al terrorismo gramatical, la atenta inquisición de los yerros del pronunciador de los discursos, sus titubeos oratorios. Cuando hay carencia o insuficiencia del lenguaje es frecuente el balbuceo, el constante eh, eh, eh, o esas pausas tan frecuentes no para demostrar prudencia, cautela o simple enlace con la siguiente oración o frase, sino por falta de recursos si ustedes lo prefieren, intelectuales. Hay mandatarios que tienden a expresarse en párrafos larguísimos, de 20 o 25 líneas sin más respiros que un par de comas. Además están plagados de oraciones incidentales explicativas que diluyen la fuerza que sin ellas podría tener el pensamiento principal. Por último, dañan sus expresiones el frecuente uso equivocado de preposiciones, pues como la gramática enseña, éstas ?denotan el régimen o relación que entre sí tienen dos palabras o términos?.
Por cierto, la correspondencias de número tienen también sus reglas gramaticales y atendiendo a ellas debemos convenir en que ?el frecuente uso equivocado de las preposiciones?, agente singular gramaticalmente, no puede inferir un daño plural en ?las expresiones?, como parece insinuarlo la forma verbal ?dañan? usada constantemente por los políticos. Desde luego, los diputados son los más grandes terroristas del lenguaje. Cuando dicen ?difiero con casi todos los colegas que han hablado?, no se sabe si quisieron decir ?concuerdo con?, pues se difiere ?de?. Asimismo, cuando se dice los ?egresados en las escuelas? entra la duda de si no quisieron decir los ?ingresados? en las escuelas. Es inútil poner ??reflexionamos en que el espíritu humano?? Y no digamos esta expresión: ??me es grato recibir la vigorosa presencia de ustedes.
Son tantos los gazapos que al compaginar tantos discursos habría que hacer subrayados con sus puntuales versalitas para destacar los disparates de todo orden cometidos por los ?honorables? diputados? y también los presidentes de los otros Órganos del Estado. Pero la vigilancia gramatical tiene también algunas derivaciones analíticas. De la muletilla presidencial que lleva, por rutina, a iniciar múltiples exhortaciones con infinitas variantes del verbo reflexionar (?considerar nueva y detenidamente las palabras del señor Dabou?), se podría inferir una característica psicológica: mientras para el común de los mortales la reflexión es un ejercicio callado, para nuestro mandatario hablar es como se piensa o se reflexiona.
Para mantener la línea, podría inferirse que los infinitivos de los verbos no piden, ni aceptan siempre, simultaneidad de acciones, al revés de los gerundios, que la exigen, de modo que la expresión ?para nuestro presidente hablar es como se piensa o se reflexiona?, debiera quizá transformarse en: ?para nuestro presidente es hablando como se piensa o se reflexiona?. Lo importante es que del acopio de estas reflexiones gramaticales hechas ?a vuelo de computadora?, deriva la ?constante más sobresaliente? del mandatario: su ?extraordinaria locuacidad?, elemental forma de decir, sin duda, que el titular del Ejecutivo habla mucho, ataca frontalmente y tantas veces es contradictorio en sus vehementes llamados a la ?unidad? tan vago para unos y demagogo para otros.
Este pudor gramatical que nos imponen estas reflexiones, no es casual. En realidad es el momento más técnico y severo de un espíritu analítico tan ignorado y hasta despreciado en este país de milagrerías. Es importante reparar en los aspectos formales y de fondo de una labor presidencial: las formas oratorias del mandatario, las formalidades del juego parlamentario, las audacias poco protocolarias y diplomáticas en materia de política exterior, el desacierto semántico de las dos nociones que parecerían retratar -- o autorretratar-- al régimen: diálogo y autocrítica.
Un experto en asuntos de ?gramática política? ha dicho que ?la palabra autocrítica es desdichada por mil motivos (?) Cuando un hombre público propala la autocrítica, sólo la autocrítica, es inevitable suponer que se reserva en exclusiva el derecho a criticar sus actos y que, por lo tanto, se niega ese derecho a los demás?? Asimismo, parece reservarse el derecho a elegir la materia criticable y el grado de severidad, o de indulgencia, que usará al criticarse así mismo. Más desdichada, si se quiere, es la palabra ?diálogo?, que el diccionario define como ?una plática entre dos o más personas que alternativamente manifiestan sus ideas o afectos?. En el presente caso, entonces, se trata en realidad de un monólogo, pues la segunda persona necesaria al diálogo, es decir, la Nación, no tiene manera de expresar sus ideas o sus afectos ya que todos los medios usuales para hacerlo fallan en nuestro país (El Salvador, pues): las manifestaciones públicas, los partidos políticos, la Asamblea Legislativa, las elecciones, la prensa, la televisión, la radio, el cine?.
Y así podríamos seguir hasta el infinito. Por ejemplo: el análisis de resultados electorales en un sistema de partidos como el salvadoreño es, en el mejor de los casos, un tributo colonial pagado a la politología argentina o hasta norteamericana, tan inclinada a descubrir en esas luchas tendencias importantes de su vida pública. Lo triste es que se denuncian penosos casos de corrupción de altos funcionarios, de evasión de impuestos, de contrabando y crimen organizado; pero nunca procede la Fiscalía General de la República o lo que nunca se escucha a nivel público, es el repicar del teléfono para ?ordenar? a la instancia superior, ?olvidarse de esos asuntos? y dejarlo a la posteridad. Y que decir de las reformas electorales, únicamente hechas para asegurar la supervivencia de los ?partidos menores? y evitar caer en el bipartidismo, o sea un enfrentamiento de Arena con el FMLN es incurrir o en una broma no lograda o en las reglas de la plena ficción que esos mismos partidos han encarnado y sostenido con tenacidad ejemplar.
En fin, el análisis de los discursos y la actuación de los presidentes de las naciones, se presta para muchas reflexiones y conjeturas. Lo importante en todo caso son las demandas de la opinión pública y que las críticas buenas y malas trasciendan el círculo de quienes gobiernan. No se trata de poderes absolutos ni de recursos materiales y económicos en abundancia, debe entenderse nada más que el mandatario no es ya la única pieza clave del sistema político; sus funciones han entrado en una etapa de mezcla orgánica con otros núcleos de poder -- dígase los empresarios y los financieros en menor medida la burocracia sindical. Y con esos núcleos, el presidente no trata ya sólo en términos de consulta y conciliación, sino también a menudo, y públicamente, de desafío y enfrentamiento. La realidad también indica que el Poder Ejecutivo se ve obligado hoy a satisfacer demandas en un tercer sector, menos localizable y más volátil, pero de alguna importancia así sea embrionaria: la opinión pública o, mejor dicho, los derechos consagrados de quienes se han dedicado solitariamente por años a construirla con su actividad, su independencia, su prestigio y su espíritu crítico.
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