Por noreply@blogger.com (Buseta de el 17-Apr-2009 | Autor ecuatoriano prácticamente desconocido en el país, Ernesto Quiñónez es un autor que luego de habitar en los barrios de Harlem hoy, además de conocido novelista en Estados Unidos, tiene a cargo una cátedra en la Universidad de Cornell, como otro escritor latinoamericano, el boliviano Edmundo Paz Soldán. Agradecemos a María Helena esta colaboración, que aparece por primera vez en un blog literario, luego de su publicación en el diario quiteño La Hora.
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Por María Helena Barrera
La tarde cae rápidamente sobre Manhattan. Una lluvia fina empieza a remojar las aceras. Ernesto Quiñónez ha ofrecido dialogar conmigo, y el sitio de encuentro es The Hungarian Pastry Shop, una cafetería cerca de la Universidad de Columbia y a pocos pasos de la Catedral de San Juan el Divino. Las paredes están decoradas con carátulas de libros, incluyendo uno de Ernesto. Estudiantes y visitantes esperan por su turno de ordenar pasteles y dulces, junto con el potente café que hace honor a las raíces europeas del lugar.
Quiñónez es probablemente el escritor ecuatoriano menos conocido dentro de nuestras fronteras, a pesar de haber publicado dos novelas en los Estados Unidos, ambas éxitos de crítica y de librería. Esa distancia tal vez se deba a que abandonara el país siendo un infante. También determinante puede considerarse el que hubiese crecido en la sección hispana de Harlem, el Barrio, espacio esencialmente boricua en contenido, con una madre también puertorriqueña. La pertenencia a esa cultura es asumida por los críticos y comentaristas de su obra.
Sin embargo, el ancestro paterno y el país de su nacimiento no pueden sustraerse del hombre y de su obra. Quiñónez los ha recordado consistentemente, tanto en sus libros como en sus ensayos. Silvio, su padre de origen esmeraldeño, revolucionario de adscripción comunista, reluctante inmigrante y tardío converso, es evocado por su hijo con frecuencia, igual que su abuelo pintor.
Ernesto arriba y conviene en que el ambiente del café es demasiado ruidoso para una entrevista. Fuera, la lluvia se ha convertido en aguacero y la gente se apresura bajo exiguos paraguas. Ya en otro escenario, uno de los muchos de los alrededores donde Ernesto tiene una historia previa y consecuente amistosa recepción, las preguntas y respuestas pueden empezar.
MB: Hace unos días leí tu relato corto Taínas?s Song (La Canción de Taína), publicado en la revista Gulf Coast. ¿Es el capítulo de una nueva novela tuya?
EQ: Sí, hace parte de una nueva novela que estoy escribiendo, en la que cuento de nuevo la historia de la Virgen María, pero desde un ángulo popular. Nadie le cree a la doncella que afirma estar en cinta sin que nadie la haya tocado. Únicamente le brindan atención cuando una empresa viene, compra todos los edificios circundantes y empieza a intentar echar a la gente que vive de ellos para construir condominios de lujo. Los habitantes del lugar usan entonces a Taína como una excusa para resistir, clamando que no pueden marcharse porque el sitio es sagrado. Un profeta aparece, Julio, quien intenta servirse de la religión para efectuar cambios positivos, para luchar por sus derechos. Como en el caso de la comunidad afroamericana de los Estados Unidos, con el ejemplo de Martin Luther King y Malcom X. Con Taína?s Song estoy revisitando tradiciones desde ese punto de vista.
MB: ¿Tienes idea de cuándo se publicará la novela?
EQ: Tal vez el año de 2009, está muy avanzada. Lo que sucede es que con mi segundo libro, El Fuego de Changó, tuve que entregarlo demasiado pronto, necesitaba más trabajo. No quiero que con éste suceda lo mismo.
MB: ¿Cuánto tiempo has estado escribiendo Taina?s Song?
EQ: Dos años y medio, casi tres.
MB: Has tenido distinguidos mentores en el campo de la escritura, uno de ellos, desde luego fue tu maestro, Walter Mosley, y otro el desaparecido Ed Rivera. Leí una conmovedora pieza que escribiste sobre Rivera con ocasión de su muerte. Háblame de él y de su influencia. EQ: No creo que mi pieza le hiciese justicia. Era una persona extraordinaria, Ed Rivera. Su libro, Family Installments, se parece mucho a García Márquez, especialmente su primer capítulo. Debería leerse más. Su Bautabarro, en Puerto Rico, es Macondo. Cuando enseño en Cornell, mis estudiantes no saben que es Ed Rivera quien en verdad los instruye. Sigue educando a través de mí. Eso me hace feliz.
MB: Cómo ha sido tu transición de las escuelas fiscales de Nueva York a la Universidad de Cornell, donde ahora enseñas.
EQ: La transición no ha sido difícil. El ser maestro se puede dividir en dos facetas. La primera, debes estar bien preparado, y segundo, debes ayudar a tus estudiantes a ayudarse a ellos mismos. A ser independientes en su búsqueda de conocimiento, en su curiosidad por más. Eso es lo que trato de hacer, sin importar que sea en cuarto grado o en las aulas universitarias.
MB: Una académica estadounidense escribió un ensayo analizando las similitudes entre El Gran Gatsby y tu novela El Vendedor de Sueños (Bodega Dreams, 2000). ¿Has leído ese estudio?
EQ: Lo he leído y he leído otros. Me agrada hacerlo, lo confieso. A veces me hace gracia, porque ciertos críticos no tienen idea de lo que están diciendo. En otras ocasiones es diferente. Ese artículo de June Dwyer al que te refieres es excelente. Es la crítica literaria de mi libro con la que estoy ciento por ciento de acuerdo. Incluso cuando dice cosas que no me parecen justas. MB: Has dado declaraciones a favor del spanglish como medio literario. Estamos dialogando en éste momento en español. Quiero saber más sobre tu relación con el castellano.
EQ: Me gusta el español. El spanglish es algo nuevo, algo que debe apreciarse, dejarse que exista, no está matando al español. Usualmente las personas que tienen miedo son aquellos que no creen en la posibilidad del cambio.
MB: En uno de tus artículos, escrito para el New York Times, The Fires Last Time, hablas de tus experiencias en El Barrio, y de cómo ibas cuando niño a visitar El Museo Metropolitano de Arte. ¿Por qué decidiste ser escritor en vez de pintor?
EQ: No tenía el don de pintar. Mi hermano James es un buen pintor, yo no lo soy. No quería ser uno de esos que crean cualquier cosa y presumen de ser pintores sin tener talento.
MB: Tu abuelo pintaba, lo has comparado con Toulouse Lautrec. Tu primera novela, que permanece sin publicar, habla sobre él y sobre tu padre.
EQ: Sí, mi abuelo pintaba prostitutas. Mi padre me dice que, como en un cuento de García Márquez, él iba al burdel, donde los hombres se reunían, la única casa del pueblo donde había un billar, donde jugaban al billar, jugaban a las cartas, se escapaban de sus esposas, del trabajo, de la pobreza, en fin, de todo eso. Nadie se podía explicar por qué venía éste hombre que, en vez de estar con las mujeres, las pintaba. Les pagaba para pintarlas. Era inexplicable. Un artista pobre en medio de la pobreza. Mi novela trata de eso, junto con la historia de cómo papá creció en el Ecuador y se convirtió en un marxista que eventualmente apoyaría a Carlos Julio Arosemena.
MB: Tus padres salieron del Ecuador a raíz del golpe de estado contra Arosemena.
EQ: Era duro para mi padre encontrar trabajo, y mi madre tenía familia aquí en los Estados Unidos, dado que mi abuelo había sido un marino. Vinimos aquí y aquí nos establecimos. Les pasó lo que a otros. Muchos de los inmigrantes les dicen a otros inmigrantes, ven, ven a éste sitio llamado East L.A., El Barrio, Miami, no tienes que hablar inglés, vas a encontrar un trabajo, todo el mundo va a hablar español, tus hijos van a hablar español. Es como vivir en tu propio pueblo. Y cuando vienen aquí, se dan cuenta que no es verdad, que tienes que saber inglés. Fue para mi papá un golpe, él sintió que mi madre le había mentido. Y ello todavía sigue pasando con otros inmigrantes.
MB: ¿Qué tan cerca estás de los problemas de los inmigrantes actuales? ¿Piensas escribir sobre ese tema? EQ: Toqué un poquito el tema en El Fuego de Changó (Chango?s Fire, 2004). Me gustaría hacerlo en el futuro. Hace poco estuve en Texas y una de las imágenes más poderosas que vi allí fue la de una persona indocumentada con una pancarta que decía: ?si tú me botas, ¿quién va a construir ese muro??, refiriéndose al muro que Bush empezó a construir para separar México de los Estados Unidos. Humor y un punto válido.
MB: En otro artículo que escribiste para el New York Times hablabas del racismo. ¿Has enfrentado el mismo en el ámbito editorial?
EQ: No. El racismo existe, desde luego, mucho más de lo que se presume. Existe sin embargo otro problema, profundo, la codicia, greed. A ellos no les importa si eres verde, amarillo, negro, si estás trayendo dinero a la compañía, te quieren. Dado que mis libros venden me tratan bien. Sé que a otros escritores, aunque sean blancos, mujeres, latinos, porque no venden, no los tratan bien. Todo tiene que ver con el dinero, son los negocios. Si hay alguien negro y saben que va a traer un millón de dólares, lo reciben. Antes no era así, desde luego.
MB: Naciste en el Ecuador, ¿has visitado alguna vez el país?
EQ: No lo he hecho. Parte de la razón viene de que a mi padre le encantaba salir, como buen macho latino gustaba de ir a bares y a cafés, discutir con sus amigos marxistas de política mientras mi mamá nos cuidaba. Nosotros nos quedábamos con ella en casa, y así estuvimos expuestos mucho más a la cultura puertorriqueña. En el barrio en los años setenta había revolución, mucha energía, a eso nos dedicábamos también.
MB: Tienes una niña pequeña. ¿Cómo has vivido la experiencia de ser padre?
EQ: Sí, tengo una niña de cuatro años, a la que le hablo sólo en español, no le hablo en inglés. Ella me contesta en inglés, pero me entiende. Yo hacía lo mismo con mis padres, especialmente cuando era adolescente. Lo hacía sin darme cuenta que quizás a ellos no les gustaba. Hasta éste día les doy gracias que lo hicieran, porque sé hablar español. Lo sé mejor que lo que puede parecer con ésta entrevista, ahora estoy shy (tímido).
Así, con una sonrisa, termina el diálogo. La lluvia ha concluido también. Ernesto desaparece por una entrada del tren subterráneo. El Nueva York de su obra sigue creando tramas a su alrededor.
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