Por Pol Gustems el 23-Jan-2012 |
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La Segunda B es un desierto. Basta con aproximarse a uno de sus equipos para darse cuenta, sea cuál sea su situación. Los de arriba no ven el ascenso, porque se lo tapan las dunas del playoff, unas colinas de arena detrás de las cuáles nunca sabes qué se esconde, si un maletín repleto, si uno vacío -el porcentaje de aficionados que reclaman la intervención a sus directivos en el último trámite no es pequeño-, o una especie de maldición sangrienta y habitual. Esto último es una traba histórica con múltiples antecedentes: hay mucho dónde escoger para determinar el origen del mal. Es una experiencia que se traduce, según el hincha dependiendo del árbitro, en una expulsión interesada, una falta previa al gol o, en el mejor de los casos, en un penalti en el descuento. Cuando crees tener el objetivo agarrado se filtra entre los dedos y se desvanece.
Abajo tampoco ves nada. La salvación está detrás de dunas desproporcionadas y de escalada exigente. Y el descenso, por muy próximo que esté para el decimonoveno clasificado, incluso se percibe más lejos que la primera posición. Existe un componente cegador definitivo para obrar este milagro. El club, presidente o cúpula directiva, no quiere ver. Este deseo traslada al equipo a una realidad fictícia. Entonces nadie ve. Se tapan con una venda, luego con otra, huída hacia adelante, límite de velocidad, adelantamiento ilegal, carrera de fórmula 1, curva pronunciada y, al final del todo, después de cuatro vueltas extra sin gasolina, golpe mortal sin neumáticos que lo amortigüen. Uno detrás de otro. Quién esta temporada traza la curva correctamente, no puede evitar frenarse un segundo para contemplar a los estrellados. La Segunda B es un esto nos puede pasar a nosotros constante. Por eso, mientras los jugadores locales estaban ya en el vestuario, la afición del Sant Andreu dedicó un sentido aplauso a los jugadores del Sporting Mahonés, que no se movían del terreno de juego porque no tenían donde ir. Cayeron de pie pese al 6 a 0, con ocho futbolistas de la primera plantilla y cinco del juvenil.
“Es como si construyes una casa y se te cae a la mitad. Se podrían hacer muchas cosas. Desde la parte más alta de dirigentes se tendría que controlar qué plazas pueden tener equipos de Segunda B, qué presupuestos son reales y cuáles no… Esto no es tan difícil de hacer”, decía Matías Borsot, antes director deportivo y en los últimos meses técnico del Sporting. El club balear se une a las retiradas de Sporting Villanueva y Poli Ejido anunciadas esta semana.
Parece que todo el mundo sea consciente del mundo en el que vive, aunque tenga pocas esperanzas en él. Habla el técnico del Sant Andreu Piti Belmonte: “Esto tendría que explotar del todo. Comenzar todos de 0. Se han dicho muchas cosas pero el que diga que realmente puede aportar algo a algún club, que lo demuestre con papeles, con documentos, y que el mundo del fútbol tenga el mismo trato que cualquier empresa. Quién tiene que decidir seguramente no lo sufre, a veces ni lo conoce, y es difícil que pueda solucionarlo si no tiene ni idea de cómo funciona”.
Una última paella para la plantilla del Sporting en el hotel de concentración, programada a las 3 y media. Después se acabó. Unos se quedaron en Barcelona y los restantes volvían a la isla con las manos en los bolsillos.
“En julio de 1974, la historia cambió”. Primera frase del enérgico vídeo que aún nos encontramos al entrar en la web del Sporting Mahonés. Explica brevemente el nacimiento del club, con entusiasmo, como si su muerte competitiva de ayer no se hubiera producido. Si bien la presentación sigue acompañada por una banda sonora de piratas.
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Imagen | Sporting Mahonés
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