Por CAMINO MISIONERO el 09-May-2010 | 
Publicado por Entra y Veras
Construir la pez requiere empeño y esfuerzo. se va acabando el tiempo pascual y el Espíritu comienza a tomar protagonismo en la liturgia. Él es el verdadero artífice de la paz si nos dejamos guiar por él. Decía Albert Einstein que en los descubrimientos científi-cos el 99 por ciento es transpiración y el uno por ciento inspiración. Sin embargo esta proporción podría darse totalmente la vuelta a la hora de referirnos a Dios. Entender a Dios y entender lo que Dios es, no depende solamen-te del esfuerzo y el empeño personal o de saberse de memoria el catecismo, sino que Dios se da a entender a través de su Espíritu. Si se deja al margen la acción del Espíritu, se rompe la unidad. Cada uno se hace su propia idea de Dios, conforme a sus intereses, añadiendo leyes y preceptos y surge la división y la ruptura. Precisamente el riesgo de ruptura se nos describe en la primera lectura, pues no era fácil la convivencia entre los judíos y los gentiles. Los Apóstoles, inspirados por el Espíritu Santo, median en el conflicto teniendo muy presentes aquellas palabras de Jesús ?mi yugo es llevadero y mi carga ligera?. La salvación no de-pende de la circuncisión o no circuncisión. Jesús hizo saltar por los aires el lega-lismo y lo cambio por la normalidad y el sentido común. Él vino a darnos libertad. El yugo que nos dejó Jesús fue su palabra y con ella su modo de vida regido única y exclusivamente por el amor. El que me ama guardará mis palabras. La palabra es yugo porque ata, quema, obliga, vacía, unge, hiere; pero sin embargo a la vez es suave y llevadera porque nos alegra, libera, perfecciona, llena, alimenta y cura. La Palabra de Dios, al igual que la palabra de alguien a quien amamos, es para nosotros todo menos indiferente. Debe ser una auténtica chincheta que nos haga permanecer alerta, buscando su nove-dad. La otra afirmación que me llama la atención es la de la paz: ?La paz os dejo, mi paz os doy?. Les deja la paz, es decir los convierte en mensajeros de la paz por todos los pueblos con el fin de que poco a poco vaya tejiéndose una cultura de la paz; y les da la paz, como un don. Pero esta paz es distinta, no es la ausencia de conflicto, ni de retos, ni la de quien no quiere problemas; la paz silenciosa y vacía del cementerio o del que ve los toros desde la barrera, en asiento de sombra. Tampoco es la paz de quien se cree seguro por tener el estómago lleno y la cartera reple-ta. Ni la que está amenazada o llena de temor y de sospecha. Es la paz de quien lucha por algo que es justo; de quien salta al vacío confiando mucho en los otros; la paz lúcida de quien adivina la esperanza más allá de las heridas; la luz por densa que parezca la oscuridad. Es una paz de comunión, de diálogo, de comprensión, de ayuda, de sensibilidad, de compromiso. Este es el verdadero signo de autentici-dad de la presencia de Dios entre nosotros, la paz, la paz con mayúsculas. Jesús se va despidiendo poco a poco de los discípulos y también de nosotros, pues se acerca Pentecostés y la liturgia va dejando el protagonismo al Espíritu. Dejémonos, pues, acompañar por el Espíritu para que no nos sintamos solos y po-damos ser cada día, con aquellos que nos rodean y nos necesitan, verdaderos men-sajeros de paz, de esa paz que nos dejó Jesús. Como dice Pedro Caldáliga:
Danos, Señor, aquella Paz extraña que brota en plena lucha como una flor de fuego; que rompe en plena noche como un canto escondido; que llega en plena muerte como el beso esperado.
Danos la Paz de los que andan siempre, desnudos de ventajas, vestidos por el viento de una esperanza núbil.
Aquella Paz del pobre que ya ha vencido el miedo. Aquella Paz del libre que se aferra a la vida. La Paz que se comparte en igualdad fraternal como el agua y la Hostia.
Esforcémonos en conseguirla y mantenerla.
Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)
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