Por pocote el 08-May-2008 |
El cinismo de los gobernantes de Estados Unidos es hasta ofensivo y anclado en la prehistoria. Ahora el peor presidente en la historia de este país, George W. Bush acusa al gobernante cubano Raúl Castro de hacer gestos vacíos de reforma, pero sin dejar que tengan democracia plena. Bush reiteró su petición de elecciones libres y la liberación de los presos políticos. Este caballero no tiene autoridad moral para exigir elecciones libres, reformas profundas o liberación de presos políticos, por cuanto él llegó a la Casa Blanca producto de un fraude (al menos nunca se supo con claridad el recuento final en el Estado de la Florida), en sus dos periodos en el gobierno nunca presentó una verdadera reforma migratoria para dar una solución integral al drama de los miles de trabajadores que ingresan a los Estados Unidos por las más diversas vías. Y, finalmente, cómo puede hablar de liberación de presos políticos si su gobierno mantiene cárceles clandestinas en varios países europeos, además de los campos de concentración en Guantánamo (territorio cubano en el cual los norteamericanos ejercen dominio ilegalmente) y en Irak y Afganistán. Pero los halcones del Pentágono y los más extremistas de este país, siguen con su tonada de exigir ?democracia para Cuba?, cuando en la práctica ellos son los más antidemocráticos del mundo. Así, una nación con hordas de gente hambrienta, sin techo, enfermos sin atención, escasamente alfabetos, desempleados y/ o torturados, cuyos familiares han sido desaparecidos y / o asesinados con la connivencia del Estado, puede decir que está viviendo en una ?democracia? ?cuyo significado literal griego es ?gobierno del pueblo?, lo que implica que esa es la clase de vida que el pueblo realmente quiere--, siempre que cada dos o cuatro años tengan el derecho a ir a un lugar designado y poner una X al lado del nombre de uno u otro individuo que promete aliviar sus miserables condiciones de vida, pero que no hará virtualmente nada de eso; y además siempre que en esa sociedad haya un cierto mínimo de libertad ?cuya magnitud en gran medida es una función de la riqueza que se tenga?para que uno exprese sus puntos de vista sobre los poderes y el funcionamiento de la sociedad, sin excesivo miedo a castigo, sin considerar si la expresión de esos puntos de vista tiene cualquier influencia o no sobre el modo en que son las cosas. No es por casualidad que los Estados Unidos han definido la democracia de esa estrecha manera. Durante toda la Guerra Fría, la ausencia de ?elecciones multipartidarias libres y justas? y de adecuadas libertades civiles era lo que caracterizaba al enemigo soviético y sus satélites. Sin embargo, esas naciones proporcionaban a sus ciudadanos un nivel de vida relativamente decente en lo que respecta a empleo, alimentación, atención a la salud, educación, etc., sin la omnipresente tortura brasileña o los escuadrones de la muerte salvadoreños. Al mismo tiempo, muchos de los aliados de los Estados Unidos en el tercer mundo durante la Guerra Fría ? a los que Washington gusta referirse como ?el mundo libre??eran zonas desastrosas respecto a los derechos humanos, que podían vanagloriarse de poco más que la democracia de sesenta segundos en las urnas y una tolerancia para opiniones disidentes siempre que no llegaran a la esencia del sistema o a convertirse en un movimiento. Naturalmente, la única forma de ganar puntos de propaganda en la Guerra Fría, con alineaciones como estas, era ensalzar la marca alcanzada por las virtudes de su equipo y condenar la falta de ellas en el equipo del enemigo, designando al primero ?democracia?, y a este último ?totalitarismo?. Es así que los norteamericanos se crían en la fervorosa creencia de que no puede haber progreso en ninguna sociedad, en ausencia de elecciones. A ellos se les enseña equiparar elecciones con democracia, y democracia con elecciones. Y no importa lo cínico que se vayan volviendo respecto a la política electoral en su propio país: pocos de ellos albergan alguna duda de que la promoción de elecciones libres y justas ha sido un principio sincero y básico de la política exterior estadounidense. A la luz de esto, examinemos el récord histórico real (Esta historia continuará).
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