Monseñor De Jesús Moya lo bautizó justa y bellamente como ?El obispo de la vida?. Mi memoria agradecida se remonta hacia antes de su investidura obispal, lo califico como el Cura de la vida, que eso fue para mí y para tantos dominicanos, en años muy difíciles, el sacerdote Roque Adames.
Una vez escribí En Plural sobre él, en ocasión de un homenaje de los pocos que le hemos rendido en un país en el cual se elogia y se honra con ligereza, pero donde también se olvida prestamente. En el caso de monseñor Roque Adames, posiblemente, sus perfiles no son los más admirados en la sociedad dominicana, contaminada por la visión neoliberal que evalúa trayectorias y conductas pesando solo los meritos contantes y sonantes.
En este nuevo intento de un grupo honesto para gratificarlo, con el motivo de cumplir 80 años, quiero situarme En Plural al lado del sillón de inválido de monseñor Adames, para repetir memoriosamente los sentimientos que expresé sobre él, también En Plural, hace unos años.
Esa vez, lo recordé como mi erudito profesor de Historia de la Cultura en la UASD, como a uno de los pilares morales del Movimiento Renovador en nuestra Alma Mater, como el cura que permaneció durante la Revolución de abril en la ciudad sitiada, ofreciendo sus dones de cordura, de ayuda material y sostén espiritual a los que lo necesitaban; sobre todo, empapé esa imagen de humanidad y de sapiencia, con lágrimas de gratitud, evocando al padre Adames como el amigo leal de mi familia en tiempos amargos, el consejero de mi conciencia atribulada, el ancla de mi fe sacudida por la fealdad del mal.
Cura de la vida, pastor de almas a tiempo completo, exégeta de Cristo en el énfasis del Sermón de la Montaña, émulo de Pablo en el empeño de hermanar a todos los humanos, sin farisaicas repugnancias ante los pecadores y aceptando la ineluctable condición frágil de la naturaleza humana, incluso de la suya; así conocí al padre Adames.
Gocé de la bienaventuranza de sentir su amistad, pese a la enorme distancia que separaba en ese entonces, hace casi medio siglo, al profesor de la alumna, al religioso consagrado por vocación y ejercicio de la mujer abrumada a la que a veces atormentaban las dudas.
Ahora, tantos años después, sonrío cuando relato la imperturbable paciencia, la sabiduría infinita del padre Adames al responder a mis mortificadas confesiones: ?¿Dudas, Yvelisse? Eso es bueno, significa que aún crees?.
Admiré con el tiempo, cuando las dudas fueron desvaneciéndose en la medida en que mi fe se puso para siempre de rodillas, esa sagaz aplicación de la dialéctica que él padre Adames hizo: y cuando intento hablar con Dios en las mañanas, todos los días, en la retahíla de peticiones y gratitudes por mis hijos/as, por Mario, por mis amigos, por mí misma, incluyo bendiciones especiales para quiénes como Roque Adames, me comprendieron y me perdonaron, alentándome a ser, ?criatura nueva?, sin condenar a la antigua.
Escucho ahora la palabra tonante y responsable de un mitrado, respetado y querido, calificando a monseñor Adames como ?Obispo de la vida?, y señalando la poca atención reverente que se le otorga en este país. Siento que debo mutar mis matutinas bendiciones calladas en este reiterado, público y estremecido reconocimiento, que abarca mis privadas vivencias, pero también evocan meritorias acciones que trascienden la relación personal de amistad que unió a mis hijos, a mi papá y a mí con el padre Adames.
Particularmente, me centro en su decisiva participación sin estridencias en el Movimiento Renovador de la UASD, en 1975.
Secuela de los heroísmos y encampanados sueños de la Revolución, el Movimiento Renovador fue obra de un grupo de profesores, jóvenes en su mayoría, que hicieron eco tardío al Movimiento de Córdoba queriendo construir un nuevo modelo de Universidad, menos cerrada, menos oscura, desterrando los fantasmas trujillistas.
Casi la totalidad de los catedráticos de la vieja academia, unos porque eran conservadores en esencia, otros por respeto a lo que consideraban el orden institucional de la UASD, se fueron.
En la Facultad de Humanidades, donde Andresito Avelino se estrenaba como Decano, se quedó, como un mástil, en medio de nuestras inseguridades, el profesor Roque Adames. Sin pronunciamientos altisonantes, con sus clases diarias que daban respetabilidad y solera académica al variopinto panorama de jóvenes profesores debutantes, con su sola presencia, el padre Adames dio un testimonio de apoyo al Movimiento Renovador que considero decisivo en la legitimación y su final aceptación por parte del reticente gobierno balaguerista.
Después, el ?cura de la vida?, se nos fue a Santiago. Le hicieron obispo, se dedicó a fundar nuevas instituciones, a luchar en el Plan Sierra por el medio ambiente y la mejoría de los campesinos; a seguir, en suma, defendiendo la vida. Sin embargo, ¡cuán poco lo reverencian, cuanta soledad lo acompaña en sus días de enfermedad e invalidez!
No soy santiaguera, para reclamar que en Santiago las autoridades civiles por lo menos estén presentes en actos en su honor.
Pero entré a la UASD gracias al Movimiento Renovador, por tanto le debo al Padre Adames, además de su apuesta por mi espíritu, la oportunidad de trabajar en las aulas universitarias, ganándome con gozo el sustento de mis hijos. Como yo, otros muchos/as profesores/as uasdianos, algunos jubilados/as, otros/as, todavía en servicio, tenemos frente al Obispo Adames un pagaré vencido. Vamos a honrar la deuda, rector magnífico doctor Franklin García Fermín. Organicemos un gran homenaje a monseñor Roque Adames, co fundador moral de ese Movimiento Renovador, al que tanto deben los jóvenes pobres y tanto lustre dio a nuestra Casa de Estudios.
Digámosle con este homenaje a Roque Adames que la semilla de vida que el sembró en la tierra uasdiana, da frutos de abundancia.