Por pocote el 15-Oct-2008 | La voracidad, el extremismo ideológico y la permanente amargura de quienes trafican con la palabra escrita, tal el caso del dinosaurio de el diario de hoy ha pretendido influir en muchos sectores de la población para que crean que todos los males que padece el país se deben o bien al conflicto armado de los años 80, como a las tímidas reformas emprendidas por la Junta de Gobierno y el régimen encabezado por el demócrata cristiano José Napoleón Duarte.
El enfermizo director de el diario de hoy no tiene empacho en asegurar que debido a la ?banda de golpistas? y ?los delincuentes rojos? El Salvador ?retrocedió más de 40 años en su desarrollo?. Añade que ?se paralizaron las inversiones en campos como la generación eléctrica, se forzó la salida la salida del país de casi tres millones de personas, entre ellas mayor parte de mano de obra calificada, artesanos y profesionales, se generaron odios permanentes, se aniquiló hasta el día de hoy la agricultura y se frenó el progreso de muchas comunidades del interior. Para 1981, agrega, la mitad de los salvadoreños económicamente activos había perdido su empleo; en adición, en esas fechas el sistema financiero estaba en bancarrota??
Todo según este caballero se debe a golpistas, a luchadores sociales, a salvadoreños pensantes. En ningún momento reflexiona sobre las causas que originaron la organización popular, la movilización social y posteriormente la intensa lucha política y militar. Todo se debió a la intervención del comunismo internacional, a las políticas erradas de algunos presidentes norteamericanos, como James Carter, y al adoctrinamiento impartido a los estudiantes en la UCA y en la Universidad de El Salvador.
De acuerdo con tan peculiar forma de pensar, aquí no pasaba nada, todo era normal y el país se encontraba a un paso de convertirse en potencia mundial en producción y exportación de azúcar, café, algodón y camarones. La educación y la salud eran de primer nivel, todos los salvadoreños, en síntesis, éramos y somos felices. Se le ha olvidado contar al dinosaurio de el diario de hoy que las familias con apellidos raros, había acrecentado sus fortunas y que despojados por un alcalde progresista de una extensa área de terreno en Santa Tecla, donde habían levantado ?una hermosura? de hipódromo y campos para adiestramiento, se habían ido para San Andrés, en la zona de Zapotitán, donde sus caballos de raza, pura sangre, árabes, ingleses y peruanos, se exhibían a la vista de propios y extraños.
Desde luego, se le ha olvidado, el señor dinosaurio padece de amnesia cuando le conviene, que los ?pobrecitos? de este país también construyeron su propio y exclusivo autódromo, El Jabalí le llamaron, para realizar carreras nacionales e internacionales de carros donde podían mostrar marcas famosas como los Ferrari, los BMW, y todas esos bólidos que ustedes han visto alguna vez en circuitos famosos como Mónaco u otros en Estados Unidos, México o Japón. Es decir, los grandes empresarios salvadoreños preferían invertir millonarias sumas de dinero en adquirir caballos pura sangre dedicados a carreras, saltos ornamentales o adiestramiento, así como carros lujosos, que aumentar el salario mínimo a sus trabajadores. Como bien escribió Máximo Gorki en su famoso libro La Madre, ?..las fábricas crecen, progresan, mientras los trabajadores mueren por ellas??
El conflicto armado se debió a la injusticia social, al cierre de espacios democráticos, a la explotación y opresión de las mayorías poblacionales, a la falta de libertades públicas como la libre expresión del pensamiento, al derecho a disentir, a la militarización de la sociedad. Aquí siempre ha mandado la oligarquía y ha utilizado a la fuerza armada como su instrumento de represión. Hernández Martínez no cometió el genocidio de 1932, donde según cálculos estimados fueron asesinados unos 32 mil indígenas, campesinos, obreros, profesionales y estudiantes, por propia iniciativa. Lo hizo por mandato expreso de los burgueses y terratenientes.
Los salvadoreños nunca habían tenido la oportunidad de elegir libremente a sus gobernantes, siempre se les imponían los presidentes. La Escuela Militar fue bautizada por el ingenio de los compatriotas como ?La escuela de los presidentes?. Todos estos hechos y acontecimientos se sumaron para incendiar la ira progresiva del pueblo salvadoreño. No se puede escamotear la verdad y mentir permanentemente como hace el dinosaurio de el diario de hoy.
Más recientemente, para refrescar la memoria de este extremista ideológico, enfermizo y calenturiento racista, recordamos que con el primer presidente de Arena, Alfredo Cristiani se comenzó a darle el tiro de gracia a la agricultura, no sólo se abolió el Instituto Regular de Abastecimientos (IRA), sino que se adoptó como política de Estado, el abandono total del agro y se oficializó la importación de granos básicos, productos lácteos, carne y todos los alimentos. Una receta del modelo neoliberal aconsejado por los organismos financieros internacionales como el Fondo Monetario y el Banco Mundial.
El dinosaurio de el diario es un juez implacable de la conducta ajena y olvida por razones de interés propio la viga en sus ojos. Más temprano que tarde, los salvadoreños han despertado y repudian semejante manera de pensar y están decididos a subirse al carro de la historia, a recorrer el camino hacia el progreso y el bienestar social. Han sido largos los años de sufrimiento, de padecer hambre, de tapar con trapos las goteras de sus techos, de ver como se desintegra su familia por el éxodo obligado de sus familiares a Estados Unidos y otros países en busca de mejores condiciones de vida, a resignarse a la muerte por ausencia de atención en los hospitales públicos o la falta de medicinas.
Los salvadoreños, de eso estamos convencidos, ya no comulgan con ruedas de carreta, no permitirán que el nuevo gobierno que según todos los sondeos de opinión pública accederá a la presidencia, renuncie a reformas necesarias y posibles dentro de un clima de armonía y participación ciudadana. El FMLN y su candidato Mauricio Funes, tienen la obligación de empezar a transitar un nuevo derrotero, conforme lo establece la Constitución Política de la República.
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