Por pocote el 13-Jun-2008 |
No soy dado al elogio fácil, pero hay circunstancias y hechos en el acontecer diario que obligan a la reflexión y otorgar más que una calificación, un reconocimiento a las personas brillantes en la discusión, en el debate, en la conferencia y en el discurso. El candidato presidencial del FMLN, Mauricio Funes es un caso extraordinario de expositor lógico. En la polémica maneja un sutil proceso dialéctico. Sintetiza los argumentos del contrario (desde luego no nos referimos a los pobres y lamentables recursos del ex policía fracasado Rodrigo Ávila), los ordena y clarifica, para destruirlos de manera fría y sistemática. Es de los pocos intelectuales que en El Salvador ha destruido con ideas el fanatismo extremista del dinosaurio director de el diario de hoy. Por eso el odio enfermizo que Altamirano tiene a Funes.
Un profesor jubilado de San Francisco Gotera, me dijo que estuvo en la grandiosa concentración realizada en la cabecera departamental de Morazán. ?Escucharlo, me dijo, es como abrir el revés de un reloj y ver trabajar su fina maquinaria?. Desde luego, también he tenido la oportunidad de oírlo antes en su papel de presentador de un programa de debate en la televisión y ahora como candidato presidencial. A veces se pierde en largas divagaciones, entre cuyos laberintos halla siempre el hilo sutil del discurso interrumpido. Alarde de organización mental, es un modelo elocuentísimo de la antielocuencia.
Estudiar estos ejemplos, como pocos se han dado en la ya larga historia electoral del país, debe ser un deber y una aventura alucinante no sólo para mujeres y hombres del pueblo, sino para los estudiantes de la carrera de periodismo, relaciones públicas, publicidad y propaganda. Todos los que en su momento fuimos ?encantadores? de serpientes estamos yo diría en la obligación de escuchar a este singular personaje, sin duda alguna, próximo presidente de El Salvador.
Y viajando un poco hacia la historia, puedo afirmar que la lección esencial, primaria, que recoge quien observa el trabajo de los grandes del idioma político es, sin duda, que la exposición verbal de las cuestiones, ideas y problemas ha de sujetarse, para ser viva, eficaz, a una medida, a un límite. Cuando desborda rompiendo sus diques o se hace corriente incontenible repitiéndose hora por hora, se convierte en demagogia, a la larga intrascendente y banal. El sentido de las proporciones que es una forma de realismo, hace, por encima de lo ornamental, la grandeza del discurso y su dignidad, porque la palabra evade, con frecuencia, las redes de la autocrítica, y es para quien la pronuncia y, a veces, para quienes la escuchan, embriagadora. Tan fascinante como una droga convierte en aparente realidad la confusa materia de los sueños.
Se piensa en todo esto si se contempla el panorama político del país. Si todas las declaraciones, las entrevistas radiofónicas, los discursos, los propósitos enunciados por el régimen arenero se hubieran cumplido, nos rodearía un El Salvador esplendoroso, justo, organizado. No faltan declaraciones, ni planes, ni proyectos (los salvadoreños lo escuchamos en ocasión del IV informe presidencial del bachiller Saca), pero carecemos de claridad y realismo. Venir a reafirmar que estamos bien, que la economía ha crecido, que la delincuencia ha disminuido y, en fin, que los salvadoreños somos felices, es burlarse de la inteligencia de todos nosotros. La política no es, o por lo menos no debe ser, un puro alarde de imaginación. El agitador despierta sentimientos, aviva rencores o suscita pasiones. Su quehacer se sitúa en el peligroso ámbito en el que las palabras motivan emociones fugaces. Para el político existen las palabras, y debe ser un maestro en manejarlas, pero ellas no tienen valor por sí mismas, el político está obligado a desdeñar su encanto, su tentadora locura.
Por eso el candidato presidencial del FMLN despierta tanto entusiasmo y esperanza entre los salvadoreños. Sabe distinguir entre la pura demagogia y la propaganda fácil a la que son adictos los areneros, y la palabra e idea que conmueve, moviliza y organiza. Y es que para el verdadero estadista la palabra es el camino de la acción; todo discurso debe materializarse, de tal manera que el pueblo advierta que el fuego quemante del discurso, al enfriarse, se convierta en metal. No podemos envolver, ni ocultar nuestras dolorosas angustias, con un velo de palabras incumplidas, como lo practica a diario el bachiller Saca y ofrece el fracasado ex policía Ávila.
El candidato Funes entusiasma a hombres y mujeres de este país porque encarna las aspiraciones, los deseos y las necesidades tantos años retardadas por promesas ?incumplidas?. Así como los pueblos dignos rechazan ser colonias y zonas de influencias, también aspiran a ver realizados sus sueños, sus ilusiones. Un político auténtico siente en carne propia los deseos y dolores de su pueblo. Esa es su más imperiosa tarea. No basta enunciar un deseo. Ahí las palabras se rompen y principia el duro trabajo, sin poesía, sin micrófonos, sin auditorio ardiente. Ahí es donde el estadista nos debe decir cuáles son los medios, mostrarnos las armas eficaces y trazar, comprensible y sin desviaciones la heroica, árida y, a veces, sin esperanza, estrategia de los débiles.
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