Por pocote el 16-Jul-2008 | Por largos años los campesinos, los obreros, los más humildes de este país, con su sacrificio en el progreso desigual de la República, han subsidiado el crecimiento de las grandes haciendas ganaderas, las riquezas cafetaleras y azucareras, así como el desarrollo de la industria y la expansión del comercio. Por cierto, el comercio, convertido en un gigantesco pulpo, mantiene cautivos a los campesinos y sectores medios (receptores de las remesas), productores agrícolas; y, en cierto modo, pero ya en otros niveles de mayor correspondencia económica, a los industriales. El gran comerciante, triturador de los antiguos y modernos pipiles, devorador irrefrenado de los pequeños negocios, junto con el gran financiero cuya nacionalidad resulta tan indescifrable como la del dinero internacional, se ha transformado en uno de los reyes de la situación económica del país. Si de verdad se desean y promueven cambios estructurales, reformas básicas para una mayor justicia económica a los hombres ?sin la cual son imposibles otras clases de justicia, por grande que sea la disposición humana a ejercerla?habrá de ponerse coto al poderío actual de un comercio que concentra los productos agrícolas e industriales. A costa de ellos, ese gran comercio va convirtiéndose en monopolio con poderosas leyes no promulgadas, pero mucho menos burlables que las que se proclaman. Los grandes almacenes que venden de todo: desde un alfiler, pasando por una tanga, hasta aspirinas, desde un corvo con el sugestivo nombre de El Salvador, a una mesa de billar, se llevan la gran parte de las remesas (somos consumistas hasta el cansancio), de las ínfimas ganancias del agricultor y por supuesto de los empleados. Los precios se mantienen altos (si usted no me cree vaya en este momento a cualquier centro comercial y pregunte cuánto vale un jean o una camisa de marca, o si prefiere unos modestos calcetines, a la vuelta de la esquina hablamos), la ganancia es el doble de la que obtienen los abastecedores de esas gigantescas tiendas, que, además, arriesgan muy poco. En el caso de los campesinos, compran la cosecha adelantada y dictan el precio. En cuanto a los industriales, muchos de sus productos son entregados en depósito y sólo les son liquidados después de que se han vendido. Si no venden el producto, lo regresan. Si lo venden, como suele suceder, lo pagan tres meses después. De este modo, el gran comercio opera de hecho con dinero prestado de los productores. Se abren más y más almacenes enormes, se habla de la audaz decisión de sus inversiones. Pero, en realidad, son otros los que invierten. Mediante esta política quedan aislados del consumo --¡sociedad de consumo: tan vilipendiada por los teóricos y tan desconocida, sin embargo, por la gran masa de salvadoreños que apenas consumen!?miles de compatriotas, precarios subsistentes sobre una raquítica economía. El mercado se ha vuelto clasista y selectivo, porque los grandes canales del comercio ?los almacenes gigantescos?seleccionan para exponer en venta, siempre pagando ellos después de haber vendido y apartado la jugosísima ganancia, los artículos que les interesa para consumidores de ingresos más estables. Los hábitos del consumo son, además, deteriorados, manejados, inducidos por la gran publicidad martilleante sobre algunos productos. Las papitas y las semillas de marañón que venden en las esquinas los salvadoreños humildes, son tan buenas como las que nos obligan ?de hecho es una obligación, por la fuerza de la publicidad y los canales del comercio?a adquirir preparados en paquetes o en botes, envolturas que bien se pagan con el mayor precio, y que están en mano de marcas nacionales o extranjeras. Por cierto, la industria alimenticia ha pasado desde hace tiempo a manos de empresas extranjeras. ?Son franquicias, man?, me dice un amigo. Eso mismo, desde luego, ha pasado con el ramo del comercio. El crecimiento aludido del comercio encuentra a estas alturas un enfrentamiento crítico con la realidad: el comercio y los servicios, y no la producción, son los que más han crecido. Los economistas toman ese síntoma como un ejemplo de economía intermedia. El comercio, por lo tanto, es el que se ha hecho más grande en la economía. Mientras tanto se sigue hablando de la necesidad de aumentar la productividad. Necesario, imprescindible, sin duda, pero se habla menos de la distribución como factor económico de la justicia social, y casi nada de cómo es necesario pagar lo que el producto vale al productor mismo. Y entre esos productores hay miles de campesinos, quizás más de un millón, con mínimos ingresos, a quienes se les agarra ?ahorcados? por los manipuladores del mercado, cada vez menos, pero cada vez más ricos y fuertes: característica progresiva ?socialmente regresiva?de los monopolios. Por eso es que en el modelo neoliberal, como el impulsado por los cuatro y últimos gobiernos de Arena, si algo no quiere ceder la iniciativa privada es el mercado. Y a propósito esos propietarios nacionales o extranjeros de los grandes centros comerciales, pagarán cabalmente sus impuestos, ingresarán legalmente sus mercancías, en síntesis se sujetarán al control de las leyes. Es difícil y complicado saberlo, pues el mismo gobierno y sus funcionarios aduanales y de Hacienda se hacen del ojo pacho o eluden el bulto, como sabiamente expresan los salvadoreños.
Leído 12 veces

|