Por rgr el 23-Jun-2010 | 
?Jesús, lanzando un fuerte grito, expiró? (Mt 15,37)
Dentro de tu grito en la cruz caben todos nuestros gritos, desde el primer grito del niño hasta el último quejido del moribundo. Cuando la palabra es pequeña e incapaz para expresar tanto dolor nuestro, el cuerpo y el espíritu se unen en este espasmo descoyuntado.
En tu grito de hombre comprometido por la nueva justicia, denuncias a los vientos de todas las épocas los sufrimientos encerrados en las salas de tortura clandestina y los llantos ahogados en la intimidad de corazones justos sin salida, todos los atropellos contra minorías impotentes y la explotación de hombres amordazados por leyes, máquinas, amos y fusiles.
En tu grito oímos la protesta de Dios contra todas las violaciones de sus hijos. En ti grita el Espíritu crucificado por los tribunales, sinagogas e imperios por los siglos que quieren enmudecer el futuro libre y justo. La rebeldía joven de América Latina, las mayorías negras de Sudáfrica, se unen a tu denuncia crucificada.
Dentro de tu grito lanzado al cielo encomiendan su vida en las manos del Padre todos los que se sienten abandonados en un misterio incomprensible. Desde el desconcierto lanzado como queja de los que experimentaron tu amor alguna vez, pero se sienten abandonados ahora, y sólo en la lucha contigo esperan su salida, desde todas las noches del espíritu, llega hasta tus manos de Padre nuestro grito.
En ese grito tuyo último, dolor de hombre y dolor de Dios, inclinamos agotados la cabeza y te entregamos el espíritu cuando llegamos a nuestros límites, donde se extinguen los esfuerzos y los días y donde empezamos a resucitar contigo
Benjamín González Buelta, S.J.
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