Por pocote el 27-Oct-2008 | Si uno escucha a los funcionarios del gobierno y al propio presidente hablar sobre las bondades de este sistema, de la estabilidad macro económica, de una óptima cosecha de cereales, sobre todo frijoles, y si a ello agregamos el cínico discurso (?) del candidato Ávila, hablando ?enérgicamente? que no permitirá el abuso en el precio de las medicinas y los combustibles, llega a hacerse la falsa pregunta de ¿cuál crisis? La debacle mundial financiera, la reconocida y proporcional inflación, la carestía de que nos dolemos ¿qué restricciones ejercen sobre ese mercado específico y selectivo de cosas buenas y anheladas por una demanda que no se restringe? ¿Dónde está la crisis, si no se detienen las ventas de bebidas, autos, refrigeradores, televisores, etc.?
Pero la crisis, en las formas aceptables de inflación y carestía, la anunciada recesión, la angustia familiar, sí existe. Sólo que es soportable y no afecta la capacidad de compra de las clases altas y quizás capas medias de la población. Les cuesta más, pero todavía guardan un poco de dinero. Siempre ha sido así. Una minoría de la población salvadoreña constituye el mercado de los artículos suntuarios, o menos necesarios, y de los servicios placenteros con una costosa carga de factores superfluos, parte no de la eficacia real sino de la vanidosa condición que proporciona la servidumbre. Hay que pasar por la Zona Rosa, Multiplaza o Galerías de la Escalón para llegar, grosso modo, a esa conclusión y entonces volverse a preguntar ¿cuál crisis, que inflación, dónde está la carestía restrictiva?
Pero millones de salvadoreños, al menos un 70% de los siete millones de habitantes actuales, sufren la restricción que causa el alza de los precios. Una gran parte con ingresos moderados y bajos, menos marginados que los otros, y parte ya de una sociedad de consumo todavía modesta; en la base piramidal de los que consumen y soportan los vaivenes de la economía excluyente y concentradora desde casi 20 años con los cuatro gobiernos areneros, ahora más agobiante por las circunstancias internacionales, padecen las tendencias inflacionarias ?el menor valor de sus raquíticos ingresos? y no pueden salirse de la enajenación causada por la lucha comercial, con el fuerte apoyo publicitario que los induce a comprar artículos de marca y de ?prestigio social?.
En estas circunstancias: economía deprimida, agricultura abandonada, servicios hospitalarios y médicos insuficientes, corrupción en todas las escalas gubernamentales, contrabando, impunidad de funcionarios, incluyendo diputados y magistrados de la Corte Suprema de Justicia y de la Corte de Cuentas, Tribunal Supremo Electoral totalmente incapaz y sumiso a los dictados de la presidencia de la república, transnacionales del petróleo, de los medicamentos, de los fertilizantes, de la minería, actuando como dueños del país, cómo puede afirmarse que ?estamos bien?, que ?nuestras finanzas están sanas? y que ?el país no será afectado por las crisis mundiales financieras, energéticas y alimenticias?. O los funcionarios y el mismo mandatario están diciendo la verdad o los salvadoreños pecamos de ignorantes o reos confesos del delito.
Es más: en las últimas semanas han bajado considerablemente las remesas provenientes de los salvadoreños en Estados Unidos. Los pocos compatriotas acostumbrados al uso y disfrute de ciertos bienes, han interrumpido su ritmo de compras. Se resiente la carestía impuesta por las tendencias inflacionarias y por el aumento en todos los renglones que impone la especulación general del comercio. Si ya éramos deficitarios, en el presente también ha disminuido la producción de artículos de consumo necesarios. La producción se ha vuelto estática y, reafirmamos, el consumo se restringe por la carestía. Como bien lo señalan los economistas, las compras se reducen por eso, y por el otro factor inseparable que es la desvalorización real del salario e ingreso familiar a causa de los efectos inflacionarios del dinero y en el caso muy particular nuestro por la disminución de las remesas.
No son ciertas las declaraciones oficiales, ni el optimismo está protegido por el bienestar de las mayorías poblacionales, al llegarse a coyunturas económicas como la presente, el país paga, en la cabeza y el estómago de la población trabajadora y las capas consumidoras. Las minorías privilegiadas están felices porque el gobierno no toma medidas para proteger al pueblo de la especulación y los altos precios de las medicinas o los productos básicos (el candidato Ávila con total cinismo e irresponsabilidad le promete a la población que ?no permitirá abusos?, cuando el mismo régimen es incapaz de frenar tales abusos), en cambio las mayorías se irritan y están al borde del suicidio y del pánico colectivo al constatar día a día que no cuentan con suficiente dinero para tan siquiera llevar una libra de frijoles para alimentar a sus hijos. Vivimos en una sociedad altamente injusta, determinada por la gran mayoría de salvadoreños cuyo ingreso per capita los mantiene en condiciones de subsistencia y otro número, un 2%, de ingresos exagerados, que son, por supuesto, los amos de Arena y los que a toda costa financian campañas sucias para impedir un anunciado triunfo electoral del FMLN.
Las encuestas, ya lo hemos dicho, revelan que casi el 90 por ciento de la población reconoce que la economía está mal y por cierto lo atribuyen a las políticas erradas de éste y los anteriores gobiernos de Arena; sólo un porcentaje muy bajo lo atribuye a la situación internacional. En estas circunstancias resulta cínico y más que abusivo pedir una vez más los votos para continuar con la misma política y el mismo sistema de gobierno exclusivo para la argolla dorada y multiplicador de la miseria de millones de salvadoreños. Ávila y el tránsfuga que lleva de compañero de fórmula, no tienen argumentos ni recursos para defender sus propuestas de ?construir un país más justo? o de ?combatir los abusos en los precios de las medicinas? o de ?controlar los precios de los frijoles y el maíz?, cuando han tenido 20 años para hacerlo y no lo han hecho, sencillamente porque el modelo neoliberal que han desarrollado privilegia la mercancía, el dinero, las ganancias exorbitantes sobre las necesidades más sentidas de la población.
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