Por AdR el 07-Apr-2008 |
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Érase en un tiempo impreciso un hombre que tenía un jardín privado cuyas puertas abría al público a diario. Era un pequeño jardín intramuros que formaba sinuosos caminos y veredas entre pequeños estanques con nenúfares. Allí vivían las rosas y azucenas, las amapolas y gladiolos; las petunias, jacintos, dalias y caléndulas, derramadas por doquier; y un buen número de lavandas, alhelíes y magnolias... todas se asomaban, unas más esquivas que otras, a los bordes de los senderos, como queriendo alimentar las esperanzas y sueños de los transeúntes. Por los muros que rodeaban el lugar se desvivían por huir las cabelleras de los jazmines, alertando con su fragancia del pequeño tesoro oculto que el hombre había puesto en mitad de una ciudad de edificios tumultuosos e imperecederos.
Cada semana el jardinero adornaba el lugar con nuevas flores perfumadas y hermosos ramilletes y tiestos embadurnados con esencias aromáticas y volátiles. Para realizar ese trabajo solía madrugar mucho porque, sobre todo, le gustaba disfrutar de sus flores mezcladas con el rocío de la mañana; del olor que emanaba tras una tenue lluvia matutina... o del brillo de las corolas con las primeras luces del alba.
Cuando acababa su tarea diaria el jardinero guardaba sus herramientas, abría las puertas del jardín y se sentaba en un pequeño taburete al final de un camino, desde donde podía contemplar a todos los que decidieran, doncellas y caballeros, pasear por el lugar y admirar la belleza y paz de sus coloreados recodos y rincones perdidos. A todas las visitas el jardinero les regalaba una sonrisa y un modesto ademán de aceptación. A todos excepto a ella.
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 El jardinero tenía decorado de manera singular un sendero para ella; un camino adornado con bouquets de calas, vasijas y cubiletes de tulipanes tornasolados y cabelleras de orquídeas que parecían languidecer dentro de ánforas rotas en tiempos inmemoriales. Todas colocadas de forma estratégica para acompañar el paso de sus miradas. Nada de rosas en ese sendero, porque ella era tan sutil y a la vez tan sofisticada que las rosas se volvían unas flores demasiado típicas para coronar un amor invisible.
Cuando ella hacía su aparición diaria en el jardín el hombre se levantaba de su taburete y no apartaba los ojos de su lento y elegante caminar. Cuando ella acababa su recorrido, antes de salir, se volvía hacia él y, en la distancia, le regalaba una sonrisa. El jardinero bajaba la cabeza y recogía en un parpadeo su obsequio, así alimentaba su alma para el resto del día. Luego ella desaparecía... hasta el día siguiente.
Pero llegó un día en que ella no volvió. El jardinero continuó decorando el sendero como a ella le gustaba, cambiando de lugar sus flores favoritas, elaborando exquisitos ramilletes de ambrosías y nuevos conjuntos florales que brotaban desde el mimo y el cariño más profundos.
Pasaron semanas, y ella no regresó al jardín.
Pasaron meses y el jardinero cayó enfermo, pero aun así no desistía ni un sólo ápice en sus tareas.
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Entonces llegó una mañana en que se sentó en su taburete y comenzó a enredar sus pensamientos... no le encontraba sentido a todo lo que tenía a su alrededor, a todo lo que había creado, si ella seguía sin aparecer por el jardín. Cayó en la cuenta que toda su obra, todas aquellas flores, estaban allí y existían para ella. Desde el principio... sin él tan siquiera saberlo, había sido así.
De modo que al atardecer el jardinero se levantó, casi de manera inconsciente, se retiró de su taburete y empezó a caminar hacia la puerta, una tenue luz solar anaranjada y plomiza dominaba el lugar. A medida que se alejaba iba sintiendo cómo su corazón latía con menos pasión y brío, la ilusión le abandonaba por segundos... el jardinero estaba perdiendo el sentido del ser romántico que habitaba en él. Pero debía salir, tenía que encontrarla.
Atravesó la puerta del jardín y salió a la ciudad, perdido...
...Y así es como comienza el cuento de El Hombre Sin Tildes.
Nota: Conoce su historia: Primer Acto Segundo Acto
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