Una vez el antes conocido como Hombre Sin Tildes hubo recuperado sus recuerdos inició una búsqueda ilusionada y agónica para darle encuentro a la mujer de sus sueños. El Hombre recorrió escondidas calles de pueblos y grandes ciudades de países lejanos, tierras montañosas, ruinas remotas... y pastos y paisajes devastados. Viajó durante mucho tiempo, perdido, y apasionado a la vez; y en su ímpetu por hallarla no trazaba un camino definido sino que se dejaba adolecer por el desorden y el desconcierto establecido por su destino.
Buscaba como si el tiempo nunca hiciera mella en sus ganas.
No desistía en su empeño, día y noche, incluso creía alcanzarla en sus más profundos sueños... hasta que una mañana, paseando por las calles de una ciudad que parecía no tener nombre vino a dar a un muro ancestral y polvoriento que pervivía a duras penas entre los edificios más modernos.
Al caminar junto al muro aspiró un aire mezclado de exquisitas fragancias que le resultó familiar y lozano. Lo rodeó hasta que llegó a un portón entreabierto de madera vieja y roída. Empujó con cuidado y sus goznes rechinaron con un quejido moribundo y primigenio. El Hombre entró con pasos sigilosos y templados.
Y vio la maravilla que allí escondían los muros.
Era un pequeño jardín lleno de veredas y senderos adornados con las flores más vivas y frescas que jamás había podido imaginar...
"He estado aquí antes" se dijo.
Embriagado por los perfumes que dominaban el lugar llegó a una senda adornada con
bouquets de calas, vasijas y cubiletes de tulipanes tornasolados y cabelleras de orquídeas que parecían languidecer dentro de ánforas rotas en tiempos inmemoriales. Un
deja vu acunado en una brisa le envolvió por completo al llegar al final del camino. Miró alrededor, asustado, y vio que no estaba solo. Una anciana le observaba en la distancia.
- ¡Buena mujer! - dijo el antes Hombre Sin Tildes.
La anciana se levantó de su taburete y caminó hacia él. Cuando estuvo delante dijo sonriendo:
- Has vuelto... siempre supe que volverías.
El jardinero la miró en lo más profundo de sus ojos, la miró como nunca jamás había mirado antes a ninguna criatura sobre la Tierra. Incrédulo.
- ¡T
ú!... - exclamó con asombro - pero... ¿tanto tiempo ha pasado?.
El jardinero se miró las manos. Para él siempre habían sido sus manos, siempre las mismas, pero en ese momento se percató de algo... Sí, era posible que hubiesen cambiado. Pues ahora no parecían tan suaves y tersas, y sí castigadas por el paso de un tiempo que se antojaba perdido. Luego se asomó a un pequeño estanque de nenúfares que había a sus pies. Allí, en un espejo de agua clara, pudo escrutar su rostro. Era un rostro avejentado, una piel tostada por un sol de décadas y llena de pliegues. Pero unos pliegues que parecían haber doblado con mimo el paso de los años.
- Ha pasado mucho tiempo, cielo - dijo ella -. Cuando volví a nuestro jardín ya te habías ido.
- Te amo - dijo el jardinero.
Ella le tomó de la mano y le llevó junto a un recodo del camino, uno muy especial que había preparado para ellos dos. Acercó sus labios al oído del jardinero y le susurró su nombre, tan esperado, él se lo guardó muy adentro.
Y los dos lloraron en paz.
... Y así es como acaba este cuento, al final del sendero, con el Hombre Sin Tildes en tu regazo, para que llenes con cuantos besos quieras sus labios.