Pese a todo, tal vez por llevar aún la L, o simplemente, por estar en Babia y no circunvalando Mataró camino de Granollers, sólo ante el volante me surge un razonamiento profundo, una reflexión instantánea. Una ciudad un tanto tétrica, opaca y rara para un infante de poca edad ha acontecido urbe querida, vecina, cómoda en la que guardar un ?algo? de experiencia propia. Mataró sigue siendo Iluro, su fábrica Abanderado y la primera estación (también la primera autopista) de toda España. Sin embargo, algo a cambiado. Paso por la Ronda y siento que todo es algo familiar, pasando del primer pino al último bloque de pisos. Mataró se ha acabado por convertir en un enclave preciado, un guarda custodio de sentimientos y experiencias. Sigo el trayecto. El caso es que no he vuelto a nacer, ni mis genes han cambiado, pero todo el terreno me parece más inherente a mis adentros, más propio, más tranquilizador y placentero.
En mi cuerpo quizás se haya renovado alguna célula, algún pelo o algún átomo veloz que, queriendo pasar desapercibido, no supo esconderse de la existencia. En esencia sigo siendo el mismo, un mismo DNI, dos mismos apellidos. La mente me habla en un discurso semejante en andamio, fortalecido en neuronales ladrillos, aprendizaje en materias y experiencias.
El gran cambio de estos últimos meses ha sido la reagrupación de mi círculo vital. Una reunión familiar, renovada, por la que mis más próximos colaboradores, cuanto menos en el sentimiento, se han mudado a calles más cercas, dando sentido a los arcenes y los bancos, a las calles y al pueblo. Vilassar se transforma en una guarida más acogedora, un sito más propio sin haber cambiado ni de idioma, pensamientos o principios. Simplemente me siento realizado en un tiempo y un lugar dado, en un juventud y un pueblo al lar del gran soberano de entre los salados.
A veces pienso que no hemos dejado de ser, en cierto modo, meros gorilas sin pelo. Cada día nos hacemos la cama con diferentes materiales, solemos cambiar las sábanas, acostarnos con múltiples, y diversos, pensamientos. Las hojas y demás materias orgánicas son nuestros recuerdos: el beso de la pasada noche, el anhelo de la siguiente. Con el paso del tiempo uno se da cuenta del porqué existen pocos animales que n

o sean nómadas. Los cambios nos configuran y nos hacen cambiar de forma tan extremadamente curiosa que sólo puede llegarse a comparar con nuestra esencia que siempre permanece innata: un gorila para infinitos lechos.
La reagrupación familiar, aunque no supere el terreno de una provincia, me hace ver cuán cierto es que en el fondo todo son pensamientos semejantes a lianas y helechos. Mi simiesco antepasado se reencarna en mis carnes, sintiéndome partícipe del cambio, de una nueva morada, del cambio perpetuo. Si los terrenos son los que cambian, y no las almas (en singular de número), ¿cómo existe equilibrio en el suelo, en las mezclas de triángulos de caliza, granos de arcilla o columnitas de cuarzo? ¿¡Cuál es el motivo para centrarnos en los territorios, cuál es el distorsionador que nos hace mover el prisma de los cuerpos a las fronteras!?
Caminamos, sin pausa alguna, hacia nuestro propio destino. Unos con unos pasos, otros con unos iguales pero distintos. Todo es monotonía caótica que sólo conoce de un designio: hacernos sentir personas, sujetos de vivencias y sentimientos. Quizás llegue el día en que acabe de comprender lo que ahora mismo comienzo a descubrir, cuán importante es saber escoger las pequeñas piedras, los recuerdos, mejor dicho, esas plantas en las que medrar, dormir y despertar, diciendo que vivo en un ente físico, no en la niebla del sueño...