Por pocote el 12-Dec-2008 | El conocimiento es un arma formidable para transformar y cambiar muchas cosas, desde la complejidad de los sistemas económicos hasta la simpleza de limpiar y abonar una parcela de tierra para aumentar la producción y la productividad. El avance de la ciencia, la cultura, la tecnología y la educación con todo ha sido patrimonio casi exclusivo de las naciones desarrolladas, países como el nuestro han permanecido congelados en la era feudal, sin darle oportunidad a la mayoría de sus habitantes de estudiar y cultivarse. Los grandes pensadores sostienen que la clase burguesa y sus aparatos de represión para mantener el estado de cosas, es decir la explotación, la marginación y la opresión, impiden la superación masiva de hombres y mujeres. El remedo de Reforma Educativa que a finales de los años 60 y principios de los 70 inició el Ministro de Educación, Walter Béneke, privilegió las carreras técnicas para surtir de mano de obra barata y medianamente formada a las empresas y fábricas salvadoreñas. De manera perversa se cerraron la Dirección General de Bellas Artes, las escuelas de música y teatro, el Coro Nacional y se redujo a la mínima expresión el apoyo a las academias de artes plásticas, la Sinfónica Nacional, la Dirección de Publicaciones e Impresos y muchos centros de difusión de la educación y la cultura. Las lecciones venían del Japón, enorme país centrípeto y centrífugo, que por cierto se había cerrado totalmente a las inversiones extranjeras ?incluidas las norteamericanas?durante decenios. Los samuráis feudales de su economía habían mantenido, por mucho tiempo, la frontera cerrada. De repente la abrieron pronunciando estas palabras: ?la economía japonesa es, hoy, una realidad internacionalizada?. Béneke fue por varios años embajador de El Salvador en ese país del lejano oriente. Admiró su desarrollo industrial y tecnológico, y pensó que siguiendo su ejemplo la burguesía salvadoreña que había invertido parte de los millones obtenidos de la explotación en el agro en la naciente industria podía lograr algo similar. Ese era su pensamiento y su guía al momento de iniciar la Reforma Educativa. Los capitalistas y admiradores del neoliberalismo gustan hablar de democracia y plenas libertades, de libre comercio, mercancías y mercados abiertos sin restricciones de ninguna especie. El dinosaurio de el diario de hoy repite constantemente que ?la imposición de impuestos y otras cargas tributarias han producido la caída de los imperios?. Esta clase de barones de la explotación y la usura, expresan que el desarrollo del país, en su nueva dimensión (?un país más justo?, dice el policía fracasado Rodrigo Ávila) requiere la cooperación del capital y de la tecnología externa, pero ?añaden?la dirección y las prioridades de nuestro desarrollo han sido claramente establecidas y son inalterables. Esta forma de pensar es feudal y aberrante: sus prioridades son las de siempre, las legadas por sus antepasados: conservar el estado de cosas, un país ?con libertades? para explotar a sus semejantes, para mantener a las mayorías poblacionales en la ignorancia, para festejar sus logros (crecimiento de la economía, mayores ganancias anuales de sus empresas, aumento de la producción, más exportaciones, menos impuestos, más contrabando), en síntesis seguir teniendo un Estado de rehén y dispuesto a otorgarles toda clase de privilegios. Ni más ni menos como los cuatro gobiernos de Arena que han ayudado a acrecentar las fortunas de la ?argolla dorada? y a crear nuevos ricos. No señores, para que un pueblo como el nuestro progrese y exista equidad, hay que tener, como raíces, las leyes de la prioridad. La lección de esa hipótesis es grave, cuestionable, acaso, pero progresivamente alertadora: las grandes estructuras económicas del planeta se intercomunican. Esa realidad transporta consigo o una reversión de estrategias o una ponderación nueva de las leyes del proceso económico. Los capitalistas son en esencia ambiciosos, usureros y no conocen o no les interesa practicar la solidaridad o el bien común; hacen ?caridad? en eventos públicos como la Teletón, un evento sumamente cuestionado y nunca demasiado claro en sus ingresos y realizaciones; por supuesto una oportunidad única para que los explotadores ?muestren su rostro amable? y sean publicitados por el diario de hoy como los ?grandes benefactores de El Salvador?. Arena representa a esta clase de personas, como en su momento lo hizo Pro Patria, el PRUD y el PCN. Lo hemos dicho en muchas oportunidades, El Salvador no logrará su pleno desarrollo educativo, tecnológico y cultural con esa clase de personas e instituciones políticas. Aquí no se trata de proteger nuestras libertades o nuestro derecho al trabajo, estas opciones nadie se las puede quitar a los salvadoreños; se trata de construir una sociedad distinta, de eliminar el egoísmo, la envidia, la ignorancia y todas esas prácticas aberrantes que impiden el acceso a la educación primaria, secundaria y universitaria de las mayorías poblacionales. Se trata de construir país, de una distribución equitativa de la riqueza, de no continuar con esa política perversa de no generar empleos para que más salvadoreños emigren hacia los Estados Unidos y envíen remesas para seguir con ese círculo vicioso de alimentar a los banqueros mafiosos y a los grandes centros comerciales. La inflación y la pobreza son más que un drama, una tragedia en El Salvador. Los culpables del desastre económico tienen nombre y apellido, no es necesario buscarlos debajo de la cama o en las montañas. Así como aquel puritano de la irracionalidad llamado Foster Dulles ?inventor por cierto de la teoría del dominó?acostumbró a los países más ricos de la tierra a vivir sobre las movedizas arenas del equilibrio, aquí también los agoreros, los explotadores y sinvergüenzas, desarrollan campañas sucias y negras para mantener en el miedo a los salvadoreños. Todo tiene un principio, pero también un final. Los creadores del mito del libre mercado y las bondades de la democracia con el modelo neoliberal, tienen sus días y horas contadas; con todo, lucharán hasta el final de eso no hay duda alguna; pero la luz al final del túnel más que chispas muestra grandes destellos.
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