Por Dadan Narval el 11-Apr-2008 | Hay que ver qué cabrón, pero qué cabrón, es a veces el dios que rige la cosa esta del fútbol. Ayer, a ese dios caprichoso, imberbe mimado que no atiende a razones ni a sentimientos, le dio por jugar un rato con los muñequitos con los que los dioses juegan, esos que conocen con el nombre de “hombres”. Abrió su baúl de los jueguetes y sacó unos muñecos blancos y otros azules. Los puso sobre la alfombra y, a sabiendas que los azules tenían más cuerda y que probablemente en igualdad de condiciones habrían ganado a los blancos, los dejó en inferioridad numérica. Devolvió al baúl, así, una de las figuritas azules. Quizá la mejor de ellas. Al menos una de las mejores. Después, se sentó a ver qué sucedía. ¿Qué pasaría por la mente del hombre azul que fue borrado de un plumazo del campo por el dios fútbol? Nadie lo sabe, ni siquiera los dioses.
El dios fútbol, niño juguetón, decidió dejar a las figuritas solas, sin intervenir durante un buen rato, a ver qué pasaba. Y sucedió que las figuritas azules en lugar de esconderse porque eran menos, hicieron de la valentía su santo y seña y comenzaron a jugar mejor que nunca. El dios mimado atendía al hecho insólito de que los muñecos blancos, que se suponían más grandes, fuertes, resistentes y efectivos ?en sus espaldas ponía made in Germany- parecían los juguetes de los juguetes: muñequitos blancos en manos de muñequitos azules.
A mitad del recreo de ese niño dios, uno de los muñequitos azules tomó cuerda y tras recorrer a ritmo de tic-tac toda la alfombra verde del cuarto, pateó la canica y la metió en la mitad de la caja de zapatos que hacía de portería. Los resortes de los hombrecitos azules saltaban y saltaban y el niño dios se imaginaba a todo un estadio coreando el nombre del muñequito azul, a millones de personas mirando sus televisores con banderas azules. Y la imagen no le gustaba. Ya hemos dicho que era un niño consentido, malcriado y mimado, a pesar de ser también un dios.
Así, casi al final del recreo, al ver que los hombrecitos Germany que tanto le gustaban no podían con los pequeños azules, decidió intervenir. Para que los hombrecitos no supieran que lo había hecho, metió la mano en una jugada embarullada, en un momento en el que había tantos muñequitos en tan poco espacio, que nadie se daría cuenta de que, entre ellos, los dedos asalchichados del niño dios, intervinieron. La canica rebotaba de un lado para otro cuando él cogió de la espalda a uno de los blancos que le era especialmente simpático porque parecía estropeado, y lo empujó para que lograra su objetivo. Conseguido éste, el niño dios se imaginó a todo un estadio en silencio, apesadumbrado por lo acontecido, a millones de muñequitos pegados a la tele, tristes, cabizbajos, pensando que todo está terminado. Esa imagen le gustaba. Sonrió, porque se sentía importante, malvadamente trascendente. Eso de jugar con figuritas, de hacerles sentir que de sus acciones dependía su destino era muy divertido.
En ese momento, sin embargo, en la habitación del niño dios entró la diosa madre. Viendo la sonrisa maquiavélica de su hijo, se temió lo peor.
- ¿Qué haces? ?le preguntó
- Nada, jugar con mis figuritas ?respondió el niño, escondiendo con las manos en la espalda una de ellas.
La diosa madre atendió al juego del niño y corrigió sus acciones. Le explicó que como dios que era tenía una responsabilidad para con sus muñequitos. Le dijo, como tantas veces, que no por cruel era más importante, y que esas cosas no se hacían. Durante quince minutos, la madre veló el juego del dios fútbol, que se vio obligado a dejar actuar libremente a sus juguetes. Los azules, sin los dedos del dios niño zancadilleándoles, metieron por dos veces las canicas en la media caja de zapatos que hacía de portería. El niño protestaba hacia sus adentros, mostrando una mueca de disconformidad por lo que pasaba. La diosa madre, conocida por los muñequitos con los nombres de Justicia y Razón, sonreía viendo el espectáculo.
Pero después tuvo que marchar. Antes de salir de la habitación advirtió al dios niño que no interviniera en la alfombra. ?Has de saber mantenerte ecuánime, no intervenir a favor de unos por mero capricho. Aún cuando tú los veas como meros juguetes, tienen sus sentimientos?, le dijo. El dios fútbol prometió a su madre no imponer sus caprichos, no ser cruel. Ella le dio un beso en la frente y salió de la habitación.
El niño dios pegó la oreja a la puerta y quedó escuchando los pasos de la madre, para asegurarse de que se alejaba. Mientras tanto, miraba de reojo a la alfombra. Los azules no solo aguantaban para que la canica no entrara en su portería, sino que además en más de una ocasión estuvieron a punto de meterla en la de los blancos.
No había ruido, nadie les molestaría. El niño volvió a la alfombra con crueldad renovada. En esas el que hacía de portero de los azules saltaba a agarrar la canica que volaba por los aires. Cuando la tuvo entre sus bracitos, el niño dios, la empujó con su dedo gordo. La canica cayó a la alfombra y uno de los muñecos blancos aprovechó para introducirla en lo que hacía de portería.
Pasaron unos minutos más. El dios niño reía por dentro viendo cómo los azules corrían por la alfombra agotando toda la cuerda que tenían.
- No saben lo que les espera ?se decía, y se regodeaba en su crueldad.
Se imaginó los miles de muñequitos imaginarios que soñaban con que los azules lo lograrían finalmente. Ilusos, pobres ilusos que no imaginaban que todo estaba ya decidido, que no sabían que existía un dios llamado fútbol que jugaba con ellos en su alfombra verde.
Esperó hasta el último segundo del recreo, hasta ese instante final en el que los azules creyeran que ya tenían alcanzada la meta. Y en cuanto se convencieron de que ya casi estaba, actuó. Volvió a meter mano en la alfombra y rió, rió estruendosamente, como solo un niño cruel, mimado y malcriado se ríe cuando engendra una de sus fechorías.
La madre escuchó las risas del niño y volvió a la habitación. Vio los muñequitos azules desperdigados por la alfombra, tumbados, con el tic-tac de su cuerda apagándose definitivamente. El dios fútbol hizo todo lo posible por ocultar su satisfacción, pero no podía evitar sonreír, y la diosa madre se percató de lo que había hecho.
- Ay, ¡¿pero qué voy a hacer yo contigo?! ?dijo, resignada-. Tienes ya más de ciento cincuenta años. ¿No es edad de dejar de jugar ya cruelmente con estas pobres figuritas?
Su pregunta no encontró respuesta. La diosa madre negó varias veces con la cabeza. En verdad que este hijo suyo no tenía remedio.
- El miércoles que viene castigado sin jugar ?concluyó, y se dejó al niño solo, cerrando la puerta de la habitación tras de sí.
El silencio reinaba en el cuarto. El niño recogió los muñecos y los introdujo con todos los demás que tenía ?de todos los colores: amarillos, rojos, negros, pero también blaugranas, rojiblancos, blanquiazules…-.
- ¿Castigado el miércoles? -se dijo-, eso ya lo veremos.
Y con su sonrisa malvada, cerró la puerta del baúl, dedicando un último vistazo a sus figuritas azules.
- Ya lo veremos.
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