Por El laber el 01-Nov-2009 | Muchas culturas creen que los muertos regresan al mundo de los vivos para visitar a sus familiares, al menos una vez al año.
Durante la celebración de la noche del 31 de octubre al primero de noviembre, el sentimiento de proximidad con los difuntos era tal, que cualquier ser vivo podía descender al mundo inferior para comunicarse con ellos en una especie de confusión cósmica, lo que ha dado lugar al nacimiento de una multitud de leyendas al respecto. Durante esta noche, los muertos podían estar entre los vivos, era el tiempo cuando el velo entre los mundos estaba más delgado y los vivos podían también comunicarse con sus seres queridos ya fallecidos.
Según escribe Dolors Llopart en su libro "El origen de la fiesta de todos los Santos", "las fiestas de Todos los Santos y Difuntos son, en sus raíces, fiestas otoñales que nos anuncian la inminente proximidad del invierno. La tierra, símbolo femenino, aparece yerma en esta época del año, cubierta de rastrojos, después de la tala o la siega hechas en julio o en agosto, pero después de recibir la semilla, símbolo masculino, esta tierra se torna en esperanza de continuidad de la vida para todos los humanos. Estas fiestas representan, en cierta manera, un momento de acuerdo o de reencuentro entre el mundo de los muertos, simbolizados en el mundo real por la tierra yerma, y el mundo de los vivos, simbolizados por las semillas que se sembrarán y que harán posible la vida en el futuro".
El origen de la fiesta de Todos los Santos
Durante la persecución de los cristianos por el emperador Diocleciano, hubo tantas muertes que no se podían conmemorar todas una por una y santo por santo. Así surgió la necesidad de organizar una fiesta común que pudiera rememorar a todos. Pero hubo que esperar hasta principios del siglo VII para que ello tuviera lugar.
Fue Bonifacio Ill quien consiguió del emperador Focas un edicto reconociendo a Roma como cabeza de todas las Iglesias, pero en la disputa, concedió al patriarca de Constantinopla el título de «patriarca ecuménico».
Bonifacio III murió a los nueve meses de pontificado, el 12 de noviembre del año 607. El 15 de agosto del 608 fue consagrado obispo de Roma un monje benedictino originario de los Abruzos, con el nombre de Bonifacio IV. Con motivo de su elevación al solio pontificio, recibió un presente importante: el emperador Focas le regaló el Panteón.
Este templo de planta circular, coronado por una impresionante cúpula, había sido construido en el año 27 antes de Jesucristo por Agripa en honor de todos los dioses. Bonifacio decidió al punto convertirlo en iglesia y, en el año 609, consagró el edificio a «Santa María de los Mártires», en memoria de todos los que habían derramado su sangre por dar testimonio del único Dios. Se instituyó entonces la fiesta de Todos los Santos.
Por otro lado, en el año 998, San Odilón, abad del Monasterio de Cluny, en el sur de Francia, añadió la celebración del 2 de noviembre como fiesta para orar por las almas de los fieles que habían fallecido, por lo que fue llamada Fiesta de los "Fieles Difuntos".
La fiesta de Todos los Santos inicialmente se hacía en el mes de mayo, hasta que el Papa Gregorio III (731-741) la cambió al 1 de noviembre, fecha que ha venido celebrándose hasta nuestros días. Este cambio se produjo debido a la conversión (o a los intentos de conversión) al Cristianismo de los pueblos de tradición pagana que se negaban a abandonar sus raíces y fiestas. Los dirigentes católicos pensaron que, al instaurar fiestas nuevas en la misma fecha y de similar apariencia doctrinal que las antiguas o propias de estos pueblos, les sería más fácil a estos nuevos creyentes ir abandonando sus antiguas creencias, sin que esto supusiera desechar su cultura e identidad.
El 'Samhain'
Al conquistar los romanos a los celtas, influenciaron el mundo céltico con su cultura, tradiciones y festivales. Más adelante, con la llegada de los cristianos, éstos últimos consideraron que los celtas adoraban al diablo, aunque el diablo nunca existió en la religión céltica. Los cristianos determinaron que la manera de convertir a los celtas al cristianismo era adoptando -y adaptando y 'santificando'- los festivales de los celtas en otros religiosos. Así, el 31 de octubre se convirtió en la víspera del día de Todos los Santos (All Hallow's Eve). Pero los pueblos celtas nunca aceptaron del todo las tradiciones cristianas y por eso todavía están vigentes algunas de las tradiciones de la noche del 31 de octubre, que para ellos y también en otros muchos países, especialmente en la cultura anglosajona, es una noche de magia, brujas y fantasmas.
La víspera del 1 de noviembre se celebraba el 'Samhain', fiesta pagana celta que marcaba el final del verano y las cosechas e introducía los días de frío y oscuridad. Para los celtas, que dividían el año en dos partes, verano e invierno, el cambio de estaciones adquiría una importancia mágica. Samhain era el festival más importante, ya que era el último día de la cosecha y el comienzo del invierno. Concretamente, este festival se celebraba entre finales de octubre y principios de noviembre.
El primero de noviembre constituía para los celtas una de las grandes festividades del año. Representaba el comienzo del año, el final del verano y el principio del invierno. Era un tiempo de recolección de semillas y matanzas de animales con el fin de aprovisionarse para las inhóspitas y largas jornadas invernales. La noche anterior, organizaban festivales para celebrar el cambio de estación y la llegada del año nuevo. Pensaban que durante la noche del 31 de octubre, los espíritus de los muertos regresaban para comunicarse con los vivos. La vida y la muerte entraban en comunión y todas las barreras que separaban a los dos mundos se derrumbaban. De esta manera los vivos podían consultar con los espíritus de sus antepasados los temas de interés y al mismo tiempo solucionar culpas y errores del pasado que habían quedado pendientes, se libraban de viejos compromisos, adoptaban nuevos hábitos y podían averiguar el futuro. De alguna manera esos espíritus benefactores orientaban a los vivos en asuntos importantes del presente librándolos al mismo tiempo de las mentiras del pasado.
Pero los druidas pensaban, además, que durante la noche del 31 de octubre Samhain, el caballero de la muerte, convocaba a todos los espíritus maléficos. Para ahuyentarlos encendían hogueras con el convencimiento de que el fuego purificador acabaría con ellos. Los celtas, insistimos, creían que en esa noche, la puerta que separaba el mundo de los vivos y el de los muertos desaparecía. Para mantener a estos espíritus contentos y alejar los malos espíritus de sus hogares, los celtas dejaban comida o dulces fuera de sus hogares. Esta tradición se ha mantenido en el tiempo y se ha convertido en lo que hoy llamamos 'trick or treat' (trato o truco), donde los niños van de casa en casa, disfrazados y pidiendo dulces.
Por su parte, el pueblo romano celebraba el 21 de febrero la fiesta de 'Feralia', en la que ayudaban con sus oraciones a la paz y el descanso de sus difuntos. Con la invasión romana, la cultura celta se mezcló con la de los césares y la religión de los druidas terminó por desaparecer. Sin embargo, la "fiesta de los muertos" no se perdió del todo. Los romanos la mezclaron con sus Fiestas de Pomona, dedicadas a la diosa de la fertilidad y de las cosechas, y así el primitivo 'Samhain' de los celtas pudo sobrevivir al paso del tiempo conservando gran parte de su espíritu y algunos de sus ritos. Con el Cristianismo esta vigilia se llamó, como ya hemos dicho antes, “All Hallow´s Eve” (Vigilia de Todos los Santos) y su importancia fue creciendo con el paso del tiempo, así como se fue transformando hasta llegar a lo que hoy se conoce como “Halloween”.
Halloween
Los celtas habitaban en las Islas Británicas, Irlanda, Escandinavia y al oeste de Europa. Sus sacerdotes (druidas) iban casa por casa exigiendo toda clase de alimentos extraños para su propio consumo y para ofrecerlos más tarde a su dios Samhain. Los druidas llevaban consigo un gran nabo hueco ("turnip") y formaban caras grotescas en estas calabazas y encendían carbones dentro de ellas. Esta calabaza simboliza el espíritu del cual ellos dependían para obtener sus poderes y conocimientos. El nombre de este espíritu era Jock. A fines del siglo XIX, los irlandeses introdujeron esta fiesta en América y le pusieron "Jack quien vive en la lámpara" o "Jack O`Lantern".
Gradualmente esta fiesta fue adquiriendo, con el paso de los años, un carácter siniestro, incluso llegándose a creer que, ese día, fantasmas, hadas, duendes, brujas y demonios de toda clase, paseaban por las calles de todos los pueblos y ciudades del mundo. Pese al cúmulo de coincidencias y de ritos superpuestos, la fiesta cristiana conservó guiños de la versión ancestral iniciada por los celtas y continuó siendo para siempre la noche de los que tributaban un especial interés por la muerte y el más allá. Más tarde, se llegó a la comercialización de esta "fiesta", sobre todo en Estados Unidos, buscando la ganancia económica por la venta de dulces, disfraces, tarjetas, posters, etc., que representasen ese "Día de los muertos".
Con el paso del tiempo a esta celebración celta se le fueron añadiendo algunos adosados, tal es el caso de la costumbre de disfrazarse durante esa noche y utilizar calabazas huecas con una vela encendida en su interior. Hay quien afirma que la costumbre de disfrazarse durante esa noche tiene su origen en la Edad Media cuando algunos bandoleros se aprovecharon de estas creencias y después de cometer sus fechorías culpaban a los espíritus y se disfrazaban de diablos y espantos para hacer más creíble su cuento.
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