Por Antonio Agredano el 15-Apr-2010 |
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Leí hace años El Perfume, el one hit wonder del escritor alemán Patrick Süskind. El libro acababa, lamento el spoiler, con el protagonista rociándose por encima el frasco con el mejor aroma posible ?fruto de sus experimentos delictivos- y causando entre el pueblo tal atracción que acaba siendo devorado o destrozado o resobado por los asistentes. Más claro, que tal fue el deseo hacia él que sólo pudieron satisfacerlo zampándoselo. No digo que los periodistas vaya a terminar merendándose a Guardiola, pero ayer, mientras zapeaba en duermevela por los programas radiofónicos deportivos de la noche, sólo escuchaba panegíricos, alabanzas, piropos y sonrojantes reflexiones para el cerebro de Santpedor. Y no digo que no lo merezca, es, siendo objetivos, uno de los mejores técnicos del mundo, pero los contertulios hacen gárgaras con agua bendita antes de hablar de él, y terminan glosando sus pausas o sus bromas como si Guardiola fuera algo más que un técnico de fútbol, como si fuera la encarnación de un ángel en la tierra, como si fuera Grenouille bañado en perfume, vaya.
Muchos de esos periodistas, contertulios, amigos y familiares, son los mismos que se lavan los dientes después de hablar de Laporta. Parecen la piedra negra y la piedra blanca de Lost. Uno representa la virtud y el otro el exceso. Sin embargo, a meses de que el polémico presidente haga sus maletas y abandone definitivamente la casa blaugrana, creo que sería justo reconocer que el Barcelona es algo más que un entrenador osado. El Barça ha sido el ejemplo de un club adaptado a la modernidad, vanguardista, y merecedor del status en el que ahora se encuentra. Creo que Laporta, o su equipo para no personalizar el éxito, ha conseguido dotar a la entidad de unas estructuras a prueba de bombas. Antes de llegar Guardiola el equipo sabía mover la pelota, era capaz de vencer brillantemente en Liga y alcanzar su primera Champions post-Koeman, aquella bonita final con Henry, Belletti y el Arsenal. Pese al declive de un entrenador clave en este proyecto como fue Rikjaard, y con él sus estrellas ?Ronnie, Deco-, el club supo rearmarse y lo hizo de una manera valiente y arriesgada, dando el timón del primer equipo a un bisoño exjugador metido a técnico cuya experiencia pasaba por entrenar al filial en 3ª, al López Caro culé. Nadie daba demasiado por él, y la jugada parecía más un delirio laportista que un planteamiento de futuro. El tiempo dio la razón a la Junta Directiva y encumbró, sin ningún tipo de sombra, a Pep Guardiola.
Lo cierto es que en estos años de mandato, superando el zigzagueante periodo postrero de Núñez y el ilógico de Gaspart, el club barcelonés ha logrado alcanzar las cotas más altas desde que son un club de fútbol. Y ha llovido ya. Guardiola es una pieza fundamental, pero muchas de las virtudes que se le conceden no son tanto exclusivas de su periodo al frente de la plantilla, sino principios inherentes al club. Ya había canteranos brillantes con el holandés que le precedió en el cargo. También la apuesta por el juego de toque, por ese 4-3-3 letal, por los jugadores técnicos frente a la brega todocampista. El 4 del Barça ha sabido agitar los ingredientes y ser el continuador de un ciclo que, con sus pequeños altibajos, ha asombrado a Europa y ha sido bautizado, creo que merecidamente, como el mejor equipo de la historia.
Reinventado a Monterroso, cuando Guardiola despertó Messi ya estaba allí. Y Xavi, y Valdés, y Bojan, y un bloque virtuoso que solo puede producir una entidad bien engrasada, elaborada, un proyecto magistral respetado pese a las injerencias externas, y que hoy, con Guardiola de recolector, mete en un enorme canasto sus frutos. Ayer, mientras escuchaba a los contertulios aplaudir hasta el color de zapatos de Guardiola, pensé lo superficial que puede ser el fútbol cuando no miramos con profundidad las cosas. Yo no creo en los milagros, sí en el trabajo. No me queda otra que alabar la gestión de un club, modélica gestión, y dejaré el resto de lisonjas para cuando no tenga ganas de hablar de fútbol. Dudo que al mediático entrenador, por lo que le he leído antes, le conmueva todo este grupo palmero. Es un genio humilde. Guardiola es, para bien del barcelonismo, el producto perfecto de una maquina idílica. No es el artífice, es el artificio. Eso no le resta mérito, pero si divide el mérito entre los demás.
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