
-¡Qué suerte que lo encuentro, Andonaegui!
-Perdone la rudeza, pero ¿usted quién es?
-¿No me reconoce?
-No
-Yo a usted sí, siempre igualito, no ha cambiado nada, ni usted ni el árbol. Todo está igual.
-Debe ser que usted no, pues no lo reconozco.
-¡Vamos hombre! Míreme bien...
-Lo estoy mirando, pero no sé quién es.
-Me extraña mucho que justamente usted no se de cuenta de quién soy, o quién fui... digamos que hasta he pensado que usted sabría quién seré también.
-¿Yo? ¿He de saber quién será usted? Explíquese.
-Usted sabe de Sofía, ¿no?
-Sí, la conozco.
-La escritora
-Sí
-La que puede crear, decidir, dar vida a los personajes, involucrarse con ellos...
-Ajá
-¡Uy, mire se largó a llover!
-¿Y?
-Me estoy mojando
-¿Y?
-Nada, que llueve y me mojo. Eso.
-Sigue sin decirme quién es usted.
-Ahora ya no importa, me voy, no me quiero mojar. Piense, trate de recordar, y si no puede, siga la historia... verá entonces, quién fui, quién soy, y quizás me diga cómo seguir mi ruta. Adiós. -Adiós.
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