Por Ramón Flores el 04-Mar-2009 |
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No se está viviendo en Nervión la eliminatoria de Copa con la carga emotiva que chispea ahora mismo en cada rincón de Bilbao ?tampoco son las mismas circunstancias las de los dos clubes- pero lo cierto es que el partido de hoy puede marcar un punto de inflexión en la trayectoria deportiva del Sevilla. El club hispalense se encuentra ahora mismo en el punto justo que puede determinar su afianzamiento en una élite en la que ya lleva años asomándose, o un retroceso al segundo escalón de nuestro fútbol, demasiado lejos de ese espacio reservado para Madrid y Barça al que lleva algún tiempo llamando a la puerta.
Recapitulemos brevemente. Tras su último ascenso en 2001, el equipo que preside José María del Nido ha consolidado uno de los proyectos más sólidos, interesantes, serios y fructíferos del fútbol español; seguramente, sólo el Villarreal puede competir con él en este sentido. Las líneas maestras se formularon con claridad casi desde el principio, y se han mantenido invariables en estos años:
-Una secretaría técnica de altos vuelos, donde Monchi ha alcanzado una merecida reputación de milagrero, con fichajes para enmarcar como el de Dani Alves, un buena calidad media en los que han llegado, y un nivel de riesgo bajo, con adquisiciones de jugadores de poco nombre que habitualmente jugaban en ligas de segundo orden.
Potenciación de la cantera, hasta el punto de que en la actualidad el Sevilla Atlético es el único filial que disputa la Segunda División del fútbol español. La competitividad de la categoría facilita el salto al primer equipo, y el buen trabajo con los chavales se ha traducido, en poco tiempo, en la aparición de jugadores con renombre internacional como Ramos, Reyes, Navas o Diego Capel.
-Una política clara de fichajes, que no descarta a la venta de jugadores emblema siempre que el precio cobrado sea el que fija el club, pero que marca una línea de austeridad para las compras. Estas premisas han proporcionado solvencia económica a la institución, mientras que su conjugación con la labor del equipo de Monchi ha evitado, en general, que la competitividad del equipo descendiese.
-Estabilidad en el banquillo, donde sólo se ha prescindido de un entrenador desde el ascenso ?precisamente Caparrós, inquilino hoy del banquillo rival-, ya que la marcha de Juande Ramos fue voluntaria. Junto con el Villarreal, de nuevo, y últimamente el Barça, el equipo que más confianza proporciona a sus técnicos.
-Una línea de juego definida, con un fútbol aguerrido y físico basado más en la velocidad y el uso de los costados que en el toque de balón, que desgasta sin piedad a unos rivales a los que los partidos se les suelen hacer muy largos.
A partir de todos estos supuestos, el Sevilla ha marcado una velocidad de crucero quemando etapas y alcanzando objetivos. Primero superó el fantasma del descenso, más tarde se afianzó en mitad de tabla, después llegaron las competiciones europeas, y finalmente los títulos, la participación en la Champions y la disputa de la Liga hasta las últimas jornadas. Esto último, acaecido en 2007, marcó seguramente el techo, hasta el momento, de esta época dorada del club hispalense. La temporada pasada, en cambio, vio un frenazo en el desarrollo del proyecto, causada en gran parte por dos eventualidades inesperadas: la muerte de Puerta, que sumió al club en la tristeza, y la marcha de Juande Ramos, que dio lugar una cierta confusión. Un año gris del equipo, donde sólo brilló la conquista de la Supercopa a principio de temporada, y la venta de un jugador emblema como Alves el pasado verano, han llevado a unos meses de indefinición, mientras corre un cierto runrún sobre qué va a pasar con el equipo, y hacia dónde va en la actualidad.
Según unos, hay síntomas de que el proyecto ya dio de sí lo que tenía que dar, y hacen falta cambios. Son los críticos que piensan que se ha jugado mal durante la temporada, que la política de ventas se ha desviado, que advierten de la eliminación en la UEFA y de que la Liga está perdida, que piden que Jiménez se vaya y que lleguen caras nuevas. Otros, en cambio, ven la botella medio llena, con el equipo bien situado en la competición doméstica (lejos de unos grandes que están firmando marcas estratosféricas), sólido, recuperando jugadores y con posibilidades de conseguir un título. Estos últimos ?entre los que se encuentra quien esto firma- abogan por la naturalidad y la estabilidad, en la creencia de que el proyecto ha confirmado su validez y está recuperando el rumbo que torcieron las eventualidades ya señaladas. Por supuesto, hay multitud de posicionamientos intermedios, que son gamas de gris entre el blanco y el negro ya descritos.
En esta tesitura, el partido de hoy se antoja fundamental, pues. Llegar a la final de Copa supondría el espaldarazo que Jiménez y el equipo necesitan, la posibilidad de regresar a la reciente senda de los títulos ?una esperanza que siempre tranquiliza a la afición-, una inyección de autoestima por haberse impuesto a un rival sobrerrevolucionado, y el balón de oxígeno que el técnico requiere para acabar la temporada sin sobresaltos. Una derrota hoy, en cambio, significar alimentar los fuegos del debate y la inquietud en la grada; quizás a medio plazo abrir la puerta a la anarquía, y en un futuro la cancelación de un ciclo que ya es espectacular, y que podría llegar a glorioso. Un porvenir incierto, que empieza a dilucidarse esta noche sobre la venerable hierba de San Mamés, donde la decisión corresponderá a los Kanouté, Navas, Palop y, quizá ya disponible, Luis Fabiano.
Si el Athletic busca estar a la altura de su incomparable pasado, el Sevilla se juega gran parte de un futuro que es una incógnita. Tan grande es el partido para los bilbaínos por su carga sentimental, como fundamental en lo deportivo para los andaluces. Uno de esos días que, para bien o para mal, ninguno de los dos clubes olvidará.
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