Uno de los lemas más ?freak-eco-progres? de los que han sonado en los últimos tiempos es aquel que afirma: ?¡salvemos las ballenas!?. Muchos se lo han tomado motivo de chiste, otros han realizado ingeniosas comparaciones con señoras entradas en kilos, mientras que algunos países, modernos en el manga y la tecnología, han

seguido ?a lo suyo?, pescando sin límites, matando a aquello que, pareciendo pez, no deja de ser un mamífero. A decir verdad, en la Historia Natural de nuestro Planeta ha surgido una competición zoológica. A los descubrimientos paleontológicos le responde la realidad faunística de estos, no menos geológicos, tiempos. Los dinosaurios se empeñan en aparecer con sus fémures, cráneos y vértebras, queriendo desbancar del trono de los gigantes a nuestros colosales cetáceos.
En mayo de 2003 un grupo de científicos españoles (partícipes del proyecto Dinópolis) encontraron en Riodeva (Teruel) un saurópodo (dinosaurio de cuello largo) de 35 metros de largo por 45 toneladas de peso, aproximadamente.
Turiasaurus riodevensis, ?lagarto del Turia de Riodeva?, rivaliza con
Argentinosaurus y el célebre
Brachiosaurus por ocupar el puesto de reptil más grande de la historia. Lejos del mesozoico, cercanas a nuestras ciudades, las ballenas se ríen de estos avances. Los humanos nos empecinamos en ignorarles, masacrarles, comérnoslas (en el caso nipón) o, simplemente, sorprendernos del tamaño de lagartos extintos cuando ellas son de piel y carne, de aleta y corazón mamífero.
Se sabe que fueron pocos los dinosaurios con un mínimo coeficiente. Muchos han intentado imaginar un mundo donde éstos no se hubieran extinguidos, escenarios donde
Troodon, por poner un paradigmático ejemplo, hubiera podido evolucionar hasta ser una suerte de ser antropomorfo con escamas da lagarto. Nada más lejos de la realidad, la presunta inteligencia de estos seres jamás llegó a ser semejante a la de un primate, qué decir de la de un cetáceo.
Las ballenas, con sus 30 metros de longitud en el caso de la azul, son capaces de guiarse en lo monótono de las aguas, allá donde el hombre sólo puede hacerlo fijándose en las estrellas, o con brújulas y mapas. La ballena se autoproclama reina de los mares, sierva del elemento primordial, agraviada por quienes reniegan de descender del mono. Los cetáceos se configuran como un taxón derivado de los carnívoros, más cercanos al león o al oso de lo que podamos estarlo nosotros.
Seismosaurus fue una pésima noticia para los cetáceos. Su descubrimiento mostraba a un dinosaurio, estadoudinense-méxicano, capaz de superar en longitud a la ballena azul. No sería nada más que el primer fuego en prender la mecha. Corrigiendo a quines pensaban que los saurópodos sólo reinaron en el Jurásico, los yacimientos cretácicos de Argentina, sobretodo, y

de partes tan ninguneadas, en lo paleontológico, como Australia o Europa (muy especialmente España, y dentro de ella, Teruel), darían un golpe sobre la mesa a base de impactantes descubrimientos de seres superiores, sí en magia no en inteligencia, a las ballenas.
Diplodocus, y con casi total seguridad,
Brachiosaurus dejaron el podium.
Brontosaurus (
Apatosaurus mejor dicho) y los célebres dinosaurios norteamericanos dejaron la puerta abierta al gigante lagarto maño, a uno de los más poderosos motivos para seguir confiando en la ciencia, anacrónicamente, llamada patria.
Mal presagio le auguro a los cetáceos. Tener a merced de nuestra tecnología y designios no les ha hecho ningún favor. Seguramente cuando se extingan se querrá resucitarlos, un ?Parque Cetáceo? con ballenas asesinas y delfines conspiradores. Quién sabe. El caso es que la ballena peligra en el mar, sin saber de fósiles o de periodos geológicos, esperando su propio meteorito antropomorfo, soñando con extinguirse y ser, por una vez, objeto del sueño y el respeto humano...
Imágenes de la autoría de mis queridos colegas: Fabio Pastori: http://www.fabiopastori.it (primera) y http://www.dinosaursinart.com, la segunda.