Por Enrique Ballester el 13-Nov-2010 |
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A la Liga bipolar le ha salido un intruso. El Villarreal quiere ser alternativa, no espectador, ni comparsa. Tercero en la tabla, si gana esta noche al Barcelona en el Camp Nou dormirá compartiendo el liderato con el otro gigante patrio, el Real Madrid.
El Villarreal ha dado, en este arranque de temporada y respecto a experiencias anteriores, un salto competitivo. El impulso de ese salto es Juan Carlos Garrido, que llegó el pasado febrero al banquillo para que el Villarreal jugase como entiende su presidente que debe jugar. El equipo amarillo ha recuperado la característica finura en el toque, el apoyo continuo que deriva del revolotear acompasado de la turba de centrocampistas y el dominio territorial que nace del riguroso cuidado de la pelota, rasgos virtuosos de los mejores tiempos con Pellegrini pero, al tiempo, ha añadido nuevos recursos, que hacen más feroz a un plantel al que se le acusó antaño de demasiado alegre, de blandura, de unir sobre el césped, inocente, la ética a la estética, y de pecar de pardillo a la hora de competir, donde los halcones no perdonan, cuando se decantan los partidos.
Algo así ocurrió el domingo en El Madrigal, donde el Villarreal volteó un partido que se le amaneció torcido, perruno y espinoso. Pronto marcó Llorente y la batalla se empinó tanto que nos atrevemos a suponer que el objetivo de la victoria hubiese supuesto una cima imposible para el Villarreal de otros tiempos. Pero, ahora, no quiere Garrido que el suyo sea más un equipo tibio sino un animal peligroso de sangre caliente. Remontó el envite hasta alcanzar la goleada y no lo hizo gracias a sus virtudes más clamorosas -la brújula dorada de ese pequeño tesoro llamado Cazorla, y su compinche Borja Valero, o el dinamismo dinamitero de la dupla Rossi-Nilmar – sino de la agitación y de la bulla, más por coraje que por talento.
Esta nueva versatilidad del Villarreal esconde su riesgo, porque es frágil la línea que separa la atención de la sobreexcitación, y la intensidad de la aceleración. En ocasiones, ese deseo por controlar los intangibles distrae y aparta al colectivo de su sello de origen pero, visto lo visto, Garrido prefiere morir por sobredosis de rabia que por desidia. El entrenador ha cultivado, también, un germen al respecto de la cuestión arbitral, al igual que el presidente Roig, por su parte, ha alzado ambicioso la bandera en contra del reparto de los derechos televisivos. En todos los frentes, igual de agresivo en el césped que en los despachos, el Villarreal reclama atención y margen para mejorar. De momento, ha convertido su estadio en un fortín (lo ha ganado todo en Liga, Copa y Europa League) y, a la espera de la respuesta de los jóvenes cuando sea necesario probar la profundidad de la plantilla, exclama su derecho a sembrar la tercera vía.
En el crecimiento, el canterano Bruno Soriano nos sirve de símbolo: faro en la creación, no ha perdido la elegancia en su pierna izquierda, ni la habilidad para elegir el pase con templanza, ésa que ilumina la salida de pelota y, de modo paralelo, ha ganado en sabiduría, para cobrar faltas en el choque, para meter el ancla entre los centrales, y para que las batallas discurran al compás que más le interese. Bruno y el Villarreal, en definitiva, ya no se conforman con lo bonito. Ahora quieren lo bueno. Ser mayores.
foto: villarrealcf.es
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