Por GUASABARAeditor el 02-May-2009 | Sábado 2 de Mayo del 2009, actualizado 5:44 PMEN PLURAL Entre alas
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Yvelisse Prats-Ramírez de Pérez - 5/2/2009Sentada en mi pequeño patio vi llegar las mariposas. Su revolotear me anuncia cada año una renovada primavera, apuesto una y otra vez por ella con pasión impropia de mi edad. Es que, como en las plantas, brotan en mí retoños, flores y hojitas verdes y tiernas de esperanza. Aguardaba desde fines de marzo la presencia de sus alitas irisadas. Con el nieto que a sus seis años ama los animales, las aves y las plantas conversé sobre su próximo arribo, cómo las recibiríamos uniendo su alegría a la nuestra. Cruzaron el 3 de abril, Viernes de Dolores, entre las pocas flores que se atreven a crecer en una pequeña franja de tierra y en seis o siete tiestos descascarados. Me pasaron rozando, no sé si como consuelo o desafío, sugiriendo que la vida es tan frágil como ellas. Porque no era la dicha que llegaba esta vez con las mariposas, aunque sequé mis lágrimas para llamar animosa al nieto a contemplarlas. Tenía problemas de salud. Ese mismo día, la preocupación afectuosa de dos médicos queridos me llevó a la consulta de un especialista. Empezó la cadena penosa de análisis, el miedo que no para ni siquiera mientras oramos, la tensión familiar que se encubre bajo frases triviales de aliento que suenan amorosamente falsas. Dentro de ese marco de incertidumbre y desasosiego pasé los días santos, esperando los últimos estudios. Pensaba que a la visita de las mariposas de este año había que atribuirle una simbología más profunda, compatible con el significado del tiempo fuerte de mi Pascua. ¿Por qué los humanos, las humanas en mi caso, no recordamos más a menudo que somos peregrinos en la tierra, como las mariposas en el aire? ¿Por qué ese terror que experimentamos a pensar en la muerte, aun profesando alguna religión? ¿En que se basa la petulante indolencia de creer que es el vecino, el amigo, el conocido, no nosotros, quien acudirá primero a la ineludible llamada? En esos días yo sí pensé que iba a morir. Me aterré. Tengo casi 78 años, pero amo la vida tanto que la bendigo y me regocijo incluso cuando despierto y siento mi jadeo asmático (en él compruebo que estoy viva) y que podré -al frenarlo- emprender en el nuevo día algún proyecto alucinante. Lloraba, rezaba, me desesperaba, dudaba. Volvía al redil de mi fe tratando de encontrar en la Biblia respuestas al ?end? que según yo me traían las mariposas este año. No le pedí a Dios que fueran falsos mis temores, sólo rogué por fortaleza, consejo y sabiduría; reconocía humildemente que creía, pero que necesitaba una nueva, poderosa efusión de fe que me cubriera como manto. No me sentía merecedora de milagros, y por eso no los pedía. Olvidaba que he aprendido en los perdurables ?Dos Minutos? de Luis García Dubús, que la gracia y la misericordia del Padre son gratuitas e incondicionales. Lo recordé, sobrecogida y deslumbrada, cuando los estudios afirmaron con su voz en clave de ciencia: ?Levántate y anda, estás sana?. El mundo volvió a dar vueltas alrededor del sol, pude percibir otra vez los colores luminosos del amanecer y el atardecer. Mis hijos/as, y Mario se jactaron de haber tenido razón en su optimismo, que a mi me pareció compasivo; en mis lugares de trabajo me recibieron con abrazos. Mientras me acomodo en la normalidad, entre aleluyas balbuceantes, sé que este regalo del tiempo más que el Padre me concede tiene una dedicatoria, un encargo especial de cómo usarlo. Sólo que debo decodificar claramente su mensaje. Las maripositas que revolotearon primero entre mis flores, luego en mi estómago haciéndome las cosquillas del miedo, vuelan ahora en mi cerebro tratando de ponerlo de acuerdo con el corazón agradecido. ¿Cómo, cuánto, con qué, haciendo qué cosas ocuparé este ?plus? de vida que Él me dona? Descifro la primera lección: la primavera existe porque hay otras estaciones vitales; el invierno llega, y de igual modo que nacen y renacen retoños, la savia se agota y las plantas se marchitan, se secan. Las mariposas que vinieron este año no son las del año pasado, ni serán las mismas que alegren un día a una de mis bisnietas. Pronto, o tarde, también yo mutaré. El cambio, sobre todo el de la vida terrenal a la muerte, es ley inevitable. Asumir esta verdad como compañera, aceptar su presencia sin tanto miedo en mis días y mis noches serenadas en la fe de la otra vida que Jesús ganó para nosotros, no me será fácil. Soy humana, y lo gozo. Tampoco lo será aprovechar el tiempo mejor, desbrozar entre mis actividades el trigo de la paja, discernir lo que es verdaderamente importante, y hacerlo con la alegría y en la paz. Pero me empeñaré en lograrlo. Recibo el verdadero mensaje que me trajeron las mariposas este año, lo asumo y quiero que al volar desde mi patio hacia lo alto lleven al Padre, como respuesta agradecida y jubilosa, mi compromiso que proclamo entre alabanzas. http://www.listindiario.com/app/article.aspx?id=99798
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