Por Buseta de Papel el 05-Dec-2007 |
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?Yo soy herida, yo soy un poeta fisiológico? Por Augusto Rodríguez
Gonzalo Rojas nació en Lebú (Chile) en el año 1917. Ha recibido numerosos premios internacionales entre los que se cuentan: Premio Sociedad de Escritores de Chile por «Poesía Inédita» 1946, Premio Reina Sofía de poesía de España, Premio Octavio Paz de México y José Hernández de Argentina, además del Premio Nacional de Literatura de Chile en 1992 y del Premio Cervantes de Literatura 2003. Basta con leerlo para acercarnos a este poeta que es todos los poetas a la vez. A la iluminación de su poesía y a su discurso de piedra inagotable. Esta entrevista pretende conocer un poco más a este poeta chileno que es uno de los poetas pilares de nuestra lengua: Gonzalo, ¿Cuénteme de su infancia y cómo empieza a escribir poesía? Cuando era niño era asmático y de paso tartamudo, así que se me dificultaba hablar. No hablaba pero la palabra la sentía muy dentro mío (esto lo digo sin ánimo de pretensión). Soy un animal esdrujulario. Todo empieza por una dinámica personal. Me estimulaba los sonidos, la iluminación. Estaban allí, en mí. Yo me considero un poeta pasable nada más. Yo solo vivo la vida y la poesía. Es decir, esta relación vida y poesía. Sólo que la transfiguro nada más. Como dice Goethe: un poeta de circunstancias. La palabra se me encendía, se me mostraba desafiante, me transportaba. Mire amigo mío, yo no creo que la palabra tenga que nacer de mentes sórdidas o confundidas que solo confundan la poesía. Y los que estén confundidos que no escriban y vayan al doctor o al psiquiatra, igual ellos no te ayudan a solucionar tu problema, me entiende. La palabra debe ser un ente vivo y solo escribir desde la sinceridad y de lo que te fue dado. No busquen otras cosas. Hay que ser honesto, sincero, verdadero con uno mismo, me entiende, real. Yo creo eso, yo no soy brujo ni nada que se le parezca. ¿Qué me puede decir de su paso por el grupo Mandrágora? El año 1938 unos jóvenes liderados por Braulio Arenas, pensaron que era importante un ejercicio literario que tuviera como centro el surrealismo. Y a partir de ellos expusieron y dieron conferencias en el Salón de Honor de la Universidad de Chile, esto fue en el año 1938. Yo entré en este grupo en el mes de septiembre de ese año. Sin ningún interés surrealista, mas bien por curiosidad y porque había leído en serio a los dadaístas. En el año 1941, es decir años después me retiré de ese grupo. No me interesó. No tengo ninguna reserva contra ellos. Me fui porque nada tenían que ver con los movimientos surrealistas de Perú con César Moro o Emilio Adolfo Westphalen a la cabeza o de los argentinos, que era liderado por un médico y poeta argentino Aldo Pellegrini que sí tenían un pensamiento surrealista de verdad. ¿Cómo fue su relación con Teillier, Lihn, Anguita y con los poetas chilenos de su época?
Teillier y Lihn son más jóvenes que yo. Anguita que era del 1914 y yo del 1917, es decir somos más cercanos. Anguita realmente tenía talento. Su obra es a ratos cercana a la mía, pero a la vez distante. Mire en la poesía chilena sólo hay tres grandes poetas que son: Vicente Huidobro que conocí y lo quise bastante. Fue el único que en verdad nos liberó. Puso libertad en nuestras cabezas de jóvenes principiantes de 20 años. El segundo fue Pablo de Rokha, pueden decir lo que sea de él que era rudo, cruel, desmedido pero fue el único que puso en marcha los istmos, la vanguardia y sobre todo la ruralidad como lo hizo el mexicano Rulfo pero en prosa. El otro poeta es por supuesto Pablo Neruda que a los quince años escribía con una cierta madurez, es el más precoz de todos; él leyó bien a los poetas franceses, no hay duda. Su gran libro es Residencia de la tierra, pero escribió cien libros más muy malos. ¿A quién se le ocurre escribir 140 libros por Dios? Lo que pasa amigo, es que acá los chilenos somos muy generosos. Todo lo que es nuestro lo alabamos. Decimos que toda la poesía de este lado del Continente es decisiva pero no es así, somos pasables no más. Pasables nada más, repito, amigo mío. Sólo hemos tenido tres grandes poetas y nada más. En su poema Carbón se abarca la relación padre-hijo, que a mí personalmente me interesa mucho, ¿qué me puede decir de esto? Es un poema que habla de la distancia. Mi padre muere cuando yo tenía 4 años. Él vive en mi mente. Y hasta acá sigo oliendo la mina de carbón bajo el mar. Lo oigo en vilo. Lo oigo a mi padre y por eso escribí ese poema sobre mi padre, desde la distancia.
¿Se considera un poeta que escriba sobre erotismo? Yo no soy un poeta erótico. Yo escribo desde la palabra para exaltar el cuerpo. El poeta español Cernuda escribió una vez: Hay cuerpo, y eso es lo que hay: Cuerpo. Para mí el placer es algo sagrado. El parto es algo sagrado. El orgasmo es algo sagrado. Pero hay necios que creen otras cosas sobre el orgasmo, ese minuto bello y hermoso es para mí algo sagrado, repito. Hay otros poetas que escriben sobre erotismo, yo soy un poeta que escribe sobre el cuerpo. ¿En uno de sus poemas se repite el mismo verso todo es herida; Gonzalo, el mundo sigue siendo una herida? No es para tanto, amigo mío. Eso lo escribí hace mucho. La vida no es tan completa es verdad. Ella es mutilación y de ahí se abre la herida. Yo soy herida, yo soy un poeta incompleto, como tú seguramente, somos incompletos, aprendices, inconclusos como el resto de los seres humanos. ¿Usted ha ganado el Premio Cervantes y es eterno aspirante al Premio Nobel qué opina de eso? Pues que los premios son tonterías, no sirven para nada. No significan ni deben significar nada, me entiende. Por qué no le dieron el Premio a Kafka o a Fiódor Mijáilovich Dostoievski. Debería haber un premio que se llame Premio Kafka o Premio Fiódor Mijáilovich Dostoievski pero no lo hay. Son tonterías que la gente se inventa. Y lo que es peor es un riesgo porque confunden al lector o al resto. Ya se cree que por ganarlo tal escritor se es más importante?eso es mentira. Y claro, a los que no ganan no se los ve igual, puras tonterías que no sirven para NADA. ¿En qué proyectos literarios se encuentra Gonzalo Rojas? Mi último libro se llama Esquizo, que acaba de ser publicado hace pocas semanas. Yo no soy esquizofrénico ni mucho menos. Aunque sí creo que el poeta escribe como dice Baudelaire para un hipócrita lector. Para mí el poeta es todos los hombres a la vez. Cuando nace tiene esa universalidad. Después es maltratado, humillado, descompuesto, desbaratado por eso que llamamos colegios o liceos que lo echan a perder. Pierde su gracia, que le fue dada desde del inicio. Por eso yo afirmo que soy un poeta fisiológico. Gonzalo Rojas, uno de los grandes poetas chilenos del siglo XX, nació en Lebú en 1917. Estudió derecho y literatura en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, desempeñándose más tarde como académico en Valparaíso y Concepción. En esta última ciudad, a la que lo une un profundo vínculo, dictó clases de estética literaria en la Universidad de Concepción, casa de estudios donde más tarde asumió la Dirección del Departamento de Castellano. Además, ha ejercido la docencia (como profesor y conferencista) en diversas universidades del extranjero, entre ellas la Universidad de Utah, en Estados Unidos. Gonzalo Rojas es, junto a Nicanor Parra, uno de los poetas chilenos vivos de mayor relevancia e influencia, tanto a nivel nacional como internacional, hecho que puede ser constatado en las numerosas críticas y artículos de prensa que se le han dedicado a su persona y a su obra y en los numerosos premios que ha recibido, entre ellos, el Premio Reina Sofía de España y el Premio Nacional de Literatura en Chile, obtenido en 1992. Miembro de la Generación Literaria de 1938 y cercano, en sus comienzos, al grupo de la Mandrágora, Rojas ha dejado en más de un texto indicios de su cercanía con la estética surrealista, situándose su obra en una línea de continuidad con las vanguardias chilenas y latinoamericanas del siglo XX. Su primer libro, La miseria del hombre (1948), ya da cuenta de una poesía vital, con una enorme carga existencial que, junto al erotismo, el compromiso social y el poder sonoro de la palabra, aspectos que se han convertido en elementos permanentemente presentes en la obra poética de Gonzalo Rojas, así como en sus diversos recitales, entrevistas y artículos. Autor fragmentario, Rojas sólo publicó tres libros entre 1948 y 1977, lo que no le impidió, sin embargo, ser considerado ya desde sus comienzos una de las voces de mayor importancia para la poesía chilena del siglo XX. Además se distinguió por su constante labor de difusión literaria, en la que destaca la organización, a partir de 1958 y hasta 1962, de los Congresos de Escritores en Concepción, en los que participaron autores tales como Allen Ginsberg, Ernesto Sábato, Mario Vargas Llosa y Vicente Gerbasi, entre otros. Luego del golpe de Estado de 1973, y debido a su simpatía por el gobierno de Salvador Allende, Rojas debió partir a un largo exilio. De esta época datan poemas como ?Cifrado en octubre?, dedicado a la muerte del dirigente del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), Miguel Enríquez, en cuyos versos expresa su visión sobre esos tiempos: ?Son los peores días, los más amargos, aquéllos/ sobre los cuales no querremos volver?. La Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos realizó una trilogía con lo mejor de la obra de Gonzalo Rojas, dentro de la cual se enmarca la publicación de ¿Qué se ama cuando se ama? (2000) y Réquiem de la mariposa (2001), y Al Silencio (2002). El 10 de diciembre del 2003, la ministra de Educación, Cultura y Deporte del gobierno español, dio a conocer que, Gonzalo Rojas había sido ganador del Premio Miguel de Cervantes de Literatura 2003.
PERDÍ MI JUVENTUD EN LOS BURDELES Perdí mi juventud en los burdeles pero no te he perdido ni un instante, mi bestia, máquina del placer, mi pobre novia reventada en el baile. Me acostaba contigo, mordía tus pezones furibundo, me ahogaba en tu perfume cada noche, y al alba te miraba dormida en la marea de la alcoba, dura como una roca en la tormenta. Pasábamos por ti como las olas todos los que te amábamos. Dormíamos con tu cuerpo sagrado. Salíamos de ti paridos nuevamente por el placer, al mundo. Perdí mi juventud en los burdeles, pero daría mi alma por besarte a la luz de los espejos de aquel salón, sepulcro de la carne, el cigarro y el vino. Allí, bella entre todas, reinabas para mí sobre las nubes de la miseria. A torrentes tus ojos despedían rayos verdes y azules. A torrentes tu corazón salía hasta tus labios, latía largamente por tu cuerpo, por tus piernas hermosas y goteaba en el pozo de tu boca profunda. Después de la taberna, a tientas por la escala, maldiciendo la luz del nuevo día, demonio a los veinte años, entré al salón esa mañana negra. Y se me heló la sangre al verte muda, rodeada por las otras, mudos los instrumentos y las sillas, y la alfombra de felpa, y los espejos copiaban en vano tu hermosura. Un coro de rameras te velaba de rodillas, oh hermosa llama de mi placer, y hasta diez velas honraban con su llanto el sacrificio, y allí donde bailaste desnuda para mí, todo era olor a muerte. No he podido saciarme nunca en nadie, porque yo iba subiendo, devorado por el deseo oscuro de tu cuerpo cuando te hallé acostada boca arriba, y me dejaste frío en lo caliente, y te perdí, y no pude nacer de ti otra vez, y ya no pude sino bajar terriblemente solo a buscar mi cabeza por el mundo. ¿QUÉ SE AMA CUANDO SE AMA? ¿Qué se ama cuando se ama, mi Dios: la luz terrible de la vida o la luz de la muerte? ¿Qué se busca, qué se halla, qué es eso: ¿amor? ¿Quién es? ¿La mujer con su hondura, sus rosas, sus volcanes, o este sol colorado que es mi sangre furiosa cuando entro en ella hasta las últimas raíces? ¿O todo es un gran juego, Dios mío, y no hay mujer ni hay hombre sino un solo cuerpo: el tuyo, repartido en estrellas de hermosura, en partículas fugaces de eternidad visible? Me muero en esto, oh Dios, en esta guerra de ir y venir entre ellas por las calles, de no poder amar trescientas a la vez, porque estoy condenado siempre a una, a esa una, a esa única que me diste en el viejo paraíso. CARBÓN
Veo un río veloz brillar como un cuchillo, partir mi Lebú en dos mitades de fragancia, lo escucho, lo huelo, lo acaricio, lo recorro en un beso de niño como entonces, cuando el viento y la lluvia me mecían, lo siento como una arteria más entre mis sienes y mi almohada. Es él. Está lloviendo. Es él. Mi padre viene mojado. Es un olor a caballo mojado. Es Juan Antonio Rojas sobre un caballo atravesando un río. No hay novedad. La noche torrencial se derrumba como mina inundada, y un rayo la estremece. Madre, ya va a llegar: abramos el portón, dame esa luz, yo quiero recibirlo antes que mis hermanos. Déjame que le lleve un buen vaso de vino para que se reponga, y me estreche en un beso, y me clave las púas de su barba. Ahí viene el hombre, ahí viene embarrado, enrabiado contra la desventura, furioso contra la explotación, muerto de hambre, allí viene debajo de su poncho de Castilla. Ah, minero inmortal, ésta es tu casa de roble, que tú mismo construiste. Adelante: te he venido a esperar, yo soy el séptimo de tus hijos. No importa que hayan pasado tantas estrellas por el cielo de estos años, que hayamos enterrado a tu mujer en un terrible agosto, porque tú y ella estáis multiplicados. No importa que la noche nos haya sido negra por igual a los dos. -Pasa, no estés ahí mirándome, sin verme, debajo de la lluvia. EL FORNICIO Te besaré en la punta de las pestañas y en los pezones, te turbulentamente besara, mi vergonzosa, en esos muslos de individua blanca, tacara esos pies para otro vuelo más aire que ese aire felino de tu fragancia, te dijera española mía, francesa mía, inglesa, ragazza, nórdica boreal, espuma de la diáspora del Génesis... ¿Qué más te dijera por dentro? ¿griega, mi egipcia, romana por el mármol? ¿fenicia, cartaginesa, o loca, locamente andaluza en el arco de morir con todos los pétalos abiertos, tensa la cítara de Dios, en la danza del fornicio?
Te oyera aullar, te fuera mordiendo hasta las últimas amapolas, mi posesa, te todavía enloqueciera allí, en el frescor ciego, te nadara en la inmensidad insaciable de la lascivia, riera frenético el frenesí con tus dientes, me arrebatara el opio de tu piel hasta lo ebúrneo de otra pureza, oyera cantar las esferas estallantes como Pitágoras, te lamiera, te olfateara como el león a su leona, para el sol, fálicamente mía, ¡te amara!
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